El Papa se encontró este jueves con los familiares de las víctimas del incendio en Crans-Montana, en los Alpes suizos
Conmovido por el incendio de Crans-Montana, donde perdieron la vida 40 personas, la mayoría jóvenes, el papa León XIV ha acogido en el Vaticano a las familias afectadas, bien por la pérdida de un ser querido o por las secuelas físicas en ello. «Momentos de gran dolor y sufrimientos», dijo, por «una catástrofe de extrema violencia».
Ante la inmensidad de la tragedia y el dolor humano, León XIV se hizo las preguntas que siempre surgen en estas circunstancias: «¿Qué decir? ¿Qué sentido dar a acontecimientos como estos? ¿Dónde encontrar un consuelo que esté a la altura de lo que sienten, un alivio que no se reduzca a palabras vacías y superficiales, sino que toque lo más profundo y reavive la esperanza?».
Él mismo respondió con delicadeza: «Quizás solo haya una palabra que sea adecuada: la del Hijo de Dios en la cruz —a quien hoy están tan cercanos—, que desde lo más hondo de su abandono y de su dolor gritó al Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»».
El Pontífice también les dijo que la respuesta de Dios se hizo esperar: tres días. Pero esta fue la resurrección, la alegría y la luz eterna de la Pascua: «Yo no puedo explicarles, hermanos y hermanas, por qué a ustedes y a sus seres queridos se les ha pedido afrontar una prueba tan dura. El afecto y las palabras humanas de compasión que hoy les dirijo parecen muy limitados e impotentes. Sin embargo, el sucesor de Pedro, a quien han venido a encontrar hoy, se los afirma con fuerza y convicción: su esperanza, su esperanza no es vana, ¡porque Cristo ha resucitado verdaderamente! La santa Iglesia es testigo de ello y lo anuncia con certeza».
Así, León XIV dijo que la fe ilumina los momentos más oscuros y dolorosos de la vida con una luz insustituible y que ayuda a continuar hacia la meta. Y que Jesús está cerca: «No está lejos de lo que están viviendo; al contrario, lo comparte y lo carga con ustedes. De la misma manera, toda la Iglesia lo carga con ustedes».
Como caricia de un padre, el Papa los invitó a rezar juntos y les impartió a cada uno, así como a sus seres queridos que sufren, la bendición apostólica.








