En el Día de la Iglesia Diocesana deseo llegar hasta cada una de nuestras comunidades, parroquias, movimientos, asociaciones y familias para dar gracias a Dios por el don de pertenecer a esta Iglesia particular, donde compartimos la misma fe, celebramos la misma esperanza y caminamos unidos como discípulos de Jesucristo.
Hoy queremos contemplar nuestra diócesis como lo que verdaderamente es: una gran familia. En una familia cada persona es importante, nadie sobra y todos tienen un lugar. También en nuestra Iglesia diocesana cada bautizado ha recibido del Señor unos dones que enriquecen a toda la comunidad. Nadie puede decir que no tiene nada que aportar; nadie debe pensar que la misión corresponde solamente a unos pocos. Todos somos llamados a participar, a servir y a construir el Reino de Dios.
El Papa León XIV nos anima a vivir una Iglesia cercana, que escucha, acompaña y sale al encuentro de las personas con la alegría del Evangelio. Esa invitación nos impulsa a renovar nuestro compromiso para ser una Iglesia viva, donde la fe se traduzca en fraternidad, la oración sostenga la misión y la caridad haga visible el rostro misericordioso de Cristo.
La corresponsabilidad no es solo una forma de organizar nuestras comunidades; es una expresión de la comunión que nace del Bautismo. Cada sacerdote, diácono, religioso, religiosa y cada fiel laico comparte la hermosa tarea de anunciar el Evangelio según su propia vocación. Cuando cada uno pone al servicio de los demás los dones recibidos, con su tiempo, su aportación económica, su atención al desfavorecido, su trabajo ayudando al mantenimiento de nuestros templos, su formación a los catecúmenos y tantas otras formas de ayuda desinteresada, que son un signo de esperanza para nuestro mundo.
Por eso, en este Día de la Iglesia Diocesana, os invito a renovar el sentido de pertenencia a nuestra diócesis. Cuidemos nuestras comunidades, sostengamos con generosidad sus necesidades, promovamos nuevos espacios de participación y abramos el corazón a quienes buscan una palabra de consuelo, una mano amiga o el encuentro con el Señor.
Que nadie permanezca como espectador. Todos somos protagonistas de la misión que Cristo ha confiado a su Iglesia. Unidos, con humildad y alegría, sigamos caminando como una sola familia, convencidos de que el Espíritu Santo continúa suscitando en nuestro pueblo la fuerza, la creatividad y la esperanza necesarias para anunciar el Evangelio en nuestro tiempo.




