Hoy, coincidiendo con la festividad litúrgica de los santos Joaquín y Ana, abuelos de Jesús, la Iglesia celebra la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores. El lema de este año llena nuestro corazón de confianza y de consuelo: «Yo nunca me olvidaría de ti» (Is 49,15).
Esta declaración, tomada del profeta Isaías, da voz a la fidelidad y al amor constante de Dios. El Papa nos recuerda que el Señor lleva el rostro de cada uno de nosotros grabado en la palma de sus manos. Es una promesa firme de compañía, un compromiso de presencia divina que acompaña a las personas mayores en cada etapa de su vida.
Esta presencia se hace especialmente patente en nuestros pueblos y comunidades rurales. Los abuelos del entorno rural son los auténticos guardianes de la tierra, de la paciencia que marca el paso de las estaciones y de la memoria viva de nuestros pueblos. Con sus manos sabias y curtidas nos enseñan el valor del silencio, el respeto por la creación y la importancia de la buena vecindad. Ellos hacen que nuestros pueblos mantengan el alma encendida y palpitante.
En este camino, la caridad de Dios también se hace visible a través de los cuidadores y cuidadoras. Su labor silenciosa, hecha de paciencia, atención constante y pequeños gestos cotidianos, es una auténtica prolongación de las manos amorosas del Señor. Tanto los familiares que se desviven en el hogar como los profesionales de la salud y de la asistencia encarnan una preciosa vocación de servicio, convirtiendo el cuidado de la fragilidad en un espacio sagrado donde se dignifica la vida humana.
La vejez es un tiempo de plenitud y una valiosa vocación. A través de la experiencia acumulada y de la madurez, brota una sabiduría espiritual capaz de iluminar y de guiar al resto de las generaciones. Las personas mayores tienen una misión indispensable en la sociedad y en la Iglesia: custodiar nuestras raíces, transmitir la fe como un testimonio de vida y sostener nuestras comunidades mediante una oración constante por el mundo y por la paz.
Este domingo es una invitación gozosa a fortalecer los vínculos familiares y comunitarios, especialmente entre los jóvenes y los mayores. El Santo Padre nos anima a salir al encuentro de nuestros abuelos y de las personas mayores de nuestro entorno. Que nuestro tiempo, nuestro diálogo y nuestra ternura compartida sean el reflejo visible de esta certeza divina: ellos son un tesoro vivo para todos nosotros.
Para esta semana os propongo que visitéis a nuestros mayores que viven en residencias y que los invitéis a salir y a dar un paseo para agradecerles el don de la vida que nos han dado. Hagamos crecer el voluntariado social; que los jóvenes puedan escuchar y compartir la vida de los abuelos.
Con agradecimiento a nuestros abuelos y a nuestras personas mayores, os deseo que el cuidado de nuestros padres sea nuestra identidad cristiana.
Vuestro obispo y servidor,







