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Cristo ha resucitado, ¡aleluya!

Cristo ha resucitado, ¡aleluya! Este es el gran anuncio, la gran noticia, el mensaje extraordinario que llena toda la noche de Pascua. Ya no hay motivo para la tristeza, ni el desánimo, ni la sensación de fracaso. Cristo ha resucitado y vive en medio de nosotros y da sentido a toda nuestra vida como creyentes en él y como seguidores de su mensaje y de su vida.

La Cuaresma se caracteriza por la dureza de la conversión, la tristeza del reconocimiento de nuestra vida caduca y de pecado, el esfuerzo que siempre supone la conversión del corazón y de la vida para ajustarnos al plan de Dios sobre cada uno de nosotros y sobre la humanidad entera.

Las mujeres iban al sepulcro a embalsamar el cuerpo muerto de Jesús y sienten la sorpresa de que la losa del sepulcro esta corrida y que el sepulcro está vacío y a Jesús le encuentran y les dice que vayan a comunicárselo a los discípulos. Aquellos dos discípulos que van camino de su pueblo, Emaús, con la maleta cargada de desilusión y fracaso. «Nosotros creíamos…pero ya ves, lo han matado. Y lo reconocen vivo en la fracción del pan. Cuando están sentados a la mesa, su corazón se llena de alegría y van a comunicárselo a los demás discípulos

La Pascua significa el gozo de la nueva vida, la alegría pascual, el paso de la muerte a la vida en Cristo. En nosotros los cristianos, la pascua es el paso de la vida de pecado a la vida de la gracia: del desajuste personal, y de toda la humanidad por la vida del hombre en pecado, a la armonía auténtica de toda la creación y de toda la humanidad con Dios por la vida nueva de la gracia.

Si intensamente hemos vivido las celebraciones de la pasión y muerte del Señor, con mucha más intensidad hemos de vivir las de la resurrección.

A veces, nos sucede a los cristianos que vivimos con verdadera devoción y con auténtico fervor las primeras y, mucho menos, la segunda. A veces, da la sensación, incluso por la participación y asistencia a las celebraciones en nuestras iglesias, que nos quedamos en el Viernes Santo sin dar el salto al acontecimiento más importante de la vida de Cristo, que es su resurrección, siendo así, que el primero solo tiene sentido si desemboca en el segundo.

Los cristianos no seguimos a un muerto, sino a Cristo resucitado, porque si el Cristo al que seguimos, como dice san Pablo, fuera un Cristo muerto, seríamos los más desgraciados de todos. Pero no, nosotros seguimos a Cristo y éste resucitado, que nos ha hecho partícipes de su misma resurrección. Como dice el mismo san Pablo en la Carta a los Romanos: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre Él» (Rom 6, 8-9).

Como resucitados con Cristo, tiene sentido pleno vivir la vida con y desde la alegría pascual. Su victoria ha sido nuestra victoria, en su resurrección hemos resucitado todos. «Sabemos que, quien resucitó a Jesús, también con Jesús nos resucitará» (1Cor 4, 14).

La Pascua es la celebración de la resurrección del Señor. Es un canto a la vida y a la proclamación ante el mundo de que Cristo murió, pero ha resucitado y su resurrección y su vida llena de alegría y de sentido la nuestra y nuestro seguimiento de Jesús resucitado.

Cristo ha roto las cadenas de la muerte y sale victorioso y resucitado para siempre. La humanidad ha sido sacada definitivamente del pecado y restituida a la gracia. La resurrección de Cristo «ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes», proclamamos en Pregón Pascual.

La resurrección de Cristo garantiza nuestra redención y nuestra resurrección. La celebración de la resurrección del Señor nos urge a todos a encarnar en nosotros un estilo nuevo de vida, la de verdaderos resucitados, en sentimientos, palabras y vida nueva.

Vivamos, desde ahora, esta nueva vida que Cristo nos ha ganado con su muerte y su resurrección y seamos testigos de ella en la nuestra para que, los que aún no lo han descubierto, lo descubran y, a través de nosotros, vean que también a ellos el Señor los llama a vivir esta misma vida nueva de resucitados.

¡Feliz Pascua de resurrección para todos!

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