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Declara la guerra al hambre

Queridos hermanos:

El viernes 6 de febrero se celebra la Jornada del Ayuno Voluntario, promovida por Manos Unidas para tomar conciencia y solidarizarnos con los millones de personas que sufren hambre por escasez de recursos. Y este domingo 8 de febrero, tiene lugar una colecta en todas las parroquias y comunidades cristianas contra el hambre en el mundo a través de Manos Unidas.

Manos Unidas es la Organización no gubernamental de la Iglesia católica en España para el desarrollo de los países y pueblos más empobrecidos de la tierra, que gracias a la solidaridad de la Iglesia y de toda la sociedad española mejora las condiciones de vida de millones de seres humanos en el Sur y, mediante el compromiso cristiano por los que tienen hambre de pan, anuncia el evangelio a los hambrientos del amor de Dios.

La Campaña de este año, con el lema “Declara la guerra al hambre”, nos llama la atención sobre el desarrollo justo de los pueblos como camino para la paz. A primera vista, puede parecer un poco paradójico –e incluso chocante– este lema en un mundo en guerra: hay 59 conflictos armados, en los que están involucrados 78 países, muchos de ellos olvidados y silenciados en África, América latina o Asia. Pero, en realidad, el hambre es un arma barata y letal, que mata a más personas que las armas científicas de las guerras modernas. Y, de hecho, se convierte también en una forma de estrategia bélica. Hay muchos conflictos que tienen que ver con la explotación de recursos naturales o con el acceso a ellos. Y esto nos enseña que hay un círculo vicioso que se retroalimenta como una pescadilla que se muerde la cola: el hambre y la pobreza son fuentes de conflictos, y la guerra genera más hambre y pobreza. En nuestros días vemos como el gasto militar crece llegando a máximos históricos: se gasta más en armamento para matar que lo que se invierte en defender la paz. Solo el 0,52% de lo que gasta la industria armamentística se destina a defender la paz.

Dedicamos más presupuesto a la muerte que a defender la vida.

Las esperanzas de una paz duradera y estable tienen mucho que ver con una vida digna para todo ser humano. Pero estamos muy lejos de ello. Parece mentira que en pleno siglo XXI el hambre y la pobreza sean una realidad para 673 millones de personas. ¡No nos podemos hacer a la idea! Y la falta de una alimentación digna, saludable y sostenible es una manifestación de una injusticia estructural, de un “fracaso colectivo”, en este mundo que ha alcanzado un desarrollo económico y tecnológico como nunca, y en el que el reconocimiento y la proclamación institucional de los derechos humanos parecen algo adquirido en teoría. Hay medios y hay convencimiento, ¿qué falta para pasar a la acción?
Es necesario impulsar la fraternidad, la igualdad y la justicia social universal desde la educación hasta la legislación, desde la solidaridad a la economía, para que los que sufren el hambre en el mundo, las crisis humanitarias y el flagelo de la guerra no sean extraños sino hermanos. Necesitamos una “economía de paz y no de guerra”. Una economía que sea un verdadero instrumento de paz, capaz de responder a los grandes desafíos de nuestro tiempo: la exclusión social, la profundización de las desigualdades económicas, la vulneración de derechos humanos o el incremento del hambre y la pobreza.

Mary Salas, la primera presidenta de Manos Unidas, comparaba el fin del hambre en el mundo con la abolición de la esclavitud en todos los pueblos. El hambre mancilla la dignidad humana tanto o más que la falta de libertad.

Con mi bendición.

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