Queridos hermanos:
La Cuaresma deja paso a la Pascua. Pero antes de contemplar la luz de la resurrección, tenemos que subir el monte de la pasión, con la certeza de que, tras la oscuridad de la noche, llega la claridad del alba, del amanecer, del nuevo día.
La Semana mayor, entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Resurrección, no es un cúmulo de celebraciones y procesiones aleatorias, sino un repaso por los misterios centrales de nuestra fe, la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. En ellos contemplamos cómo Jesús asumió nuestra condición humana hasta sus últimas consecuencias y convirtió la debilidad y la fragilidad humana en un camino de salvación, precisamente por medio de la humillación, el sufrimiento y la muerte, común a todos los hombres.
La pasión nos ayuda a conocer a Dios, a descubrir el verdadero significado de la omnipotencia divina que se manifiesta en la entrega de sí mismo por amor. La muerte en cruz no es un ocultamiento de la divinidad, sino el momento de su mayor gloria. Ahí vemos plenamente quién es Dios y el amor infinito que lo define: Dios es Amor.
En la pasión se da una humillación divina que no es «devaluativa» sino «enriquecedora», que no comporta una pérdida, sino un mayor esplendor. La grandeza de Jesús, su mayor gloria, resplandece sobre todo en la humillación de la cruz, porque es ahí donde manifiesta mayormente su esencia, su ser. La prueba más patente del amor de Dios, mucho más que todas las anteriores desde la creación del mundo, fue que se hiciera hombre y asumiera nuestra condición mortal.
Dándose un límite a sí mismo desde la creación del mundo, sigue siendo omnipotente en el respeto a la libertad humana. Su omnipotencia no consiste en tener un poder tiránico, sino un amor absoluto, que se abaja y se retira para dejar espacio al otro. Dios es omnipotente sin anular nuestra libertad. Manifiesta su poder y su grandeza en el perdón y en la misericordia. Por medio del amor nos gana, gana nuestra libertad, y nos hace capaces de cumplir su voluntad. Dios en la cruz es «robador de corazones», no mediante la imposición autoritaria, sino desde la bajeza y humillación de la cruz. El temor hace esclavos que obedecen por fingimiento; el amor gana voluntades y corazones.
Es la infinitud de su amor lo que le lleva a un abajamiento tan radical para hacerse accesible a todo el que le busca. A un Dios compasivo y cercano se le puede rezar; es más difícil dirigirse a un dios lejano que se desentiende de nuestro sufrimiento. Nadie ama la autosuficiencia; sólo se ama la debilidad.
Frente al sufrimiento y a toda forma del mal (enfermedad, guerra, desgracia, catástrofe, violencia…), la única experiencia religiosa válida en esta vida es la del Dios que se hace débil y acompaña a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu. El Dios crucificado se hace en su amor solidario y cercano.
Precisamente la cruz nos muestra que no es indiferente, ni frío, sino tierno, vulnerable… amable.
Que el Señor nos conceda la gracia de hacer esta profunda experiencia religiosa en la próxima Semana Santa, la experiencia de un Dios que nos quiere, que manifiesta su amor más grande en la cruz de su Hijo.
Con mi bendición







