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«La palabra que sale de mis labios: No volverá infecunda, sin haber hecho lo que yo quería y haber cumplido la misión que yo le había confiado» (Is 55, 11)

Os invitaba el pasado domingo a aprovechar ese tiempo, que para muchos es un tiempo de ocio, a dedicar más tiempo a Dios o al menos a dedicarle un tiempo. ¿Cómo acercarnos a Dios de forma personal? Puede haber varios caminos; uno, evidentemente, es la participación en la Eucaristía dominical, que debe ser para todos el centro de la semana; también podemos hacerlo dedicando un rato a la oración oa la contemplación, o bien hacer una visita al Santísimo, o también con el res del rosario.

Un camino privilegiado es el contacto con la Palabra de Dios. Nunca debemos dejar de insistir en que la Palabra debe formar parte inseparable de nuestra vida de creyentes. La Palabra de Dios nos alimenta espiritualmente, nos conforta y nos revuelve.

Así el Concilio Vaticano II exhorta con vehemencia a todos los cristianos a que aprendan el sublime conocimiento de Jesucristo, con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo. Nos dice Dei Verbum que la Palabra de Dios debe acompañar a la oración para que se entable un diálogo entre Dios y el hombre; a quien hablamos cuando oramos ya quien escuchamos cuando leemos las palabras divinas. (Cf. Dei Verbum , 25).

Se preguntaba el cardenal Martini, hace ya unos años, si este contacto con la Palabra «se trata de un ideal del que todavía estamos lejos. (…) Porque estoy persuadido de que para un cristiano de hoy que vive en la sociedad occidental, una sociedad compleja, difícil, secularizada, es prácticamente imposible perseverar en la fe sin alimentarse también personalmente con la Escritura.» ( La práctica de la lectio divina en la pastoral bíblica )

La Palabra de Dios encerrada en un libro, sin interactuar con el cristiano, queda incompleta. Así nos lo dice este domingo el profeta Isaías. Para que la Palabra dé fruto, debe cumplir la misión para la que Dios la inspiró: llegar a nosotros, ser leída y proclamada. Sólo así puede ser verdaderamente alimento espiritual.

No leemos la Palabra de Dios para aumentar nuestra cultura, sino para entender y orientar nuestra vida; encontramos en la Palabra de Dios el sentido de los acontecimientos, y conocer ese sentido nos ayuda a crecer en la fe. La Palabra de Dios tiene también, y le tendrá siempre, un mensaje actual, como lo ha tenido a lo largo de los siglos.

Disponer de un rato para acercarnos a la Palabra de Dios es siempre enriquecedor, nos hace crecer en la fe y así podemos seguir a Cristo con mayor fuerza y ​​coraje.

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