De nuevo, en Roma para celebrar la segunda sesión del Sínodo de los Obispos sobre la sinodalidad. El reencuentro de los miembros de la Asamblea —obispos y no obispos, varones y mujeres— nos ha llenado de alegría y también nos ha permitido compartir con realismo logros y dudas que podemos resumir en esta pregunta: ¿Qué aporta la sinodalidad al modo en que se entienden generalmente la vida y la misión de la Iglesia?
Poco a poco vamos convergiendo. La sinodalidad es la oportunidad de realizar la acogida plena del Pentecostés del Vaticano II en el cambio de época, acelerado en los últimos decenios. La espiritualidad y estilos de relaciones sinodales nos permite avanzar en la repuesta a la llamada que el Señor nos hace a la comunión misionera en el momento que nos toca vivir, marcado por el individualismo y la urgente necesidad de evangelizar a contracorriente.
La sinodalidad ofrece a la Iglesia la oportunidad de pasar de una vida autorrefencial, eclesiocéntrica, a una vida descentrada: hacia el Señor (conversión) y hacia el mundo para anunciar el Reino (vocación); del clericalismo, poder de “clérigos o laicos”, a un servicio de la caridad recibida en el Bautismo, alimentada en la Eucaristía y que toma forma en la identificación vocacional de cada uno: caridad pastoral, caridad política y caridad consumada; de una comprensión de la Iglesia como sociedad perfecta, a sacramento que anuncia y transparenta, en gérmenes y diseños, el Reino de Dios; de una vida estática, a una vida dinámica de peregrinación, comunicación y entrega.
Conviene insistir en estos asuntos, pues la percepción que se tiene de este Sínodo parece subrayar una obsesión por temas internos y luchas por la distribución del poder. Nada más alejado de la intención del Papa Francisco al hacer esta propuesta a la Iglesia, a la que quiere centrada en el Señor y en la misión y no en sí misma. Una Iglesia servicial, ministerial y samaritana.
La Iglesia sinodal, Pueblo de Dios en camino, vive de la Eucaristía. Es un pueblo con forma de Cuerpo, como nos recuerda San Pablo —en 1Cor 12 y Ef 5— y descubre en la Eucaristía su corresponsabilidad diferenciada, según el lugar que cada uno ocupa en torno al altar —el sacerdote que hace presente al único celebrante, Cristo que entrega su cuerpo y derrama su sangre, la asamblea que trae el pan y el vino y se adhiere al sacrificio de Cristo escuchando la Palabra, ofreciendo la vida y comulgando al Cuerpo vivo y entregado— para vivir la doble obediencia de la Iglesia, que se reproduce en la celebración del misterio pascual: haced esto e id.
De ahí brota la misión: Jesucristo, camino y en camino, entra en la historia y nos ofrece la Palabra que hemos de anunciar, vive en la Iglesia realmente presente en la Eucaristía y en los pobres (en cuyo rostro juzga la historia), y anuncia el Reino de Dios para lo que nos convoca, nos congrega y nos envía.
La misión de la Iglesia en camino, de la que todos los bautizados somos responsables, subraya: la escucha de los latidos del corazón y de los gemidos de la historia; el diálogo, no solo de las palabras, sino con los hechos de una forma de vida contracultural; el primer anuncio como pregón permanente de la alegría del Evangelio en cada paso del camino; la iniciación cristiana y el testimonio y ofrenda de la misericordia que brota del Corazón de Cristo.
Los pasos concretos a dar para profundizar en la comunión misionera nos piden escucha del Señor y de los hermanos en la “conversación en el Espíritu” para, así, realizar el discernimiento oportuno de aquello a lo que Dios nos llama hoy. La vida y misión de la Iglesia sinodal la realizamos como peregrinos de esperanza hacia la plenitud del Reino que se anticipa en la Eucaristía, fuente y punto culminante del camino sinodal que realizan los bautizados.
En este camino el Señor nos acompaña y conduce a través de la humilde mediación sacramental del ministerio ordenado. Los pastores no podemos realizar este servicio al Pueblo de Dios en camino —sinodalidad— si no estamos unidos entre nosotros —colegialidad— en los diversos círculos que expresan nuestra fraternidad sacramental: presbiterio, colegio episcopal y comunión ‘cum Petro’ y ‘sub Petro’.







