Rafael Belda, CVMD es subdirector de la Biblioteca de Autores Cristianos
El 15 de mayo de 1891, el papa León XIII firmó la encíclica Rerum novarum con la que impulsó la necesaria reflexión eclesial sobre la sociedad, la economía y la política que hoy llamamos «Doctrina social de la Iglesia». Al cumplirse 135 años de la misma, otro sucesor de Pedro, León XIV firma Magnifica humanitas, la primera encíclica de su pontificado. El papa agustino comentó en cierta ocasión que tomó el nombre de León por aquel León XIII lleno de celo por llevar la luz del Evangelio a las cuestiones sociales, algo que también han hecho especialmente –de un modo cada vez más amplio y solícito– los cuatro papas del postconcilio Vaticano II.
Pero el primer papa que adoptó el nombre de León fue aquel que veneramos hoy como santo y reconocemos con el apelativo de magno. Este fue un pontífice que leyó profundamente a san Agustín, de quien se reconocía un gran admirador y hasta heredero intelectual. Ahora, León XIV, en quien confluye la solicitud por la cuestión social de uno (León XIII) y la sabiduría agustiniana del otro (León Magno), con su primera encíclica, se muestra como el pastor valiente que sabe tratar con equilibrio y precisión asuntos poliédricos y vidriosos de nuestro mundo actual; y lo hace con claridad expositiva, lucidez y profetismo, desde esa búsqueda de la verdad que, sin imponerse, se ofrece buscando implicar al lector.
La encíclica se inicia con dos evocadoras imágenes bíblicas –—a torre de Babel y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén— que acompañan todo el documento hasta derivar en sendas opciones agustinianas de construcción social: un mundo sin Dios que anda desorientado y se desliza por la pendiente de nuevas esclavitudes, tiranías e injusticias, y un mundo abierto a la trascendencia que alza la mirada y considera al ser humano en toda su dignidad.
Babel y Jerusalén representan dos caminos –construcción idolátrica o reconstrucción cívica y social– ante el reto descomunal de la inteligencia artificial, esa ineludible realidad que emerge desafiante en nuestro hoy con todas sus posibilidades y todas sus amenazas. El reto educativo y formativo de las próximas generaciones, así como un necesario código ético que custodie lo verdaderamente humano en nuestra casa común, es un deber para la comunidad científica, económica, política, social y tecnológica. Y en esa ardua tarea la Iglesia tiene una palabra autorizada, digna de crédito y avalada por un Magisterio precedente y actual que el papa León XIV retoma en su encíclica y pone en el candelero, en acertada síntesis y evidente comunión con sus predecesores.
Con cinco capítulos precedidos de una sugerente introducción y culminados de una aleccionadora conclusión que a todos nos interpela, la encíclica (a lo largo de 245 números) nos va exponiendo –con una pedagogía llena de acierto– la necesaria e irrenunciable custodia de la persona humana amenazada por un caleidoscopio de complejas realidades en constante cambio.
Así, el primer capítulo pone la base de cuanto se quiere desarrollar a partir de la luz del Evangelio, la esperanza de la fe y desde la riqueza eclesial de su Magisterio, como la mejor aportación de los creyentes a nuestro mundo actual. El segundo capítulo, centrado en la doctrina social de la Iglesia, es un verdadero recordatorio esencial y hasta un examen de conciencia, realizado desde sus fundamentos y principios ineludibles. El tercer capítulo, centro y mitad de la encíclica papal, aborda en concreto el tema sobre el que está pivotando el documento: la IA ante la grandeza de la persona humana y el desafío de una técnica que podría asentarse entre nosotros de modo invasivo y con pretensiones de dominio deshumanizador. El capítulo cuarto expone una tríada necesaria y convergente en la sinergia del bien común: la verdad (con valiosas alusiones a la ecología de la comunicación, la necesaria alianza educativa y el papel central de la escuela), la dignidad del trabajo y la libertad frente a la dependencia y la mercantilización. Así el quinto capítulo contrapone la civilización del amor a la cultura del poder beligerante, el amor que construye frente a la guerra que todo lo destruye, un camino de paz y crecimiento para todos (especialmente los más pobres) frente al errado sendero del mal en el que nadie gana y todos perdemos. Es entonces, en este último capítulo, cuando el papa León nos vuelve a ofrecer sus palabras de aquel 8 de mayo de 2025, las primeras que dirigió al mundo entero tras su elección como Romano Pontífice: construyamos la civilización del amor con una paz desarmada y desarmante. Al final, la conclusión no podía ser menos que un anuncio de Evangelio desde el Cristo total de san Agustín y el himno de alabanza de la Virgen María, el Magnificat, esa palabra que encabeza el título de la encíclica y la culmina como canto de esperanza para el mundo.







