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Detenerse en oración

En su mensaje para la Cuaresma de este año 2024, el Papa Francisco hace esta afirmación muy sugerente: “Es tiempo de actuar, y en Cuaresma actuar es también detenerse. Detenerse en oración, para acoger la Palabra de Dios, y detenerse como el samaritano, ante el hermano herido. (…) Por tanto, desacelerar y detenerse. La dimensión contemplativa de la vida, que la Cuaresma nos hará redescubrir, movilizará nuevas energías.”

Ciertamente, vamos demasiado acelerados, a veces sin respiro. Detengámonos, pues, en oración. Detengámonos, pero no alejándonos de los hechos de nuestra vida cotidiana, buscando una evasión, queriendo olvidarnos de todo y de todo el mundo. Si nuestra oración es oración cristiana, a imagen de Jesús que rezaba siempre y en toda ocasión, entonces experimentaremos que la plegaria “no puede escaparse de la historia ni divorciarse de la vida” (Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 2727).

Si la oración dependiera de una determinada psicología personal, o de una educación muy elevada, o de un estado de vida particular, sería un privilegio solo propio de personas cultas, de pensadores o poetas inspirados, de personalidades muy reflexivas. Pero lo más importante no son las técnicas -concentración, meditación, posiciones corporales- sino sobre todo la purificación de actitudes -relación, gratuidad, rectitud de intención-. En definitiva, lo que es capital no es tanto conversar más o menos adecuadamente, analizar textos con ingenio, encontrar consideraciones originales, sino más bien dejarnos tomar por Cristo y, como la Virgen María, vivir con confianza y disponibilidad llena en el Señor. Es ante Él que rezamos y no simplemente pensamos, analizamos, revisamos o sentimos de manera impersonal o introspectiva. Rezar no implica replegarnos o ensimismarnos, sino abrirnos al Señor, progresando cada vez más en la relación personal con Él, de amigo a Amigo, contando siempre con su gracia, su auxilio, su ayuda, su amor misericordioso.

Detengámonos en oración, sin máscaras ni disfraces, desde el corazón, con actitud de pobre, de mendigo, porque Dios se comunica a los sencillos, a quienes no van hinchados por la vida, a quienes reconocen las propias fragilidades, contradicciones y debilidades, el propio pecado. Detengámonos en oración con la plena confianza de sentir que el Señor nos ama tal y como somos y nos sueña mejor de lo que somos.

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