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Concilio de Nicea. Fresco en el Vaticano

Concilio de Nicea, un acontecimiento decisivo

Gaspar Hernández Peludo es profesor de la Facultad de Teología de la UPSA y rector del Teologado de Ávila

El Concilio de Nicea —el «Sínodo de los 318 Padres» como lo denominó san Hilario de Poitiers evocando el número de los siervos de Abrahán (cf. Gén 14,14), padre de la fe de todos— marcó un antes y un después en la historia de la Iglesia y de la teología. En verdad, fue un «acontecimiento» tal como lo presenta el reciente documento de la Comisión Teológica Internacional con motivo de los 1.700 años de su celebración. Acontecimiento en las lenguas modernas designa al mismo tiempo el culmen de un proceso, un hecho histórico, su actualidad permanente y sus consecuencias para el futuro. 

Nicea es, en primer lugar, un acontecimiento doctrinal. Frente al arrianismo, el Concilio profesa la verdadera identidad de Jesús. Él no es una especie de semidios intermediario entre el mundo divino y el mundo humano, ni un hombre divinizado sino el Hijo de Dios encarnado, Dios como Hijo (cristología). En esta confesión estaba en juego la novedad del concepto cristiano de Dios revelado por Cristo en su experiencia y en su Misterio Pascual: si Jesús es el Hijo, engendrado eternamente por Dios, este es Padre desde siempre que da cuanto es al Hijo y al Espíritu en la unidad de la naturaleza divina (monoteísmo trinitario). Detrás de esta confesión estaba implicada, a su vez, la salvación humana. Solo si Jesús es verdadero Dios puede ser el Salvador de todos y de todo (soteriología). «¡No me quites a mi Salvador!», denunciaba san Atanasio a Arrio. Y con esta confesión se revelaba también la grandeza de la única vocación del hombre, creado para ser hijo en el Hijo clamando en el Espíritu: Abbá, Padre (cf. Rom 8,15). El monoteísmo trinitario alumbraba así una antropología nueva.

Ahora bien, Nicea no profesó la divinidad de Jesús mediante una definición doctrinal o una explicación académica, sino mediante un «símbolo», es decir, una oración en forma de confesión de fe. Más allá de la procedencia discutida de este símbolo, en su origen y estructura estaba la fórmula bautismal. Por eso, Nicea es también un acontecimiento sacramental-espiritual. Creemos como hemos sido bautizados. A la fórmula bautismal (cf. Mt 28,18-19) se remitieron los Padres del siglo IV para defender la divinidad de Jesús connumerado con el Padre y el Espíritu en el «nombre» del único Dios. La fe es como el agua que nos introduce en la corriente viva del Dios trino desembocando en su vida eterna. Si la fe en acto es la oración, con Nicea la fe en Jesús como Dios llevó consigo potenciar no sólo la oración «de» Jesús sino también la oración «a» Jesús (A. Grillmeier), desarrollo del culto a Jesús como Señor que ya aparece en el Nuevo Testamento y ahora se explicita en himnos y cánticos litúrgicos. Si creemos como hemos sido bautizados, oramos como creemos. La fe de Nicea, en cuanto confesión orante, es una teología doxológica. El modo más pleno de dar razón de Dios es la confesión de alabanza. 

Nicea fue además un acontecimiento hermenéutico. Una de las cuestiones de fondo tras la disputa arriana era quién interpretaba auténticamente la Escritura, a la que también se remitían los arrianos para razonar sus posturas. El Concilio respondió al arrianismo por una doble vía. Por un lado, identificando sus doctrinas erróneas en los anatematismos; por otro, asumiendo un símbolo precedente, pero añadiéndole una serie de interpolaciones referidas al Hijo: «es decir, de la naturaleza del Padre…engendrado, no hecho… Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero…» pero, sobre todo, el adjetivo «consubstancial» (homoousios) que se convertirá en el término decisivo de Nicea. Hasta ahora el símbolo había sido un «breviarium Scripturae» (Cirilo de Jerusalén) y, por ello, formulado en lenguaje bíblico. Con las citadas interpolaciones, el Concilio utiliza a veces un lenguaje extraño a la Biblia, pero justamente para garantizar la auténtica interpretación de la Biblia según la tradición recibida de los apóstoles y evitar toda ambigüedad, tal como explicaría san Atanasio unos decenios más tarde (cf. De Decretis Nicenae Synodi). Actuando de este modo, la Iglesia pretendió defender la fe de los sencillos frente a los riesgos de su intelectualización o regionalización. Precisamente, mediante el pueblo fiel y sencillo será preservada la fe católica en la controversia que seguirá a Nicea, según Newman. 

El término homoousios pertenecía al lenguaje filosófico griego. Con él, el Concilio buscó expresar la novedad de la revelación cristiana en el pensamiento y lenguaje humanos de su tiempo, prolongando así el fecundo diálogo de la fe bíblica con las culturas iniciado ya en el Antiguo Testamento y que tiene en el misterio del Logos encarnado, muerto y glorificado su paradigma. Por eso, Nicea es también un acontecimiento de sabiduría —según el documento citado de la Comisión Teológica—. Más que un ejemplo de «helenización del cristianismo» — según la conocida expresión de A. von Harnack— podría decirse que se realizó una «cristianización del helenismo», asumiendo, purificando y fecundando la cultura griega desde la novedad del misterio de Cristo. El homoousios es, por ello, como algunos otros de la tradición doctrinal de la Iglesia como «unión hipostática» o «transubstanciación», un término-límite —un «trueno» en el lenguaje, dijo Florensky— más atrás del cual ya no podemos ir, pero a partir del cual estamos invitados a seguir pensando y formulando la novedad de Cristo en el encuentro con las culturas de cada época. 

Nicea, finalmente, es un acontecimiento eclesial. Dejando a un lado los intereses del emperador Constantino, estamos ante el primer concilio ecuménico de la historia, por su intención de convocar a los obispos del mundo entero y por el ejercicio consciente de una autoridad doctrinal y disciplinar que afecta a la Iglesia toda. Este acontecimiento fue preparado por una dinámica sinodal que desde mediados del siglo segundo se vivió en las iglesias. En sus 20 cánones, además de las condiciones del clero o la disciplina de la penitencia, Nicea legisló sobre la organización de la communio entre las Iglesias (mediante las provincias eclesiásticas, patriarcados, convocatoria frecuente de sínodos, etc.) y la expresión de la misma en la determinación de una fecha común para la celebración de la Pascua, la «fiesta de las fiestas». Unidad de la fe, unidad de la Iglesia y unidad de la celebración son inseparables.

Parafraseando a K. Rahner a propósito del centenario de Calcedonia, también nosotros podríamos preguntarnos en esta efemérides: «Nicea, ¿fin o principio?». Como «acontecimiento» es fin de un proceso precedente, al que hemos aludido; pero también fue principio de algo nuevo, en la corriente viva de la Tradición apostólica que es, a un tiempo, conservadora del origen (fiel) y misionera en la historia (creativa). Por eso, Nicea tiene una permanente actualidad. Constituye una invitación a profundizar en nuestra fe común, reviviendo así nuestro bautismo, prolongando el inacabado diálogo entre la novedad del misterio de Cristo, el Hijo de Dios y el Salvador de todos, y las culturas de cada época y geografía, y potenciando el camino sinodal que la Iglesia entera inició entonces y que se ordena a la misión. «Creemos, por eso hablamos» (2 Co 4,13). 

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