El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, abrió la Asamblea Plenaria de los obispos, que se celebra desde este 31 de marzo y hasta el 4 de abril
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Para que la esperanza se active en nosotros, es imprescindible cultivar la presencia del Señor en nuestras vidas, de una manera singular la presencia del Señor en la Eucaristía del domingo, Pascua semanal.
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La otra forma de presencia del Señor que nos convoca a la esperanza, al mismo tiempo que la pone a prueba, es su manifestación en los pobres en los que el Señor anticipa el juicio de la plenitud del tiempo. La conciencia creyente de la inminente venida del Señor para realizar su justicia nos lanza a vivir y realizar lo que parece imposible. En esta esperanza activa encontramos la fuente de una nueva ética, más allá de la ley natural o de los principios emanados de las modernas declaraciones de los derechos humanos. El relativismo moral y el positivismo jurídico precisan ser desbordados por el rostro de los pobres, las llamadas implícitas al reconocimiento de su dignidad y la respuesta que los creyentes estemos dispuestos a dar.
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El anuncio del Evangelio es el anuncio de una nueva alianza, que lleva a su plenitud la primera sellada en el Sinaí. Una nueva alianza sellada en otro monte, Calvario, sellada con la sangre del Cordero, una alianza nueva y eterna. Para nosotros, alianza es una palabra amiga, alianza es un evangelio, alianza es una propuesta de vida y alianza lleva consigo vínculo, comprender al sujeto no como individuo sino como persona, en el que la relación no es un punto segundo. No, nuestra comprensión de la persona es que somos relacionales ya en el origen; la relación nos constituye, nos desarrolla, nos explica.
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El anuncio del Evangelio ha de encarnar la dimensión social del kerigma, la vida comunitaria y el compromiso de la caridad iluminado por la Doctrina Social de la Iglesia, que plantea el coloquio entre Evangelio y realidad. Arranca proponiendo una concepción de la persona, continúa con una comprensión de la familia, una propuesta del trabajo y de la economía orientada por la justicia, sigue haciendo una propuesta de vida política en favor del bien común, y culmina con una propuesta de relaciones internacionales que busquen la paz y el cuidado de la casa común.
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Corremos el riesgo de que nuestras organizaciones, tan dependientes del Estado del bienestar, sus reglas y subvenciones para el tercer sector, ofrezcan de una manera débil la novedad del amor cristiano y sean fácilmente confundidas con ONG muy gubernamentales. Lo mismo puede ocurrirnos con nuestras empresas educativas o del mundo de la comunicación.
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El rearme armamentístico está de actualidad y es presentado como imprescindible para la seguridad. Pero si no hay un rearme ético y espiritual que favorezca el encuentro y el diálogo y la búsqueda de un orden internacional más justo, la seguridad armada no asegurará la paz.
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La preocupación por la salud del Papa se ha transformado en un reconocimiento de lo que su ministerio significa. Nos hemos unido a él en una oración universal, hemos acogido su testimonio de presencia y fragilidad, y también, en ausencia de palabras e imágenes suyas, seguramente hemos recordado la sorprendente aportación a nuestra vida eclesial del Papa venido del sur, con el amor de Jesús en su corazón y la solicitud por anunciar el Evangelio a los pobres en cada palabra y en cada gesto.
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Desde esta Conferencia Episcopal queremos impulsar esta alianza y convocamos a padres y educadores, a empresarios y políticos, a medios de comunicación, artistas y creadores a promover esta «cultura de la vida» reflexionando y proponiendo medidas sobre los diversos ámbitos concernidos por la crisis demográfica: económicos, políticos, culturales y espirituales. En los próximos meses, quisiéramos organizar un foro para impulsar esta alianza social.
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Proponemos a los dos grupos políticos mayoritarios en las Cortes Generales que se reúnan para afrontar el problema e impulsar la tramitación de la ILP. Es un ejercicio de regeneración democrática, por respeto a la iniciativa de cientos de miles de ciudadanos y a la decisión del Congreso de los Diputados, y también una forma de ayudar a resolver un grave problema en el que la dignidad y el bien común están afectados. Es también una llamada a superar polarizaciones estériles y abordar los graves problemas comunes desde legítimas diferencias, pero buscando puntos de encuentro. Queremos promover una alianza social que lleve la esperanza a quienes están excluidos de la regularización y viven en una tierra de nadie que no propicia nada bueno. Estamos dispuestos a ofrecer un cauce que facilite el encuentro y el diálogo. Por eso, en próximas fechas quisiéramos trasmitirles esta iniciativa y sugerirles la posibilidad de un diálogo sobre el asunto.
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Hemos puesto en marcha un plan de prevención y reparación, asumimos una obligación moral donde no haya obligación jurídica, en los casos verosímiles del pasado; incluso estamos dispuestos a estudiar una posible supervisión del Defensor del Pueblo en este proceso ya en marcha.








