Desde la atalaya de la caridad, que la Iglesia ejerce de manera permanente en la acogida y acompañamiento de la delegación de migraciones, en la actividad de las parroquias y en la atención de Cáritas, constato la situación de los migrantes y los refugiados presentes en España y en nuestra archidiócesis. Todas las personas que han emprendido la salida de sus países de origen por motivos de necesidad material, social o política han emprendido un viaje de esperanza.
La celebración de la 110ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que se celebra este domingo 29 de septiembre, llega nuevamente como signo de esperanza. La oración que ofreceremos juntos, también, nos concienciará más en la ayuda que hemos de ofrecer a estos hermanos. El Papa Francisco, especialmente preocupado por esta realidad, ofrece un mensaje para esta jornada «Dios camina con su pueblo». El Papa conoció de primera mano la situación de los migrantes en la isla italiana de Lampedusa; en el presente, desea venir a conocer la migración abundante que llega hasta las islas Canarias, en España, según ha manifestado recientemente.
Para toda la Iglesia, junto al Papa Francisco, es muy importante la situación y atención de los migrantes y refugiados. A diario muchas personas están pasando las fronteras que ellos consideran necesarias atravesar.
Con motivo de esta Jornada comparto con todos vosotros algunas reflexiones, como recordatorio de ciertas tareas que debemos seguir realizando como Iglesia.
1.La Historia de la Salvación presenta al pueblo elegido en camino hacia la tierra prometida, un camino desde la esclavitud hacia la libertad. En esta imagen encuentra cierta similitud la imagen de «los migrantes que huyen de situaciones de opresión y abusos, de inseguridad y discriminación», afirma el Papa. Reconocemos que muchos seres humanos, más que en ninguna otra época, han emprendido un camino en búsqueda de una situación mejor, dejando atrás sus países de origen. La libertad que deseamos tener todos es la que muchos seres humanos buscan fuera de las fronteras que les oprimen.
2.Es un camino lleno de dificultades, donde recordemos que Dios siempre acompaña a su pueblo. Las innumerables dificultades por las que atraviesan de un lugar a otro hablan de hambre y sed, de enfermedades y desánimo, e incluso de un riesgo muy real de perder la propia vida. Son muchos los obstáculos en su camino.
En medio de estas situaciones, muchos emigrantes experimentan a Dios como compañero en
su camino. Esta Jornada es una invitación a rezar por todos estos hermanos que viven en graves
dificultades.
3.La diplomacia mundial, llamada a buscar soluciones a estos graves problemas, en muchas ocasiones está desbordada por los movimientos migratorios. Sabemos que la comunidad internacional debe combatir las situaciones de injusticia, guerra, … existentes en las naciones. El origen de esta situación habla siempre de muchos y complicados factores, que requieren: principios que garanticen el bien común de quienes residen en sus países y de quienes llegan a estos, garantizar un futuro mejor para los migrantes que el que han dejado atrás, de unos alojamientos dignos y de un trabajo que sea convenientemente remunerado. Es decir, no cejar en todo lo que venga a favorecer a la sociedad en su conjunto y el bien común, de la manera más ordenada posible.
La Iglesia reconoce su labor en medio de la sociedad. En nombre de Cristo acoger al hermano migrante y refugiado; practicar las obras de misericordia en todo cuanto podamos; informar y formar para que su adaptación en este nuevo lugar sea lo más rápida posible; buscar esas condiciones dignas de vida para la persona o familia que nos llega. Esta tarea la venimos haciendo. A nuestras parroquias llegan a diario personas que se incorporan como miembros de nuestras comunidades cristianas, de las que reciben ayuda y a las que aportan sus valores
El Señor, que siendo niño emigró a Egipto con María y José, recompensará todo el bien que hagamos por estos hermanos a los que estamos llamados a socorrer.







