Queridos hermanos:
Este 25 de enero es el Domingo de la Palabra de Dios, una jornada instituida hace ahora siete años por el papa Francisco para subrayar la importancia y el valor de la Sagrada Escritura en la vida y en la misión de la Iglesia. El mismo día concluimos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. La Palabra de Dios es el mejor punto de encuentro y de unión de todos los que creemos en Cristo Salvador.
Este año el lema es “La palabra de Cristo habite entre vosotros” (Col 3,16). Como el Hijo de Dios en su encarnación plantó su tienda entre nosotros, así su Palabra sigue pidiendo acogida en nuestras vidas. El Señor resucitado se ha quedado con nosotros y está realmente presente bajo las especies de pan y del vino. Y también el Verbo de Dios está presente bajo el velo de las palabras de la Sagrada Escritura. Su presencia se refleja en nuestras relaciones, en nuestra convivencia. Para San Pablo, que la Palabra habite entre nosotros quiere decir que haya igualdad, compasión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia entre nosotros, que nos sobrellevemos y perdonemos mutuamente. Y todo lo que hagamos sea en nombre de Jesús, sirviendo al Señor. Si la Palabra habita entre nosotros, si entra a formar parte de nuestra convivencia, todo cambia: el prójimo no es un enemigo ni un extraño, sino un hermano. No se trata solo de escuchar la Palabra, sino de ponerla en práctica.
Muchas veces los cristianos hemos entendido las Escrituras como un conjunto de verdades o argumentos para defendernos de los demás en el momento determinado. Y poco a poco vamos aprendiendo que la Biblia no es un libro de ciencia, que la ciencia que contiene es la que tenían los hombres en aquella época. Ellos no sabían que la tierra es redonda o gira en torno al sol. La Biblia tampoco es un libro de historia: no se preocupa tanto por cómo pasaron las cosas sino por cómo Dios guiaba en cada momento la historia de la humanidad. ¿Entonces qué es la Biblia? Es un libro para nuestra salvación; es un libro de religión, para nuestra relación con Dios. Contiene todo lo necesario para nuestra salvación, para conducirnos en esta vida caminando hacia el cielo. Si buscamos otra cosa nos vamos a equivocar.
¿Qué es todo lo necesario para nuestra salvación? El amor a Dios y el amor al prójimo. Las Escrituras son necesarias “para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues ‘a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras’” (Dei Verbum 25). Cuando uno abre la Biblia así, Dios habla: san Benito, san Francisco, san Agustín, santa Teresa de Lisieux… abrieron la Biblia y escucharon la voz del Señor que se dirigía directamente a ellos. Y también para nosotros el Señor tiene una palabra personal que decirnos si escuchamos su voz en la oración con las Escrituras.
Orar con la Palabra –ya sea la lectio divina, la conversación en el Espíritu, la oración mental…- no es simplemente una práctica más, sino la forma de experimentar la cercanía de Dios y entregarnos a su servicio. En la oración se aprende a gustar la Palabra de Dios y a encarnarla en la propia vida; en la oración se aprende la humildad de Jesús; en la oración se dispone el corazón para recibir la misericordia de Dios; en la oración se renuevan las fuerzas para seguir al Señor; en la oración se encajan las humillaciones y los fracasos.







