Celebramos la Jornada Mundial de las Misiones, el DOMUND. En este año 2026 la celebración reviste una significación especial, pues se cumple el centenario de esta Jornada, instituida por el papa Pío XI en 1926, a propuesta de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe. Durante cien años, el DOMUND ha mantenido viva en el corazón de los fieles la conciencia de que la Iglesia es misionera por naturaleza y de que todos somos responsables del anuncio del Evangelio. El lema elegido para este año por el papa León XIV es profundamente evangélico: «Uno en Cristo, unidos en la misión». Nos remite a la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, para que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). La unidad de los discípulos no es una cuestión meramente organizativa, ni una estrategia pastoral: nace de nuestra comunión con Cristo y está ordenada a la evangelización.
El Santo Padre nos recuerda que el camino misionero requiere «corazones unificados en Cristo, comunidades reconciliadas y, en todos, disponibilidad para colaborar con generosidad y confianza» (Mensaje para la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, 25 de enero de 2026). En el centro de la misión no se encuentra una ideología, una determinada concepción cultural o un proyecto humano. En el centro está Jesucristo, muerto y resucitado, único Salvador del mundo. Ser cristiano significa vivir unidos a Él, permanecer en su amor, escuchar su Palabra, recibir su gracia en los sacramentos y dejarnos transformar por el Espíritu Santo. La misión comienza, por tanto, en la oración y en la Eucaristía. No podemos comunicar verdaderamente a Cristo si no vivimos de Él. No podremos anunciar su amor si nuestro corazón no se deja amar, sanar y renovar por Él.
La comunidad que celebra la Eucaristía se convierte necesariamente en una comunidad enviada. Al concluir la Santa Misa somos enviados a llevar al mundo aquello que hemos celebrado: la presencia salvadora del Señor. El Concilio Vaticano II enseñó con claridad que «la Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre» (Ad gentes, n. 2). La misión no es una actividad secundaria, reservada a unos pocos especialistas. Pertenece a la identidad misma de la Iglesia y, por el Bautismo, a la vocación de cada cristiano. La comunión es fuente y fruto de la misión. Allí donde existen enfrentamientos, individualismos, divisiones o rivalidades, el testimonio cristiano se debilita. El mundo creerá por el testimonio de comunidades reconciliadas, fraternas, acogedoras y llenas de caridad, más que por la eficacia de nuestros métodos.
El papa León afirma en su mensaje que «ningún bautizado es ajeno o indiferente a la misión; todos, cada uno según su vocación y condición de vida, participan en la gran obra que Cristo confía a su Iglesia». Esta unidad no significa uniformidad, sino comunión de vocaciones, ministerios y carismas al servicio del único Evangelio. En nuestra Archidiócesis de Sevilla, las parroquias, comunidades religiosas, movimientos, asociaciones, hermandades y cofradías, familias, colegios y grupos apostólicos estamos llamados a caminar juntos. La misión no pertenece a un grupo concreto. Es tarea de toda la Iglesia diocesana. Cada realidad eclesial debe preguntarse con sinceridad si sus actividades conducen al encuentro con Jesucristo, alimentan la comunión y ayudan a transmitir la fe.
En el DOMUND contemplamos con gratitud a tantos misioneros y misioneras que han dejado su tierra, su familia y sus seguridades para anunciar a Jesucristo. Algunos desarrollan su misión en lugares marcados por la pobreza, la violencia, la persecución, la enfermedad o la soledad. Su entrega nos interpela y nos recuerda que el Evangelio merece que gastemos la vida por él. Recemos por ellos. Pidamos también al Dueño de la mies que suscite nuevas vocaciones misioneras entre nuestros jóvenes, sacerdotes, consagrados y laicos. Necesitamos hombres y mujeres dispuestos a entregarlo todo para que Cristo sea conocido y amado hasta los confines de la tierra. Junto a la oración, se nos pide también una colaboración económica generosa. Los donativos recogidos son distribuidos, en nombre del Papa, para atender las necesidades de las Iglesias jóvenes: sostenimiento de misioneros y catequistas, construcción de templos, formación de seminaristas, atención sanitaria, escuelas y proyectos de promoción humana. Cada aportación, incluso la más humilde, se convierte en signo de comunión y en instrumento de evangelización.
Queridos hermanos y hermanas: no permanezcamos indiferentes. Renovemos el ardor de nuestra vocación misionera. Seamos uno en Cristo para estar verdaderamente unidos en la misión. Que María Santísima, Reina de las Misiones, sostenga a quienes anuncian el Evangelio, consuele a quienes sufren y haga de nuestra Archidiócesis una comunidad cada día más fraterna, evangelizadora y misionera.




