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 Comunión y corresponsabilidad

Queridos fieles:

El próximo mes de octubre tendrá lugar en Roma la segunda fase del Sínodo de obispos sobre la sinodalidad. Los trabajos deberán centrarse fundamentalmente en la corresponsabilidad eclesial, que en la Iglesia es diferenciada.

Ello supone insistir en la responsabilidad cristiana de cada bautizado (a) y en la formación constante derivada del bautismo y la confirmación. El Sínodo deberá fundamentar teológicamente y con detenimiento el porqué de la necesidad, en la Iglesia de hoy, de esta corresponsabilidad y de esa formación.

La corresponsabilidad está basada en los principios del Antiguo y del Nuevo Testamento, en la Tradición, en el Magisterio, sobre todo, del Concilio Vaticano II y Magisterio posterior.
La Iglesia nace, de la voluntad de Cristo, para evangelizar. La evangelización es la tarea fundamental de la Iglesia: «La Iglesia recibió de los Apóstoles el solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva para cumplirlo hasta los confines de la tierra» (LG, 17). Pero la evangelización es impensable sin la comunión eclesial. Una comunidad dividida cae por sí misma: «Todo reino dividido contra sí mismo es asolado y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no permanecerá» (Mt 12,25).
La corresponsabilidad se entronca en la comunión; es el modo de vivir la comunión entre cristianos adultos. Por ello, la comunión, la corresponsabilidad y la evangelización están íntimamente unidas. La comunión y el modo de vivirla entre cristianos adultos, que es la corresponsabilidad, exige una actitud constante de conversión personal y de formación continua para todos (obispos, sacerdotes, religiosos (as), laicos), ya que a todos nos cuesta la con-división y exponer nuestro parecer y modo de ver las cosas al parecer y consenso de los demás. En la fundamentación teológica y pastoral de la corresponsabilidad se debería insistir en estos dos aspectos básicos.

La corresponsabilidad para la evangelización comporta tener clara en la mente la estructura de la Iglesia tal como fue querida por Cristo y trasmitida por la Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio. No se trata de convertir la Iglesia en una democracia al modo de los Estados modernos, donde la mayoría de votos es la que cuenta. Cristo ha querido para su Iglesia una estructura de comunión, de igual dignidad de bautizados, pero con pastores y fieles: «Todos los discípulos de Cristo han recibido el encargo de extender la fe según sus posibilidades. Pero…es propio del sacerdote consumar la construcción del Cuerpo con el sacrificio de la Eucaristía» (LG,17). Cada uno (a) debe tener claro que tal estructura no puede cambiarse, pero ello no quita nada a la corresponsabilidad. Es una forma distinta a la democrática de vivir una auténtica y sincera corresponsabilidad.

La corresponsabilidad exige pues apertura al Espíritu Santo, que es Quien guía la Iglesia y la evangelización, como aparece claramente en la Hechos de los Apóstoles. Exige diálogo constante y de escucha, respeto y consideración por todas las opiniones, aunque sean minoritarias, en cuanto no contradigan las verdades de fe y moral que se contienen en la Sagrada Escritura y son expuestas por el Magisterio distinguiendo sus distintos grados de certeza y su constante actualización y fidelidad.
La corresponsabilidad exige discernimiento, siendo conscientes a todos los niveles eclesiales, que la última instancia del discernimiento en los asuntos que se refieren a la Iglesia universal y a su misión corresponden al Magisterio auténtico.

Tenemos ya estructuras de corresponsabilidad. Es urgente que, a todos los niveles, funcionen y funcionen bien. Los distintos Consejos parroquiales, presbiterales, episcopales no pueden ser meros organismos que están en el papel pero a la hora de la verdad no operan como previsto. Ahí tenemos toda una tarea pendiente. No podemos olvidar, aunque sea más difícil, que la formación de los fieles laicos debe buscar su implicación en todos los ámbitos de la sociedad civil. La Iglesia en su estructura fundamental es una combinación de fieles laicos y sacerdotes. Esa combinación para que funcione bien de cara a la santificación y la evangelización comporta que cada uno (a) sepa estar en su puesto, sin clericalizar al laicado y sin laicizar al sacerdote.

+ Celso Morga Iruzubieta. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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