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«Cuando soy débil es cuando soy fuerte» (2Co 12, 10)

Ser conscientes de nuestras debilidades, tanto físicas como morales –como escribe san Benito en la Regla–, es una buena manera de crecer y, también, hacernos conscientes de las debilidades y defectos de los demás. El hombre ha sido creado a imagen de Dios, una imagen que nosotros hacemos imperfecta, porque está a menudo enturbiada por nuestras carencias y nuestras faltas, por nuestros pecados… Y no nos dé miedo emplear esta expresión. Entonces, en vez de reconocer a los demás como imágenes de Dios pretendemos que sean hechos a nuestra imagen, es decir, que sean, actúen y piensen tal y como nosotros queremos que sean, actúen y piensen. Pero esto, evidentemente, nunca es así, y la percepción de esta realidad nos causa frustración.

Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret, a sus vecinos y vecinos: «Los profetas sólo son mal recibidos en su pueblo, entre su parentela y entre los de su casa» (Mc 6,4). Aquella gente no veía en Jesús a un enviado de Dios. Veía sólo a un vecino, que habían visto crecer y correr por las calles de Nazaret; de quien conocían bien a su madre; que habían tratado a su padre a los ojos del mundo y ahora convivían con su parentela; veían en Él no más que lo que ellos creían que era: un hombre de su pueblo. La Iglesia no puede ser como aquella gente encerrada en reconocer la voz de Dios y su mensajero. Debe ser una Iglesia de acogida, y esta idea nos ha sido recordada a menudo por el papa Francisco. Para acoger a los recién llegados temporalmente, turistas y viajeros, o quienes intentan rehacer sus vidas entre nosotros, huyendo de la pobreza y la falta de recursos en su tierra, tenemos que ver siempre el rostro de Cristo.

Escribe san Benito en su Regla que «todos los forasteros que se presentan deben ser acogidos como Cristo, pues él un día dirá: “Era forastero y me acogiste” (RB 53,1). No es éste un mal consejo, al contrario, nos puede ser muy útil para no ver en el otro a un extraño, un competidor o incluso un invasor.

Desde el reconocimiento de nuestras limitaciones y de nuestras debilidades, será un poco más fácil acoger. Sabiéndonos fuertes al vernos débiles, veremos más fuertes y menos débiles a los demás. Debemos tener esto presente en todos los ámbitos, con nuestros conciudadanos, nuestros vecinos, familiares y compañeros, y también dentro mismo de la Iglesia, que debe tener toda ella los ojos puestos en el Señor, a quien todos amamos , servimos y seguimos.

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