Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell:
A lo largo de estas semanas os he escrito, a la luz del testimonio de Antoni Gaudí, sobre algunas de las experiencias más profundas de la vida humana: el seguimiento de Cristo, la soledad y la entrega y la confianza en medio de la oscuridad. Tres realidades que también forman parte de nuestro camino cotidiano y de la vida de fe de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo.
El centenario de Gaudí no ha querido ser únicamente un recuerdo cultural o artístico. Ha sido, sobre todo, una invitación a redescubrir la dimensión espiritual de un hombre que supo vivir con la mirada puesta en Dios. Su obra sigue hablando al mundo porque nació de una fe auténtica, vivida con humildad, esfuerzo y esperanza.
La visita del Santo Padre ha servido para renovar nuestra conciencia de pertenecer a la Iglesia universal y nos anima a volver al centro de nuestra fe: Jesucristo. En medio de la incertidumbre, el individualismo y la pérdida del sentido trascendente, seguimos anunciando que Cristo es la verdadera luz del mundo y la esperanza que no defrauda.
Gaudí comprendió que la belleza auténtica no termina en sí misma, sino que conduce hacia Dios. También nosotros estamos llamados a hacer visible esa belleza del Evangelio en nuestra manera de vivir, de trabajar, de servir y de amar. Cada cristiano puede convertirse, con sencillez, en reflejo de la presencia de Dios en medio del mundo.
Tengamos una mirada más profunda sobre la vida. Una mirada capaz de descubrir a Dios también en la fragilidad, en la búsqueda sincera, en el sufrimiento y en la esperanza cotidiana.
Os invito a conservar en el corazón la llamada a mirar más alto, a no dejar que las preocupaciones, el cansancio o el ruido de nuestro tiempo apaguen en nosotros el deseo de Dios. Cristo sigue caminando con su Iglesia y sigue llamándonos a vivir con fe, esperanza y caridad.
Con la bendición y el afecto de vuestro obispo y servidor,







