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Cerca de la Semana Santa

Los días de la Semana Santa, Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, tienen un significado especial para las comunidades cristianas que durante un tiempo han preparado los actos litúrgicos, las devociones y han organizado las procesiones en las calles. También se nota en la vida de nuestra sociedad que se acomoda a unas vacaciones cortas, a unos viajes más o menos largos o, cómo no, a participar de las celebraciones religiosas. Todos, de alguna manera, se sumergen en este ámbito singular con características sagradas. Aun huyendo de las aglomeraciones agrada a mucha gente el ambiente y el perfume de las calles y de las procesiones. Vuelvo a desear con este motivo que todos apliquen en su vida la fidelidad y la coherencia de sus convicciones y, por supuesto, de su fe. No es nada extraño. Me parece coincidir con otros muchos cuando afirman que la religiosidad debe empezar desde el interior del ser humano. Lo externo es complementario y también necesario.

Durante los días previos a estas celebraciones las sedes de las distintas hermandades y cofradías se llenan de cofrades ultimando los detalles de los pasos, de los recorridos o adecentando los propios vestidos. Son fundamentalmente laicos porque, como todos sabéis, hay otros dos sectores, los clérigos y los miembros de la Vida Consagrada que completan el conjunto del pueblo cristiano. Lógicamente en la Iglesia es mucho más numeroso el laicado y donde más se nota precisamente es en la composición del mundo cofrade. Hay un consiliario pero decenas de socios que opinan y deciden porque previamente organizan y se comprometen para cumplir lo mejor posible sus finalidades. En estos momentos la Iglesia, y el papa Francisco en particular, con su iniciativa sinodal, insisten en la responsabilidad bautismal de todos y buscan un mayor protagonismo del laicado en los distintos niveles de la vida y misión eclesiales. Es esencial que los tres sectores profundicen y cumplan su función al servicio de todo el Pueblo de Dios; se complementan, se ayudan y, con la gracia del Espíritu Santo, construyen una comunidad más auténtica y creíble; más evangélica y más abierta al servicio de todos; más corresponsable y con decisiones compartidas que nos comprometen a todos.

Las asociaciones de fieles, como nuestras familias, saben mucho de convivencia y lo experimentan en cada momento en la distribución de funciones en el interior de las mismas que se fundan en el amor, en el respeto mutuo y en la libertad individual. Aceptando esto último todos sus miembros trabajan en favor de los demás y del conjunto de tal manera que todos se sientan partícipes de la actividad ordinaria. Seguramente la mejor imagen de la colaboración y del servicio de varias personas sea la familia. Así también podemos considerar a la propia Iglesia como la gran familia de los hijos de Dios. En ese sentido las parroquias y todas las comunidades han entrado en la participación sinodal y están trabajando en pequeños grupos respondiendo a los cuestionarios que nos proporciona la Secretaría del Sínodo. Es una tarea lenta pero consistente, hay que saber escuchar pero también estamos obligados a opinar y a dar nuestra propia versión de los hechos. A obedecer con docilidad y a organizar con cariño. A contar, en definitiva, con todos aprovechando las cualidades y facultades de cada uno al servicio del bien común.

Los Consejos Diocesanos de nuestra comunidad han elaborado un plan de actuación para todos los miembros y, durante estos meses, responden a unas cuestiones para enviarlas a los servicios de la Conferencia Episcopal que elaborará un documento para que el Sínodo del próximo mes de octubre sea estudiado y debatido en presencia del Papa. Os agradecería a todas las Hermandades y Cofradías que acojáis como método de trabajo las indicaciones sinodales.

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