«Lo que nos hace profundamente felices y plenos no es lo material ni el consumismo», sostiene el director del Departamento de Ecología Integral de la CEE
Eduardo Agosta, carmelita argentino, dirige el Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española. Analiza las conclusiones de la COP de Brasil, habla sobre el último Encuentro Nacional de la Pastoral de Ecología Integral, y reflexiona sobre el papel de la Iglesia en esta materia.
—¿Cuáles son las principales conclusiones a las que se han llegado en la COP de Brasil?
—La cumbre climática de Belém, la COP 30 de Naciones Unidas, generó, desde el inicio, una expectativa particular. Después de muchos años celebrándose en otros contextos, era la primera vez que volvía a realizarse en un país occidental, cristiano, con una identidad cultural más cercana a la nuestra. Desde la Iglesia existía la esperanza de que fuera una COP distinta, más en sintonía con la doctrina social en materia ecológica.
Las presidencias de las COP tienen, por la propia normativa de estas cumbres, una gran capacidad para imprimirles un determinado carácter. Brasil lo hizo de manera clara al elegir BeléM, una ciudad en el corazón de la Amazonía, con la intención expresa de que fuera una cumbre climática de los pueblos y con los pueblos. Aquí entran, de manera muy significativa, los pueblos indígenas. Hubo una participación popular real y amplia: la llamada “cumbre de los pueblos”, que normalmente es un evento paralelo, fue especialmente viva y participativa, algo que no suele suceder en otros países, donde estas instancias están mucho más restringidas.
Celebrada la cumbre, se llegó finalmente a los documentos oficiales. En el principal de ellos, el Global Mutirão, el preámbulo ofrece algunos avances relevantes. En primer lugar, se reconoce explícitamente la existencia de una deuda ecológica entre el Norte y el Sur global. Se admite que el balance neto de carbono disponible está prácticamente agotado y que existe una responsabilidad histórica que obliga a actuar. En segundo lugar, por primera vez en un documento acordado en el marco de una cumbre climática, se vincula de manera clara la cuestión climática con la protección de la biodiversidad y con los derechos de los pueblos indígenas: el derecho a un ambiente sano, a la participación y al reconocimiento de sus territorios. No se trata de normas vinculantes, pero sí de un reconocimiento significativo en un documento oficial de Naciones Unidas.
El gran déficit, sin embargo, fue la ausencia total de una referencia clara a la eliminación de los combustibles fósiles. Desde «Laudato si »y, con mayor contundencia, desde «Laudate Deum», la Iglesia habla de una eliminación acelerada, justa y equitativa de los combustibles fósiles, con mecanismos de seguimiento y verificación. Nada de eso aparece en el texto final.
Por otra parte, hay un dato especialmente relevante: fue la primera vez que la Iglesia tuvo una participación tan activa dentro de una cumbre climática. Estuvieron presentes nueve cardenales y cerca de cincuenta obispos, que participaron en mesas redondas auspiciadas oficialmente por la propia Conferencia de las Partes. Estas intervenciones quedaron registradas en las actas del evento. Los presidentes de las conferencias episcopales de América Latina, África y Asia presentaron, además, un documento elaborado de manera sinodal desde el Sur global, centrado en la ecología integral y en la denuncia de las falsas soluciones que retrasan la justicia climática.
—Precisamente en Laudate Deum, el papa Francisco hablaba de una parálisis que afectaba a todo lo relacionado con la crisis ecológica. ¿Cree que después de esta cumbre, y teniendo en cuenta los acuerdos a los que se ha llegado, se podrá superar esa parálisis?
—Justamente, el mecanismo de las cumbres, las COP y la Convención Marco para el Cambio Climático es como una especie de ritual anual al que los países van porque hay que ir, como si estuviéramos haciendo que hacemos algo. El papa Francisco también lo dice.
Eso es real, porque en realidad todos tienen que estar de acuerdo, pero basta con que un país no quiera algo para que se quite. Con lo cual siempre se terminan quitando las cosas que realmente habría que hacer, porque hay países que no están en esa línea.
Por eso esta conferencia de Belém, que puede ser el punto de partida para una hoja de ruta por fuera de la Convención Marco —no por fuera de la ONU como sistema, sino específicamente de la Convención—, es prometedora de un multilateralismo renovado, oxigenado, basado en buenas voluntades, para salir de la parálisis.
Por eso, como Iglesia, estamos muy entusiasmados y queremos apuntar en esa dirección. Ahora, por ejemplo, estamos trabajando de manera coordinada con la Iglesia en Latinoamérica, en Asia y África, y también con otras organizaciones de la Iglesia a nivel internacional, de cara a la conferencia de Santa Marta, porque creo que va a ayudar mucho.
—¿Cree que en la Iglesia hay una preocupación real por la crisis ecológica?
—Bueno, la Iglesia somos todos los católicos que creemos en Jesucristo y estamos en comunión con el Papa. El Papa y la Iglesia, a través de la doctrina social de la Iglesia, en este tema se han pronunciado muy claramente. En principio, por el hecho de ser católicos, tenemos que prestar atención, porque la cuestión ecológica forma parte del magisterio, de la enseñanza de la Iglesia.
Pero, no obstante, somos también sociedad. Entonces, la misma proporción de gente a la que le da igual en la sociedad, por negacionismo o por desinterés, también la encontramos dentro de la Iglesia, porque somos parte de la misma sociedad, más allá de que este tema forme parte de los principios y de las cuestiones que la Iglesia reflexiona desde la teología moral.
En ese sentido, creo que hay una línea de reflexión, un magisterio y un pensamiento social católico muy actualizado, orientado al cuidado de la creación y a la responsabilidad que tenemos los seres humanos de preservar la dignidad de la vida humana y el bien común. En ese bien común entran el clima y la biodiversidad, como realidades que debemos cuidar y sobre las que debemos trabajar.
—Recientemente se ha celebrado el II Encuentro Nacional de la Pastoral de Ecología Integral, ¿a qué conclusiones se ha llegado? ¿Cuál es el papel que tienen las diócesis en esta lucha contra el problema ecológico?
—Yo creo que cuando uno piensa la ecología integral desde la pastoral social de la Iglesia hay que distinguir dos vertientes. Una vertiente, que yo suelo llamar inmanente, es la vertiente técnica, la cuestión ambiental, que es por donde más se suele entender la ecología integral. Está bien y hay que trabajarla. Ahí entra también la cuestión de la justicia social y climática, el bien común en relación con los derechos y el cuidado de los pobres, la atención a las comunidades vulnerabilizadas por el cambio climático… Como en cada territorio los desafíos locales son distintos, es necesaria una presencia local. No en todos los lugares tiene el mismo nivel de preponderancia, hay diócesis más o menos activas en función de los desafíos ecológicos y socioambientales que tengan.
Por otro lado, está la dimensión trascendente de la ecología integral, que tiene que ver con algo muy presente en la doctrina social de la Iglesia: la importancia de recuperar el misterio de la creación y a Dios creador, desde esa mirada de transformación que trae el Resucitado. El Resucitado transforma también el tiempo presente a través de las personas, con efectos sobre la criatura, sobre la creación. Ahí hay una dimensión de fe y una espiritualidad que es necesario trabajar.
Creemos que hay un problema común en todas las diócesis, más allá de que estén más o menos afectadas por cuestiones ecológicas: el olvido del Dios creador y del misterio de la creación, del valor y la bondad de todas las criaturas, de la dignidad humana y del respeto a esa dignidad. También el compromiso por garantizar condiciones socioambientales suficientes para un desarrollo humano integral. Ese olvido de Dios va unido al paradigma tecnocrático que domina muchos espacios y a una cultura de sobreconsumo materialista, de avaricia y de codicia, que contradice los valores propios de la fe cristiana. En esa dimensión trascendente hay mucho trabajo por hacer en todas las diócesis. De eso trata la Pastoral de Ecología Integral: trabajar estas dos vertientes, la inmanente y la trascendente, en todo el territorio.
—En los últimos años hemos visto que esta crisis ya no es simplemente ecológica, sino que tiene una parte moral y hasta ideológica. ¿Cree que puede llegar a tener una dimensión espiritual o teológica?
—Bueno, yo diría más bien al revés: la ecología integral como pastoral solo se entiende porque hay una dimensión trascendente, porque hay una dimensión ética, espiritual y teológica. Dios creador creó este mundo a través de su Hijo Jesucristo, como dice el credo, y es el Espíritu Santo quien da la vida. Es decir, la creación, el mundo en el que habitamos, tanto el natural como el humano, está imbuido de la presencia y de la acción de Dios en el mundo creado.
Ese es el fundamento de la ecología integral. Y, por otro lado, entendemos también que en el corazón del acto creador había una armonía original, una ecología integral original: Dios vio que todo lo creado era bueno. Esos fundamentos teológicos son los que construyen el edificio de la pastoral de la ecología integral.
—¿Qué cree que pueden hacer los católicos frente a este problema desde la situación personal y particular de cada uno?
—A nivel práctico, yo creo que hay dos cosas a las que tenemos que obligarnos. Por un lado, aprender, es decir, entender el problema y, por lo tanto, apostar por la formación, la educación, el aprendizaje y la enseñanza. Educarnos en las cuestiones de ecología, en los problemas, no solamente en los grandes problemas como el cambio climático o la biodiversidad en el planeta, sino también en lo que pasa en tu río, en tu montaña, en tu bosque: los incendios, la muerte de animales… Comprenderlo y no ignorarlo. A eso se le llama técnicamente «alfabetización ecológica».
Y por otro lado, el estilo de vida. Tú puedes cambiar tu estilo de vida o tomar decisiones en tu modo de vestir, de comer, de recrearte, de transportarte, que estén alineadas con el principio de la gratuidad y la lógica del don, de la que ya nos hablaba el papa Benedicto XVI en Caritas in veritate. Lo que nos hace profundamente felices y plenos no es lo material ni el consumismo.
Hoy estamos obsesionados con tener cosas, con acumularlas o descartarlas, porque tenemos en nuestro interior un dinamismo psicoafectivo y espiritual que es el deseo: queremos siempre más y nunca estamos del todo satisfechos. Los hombres y mujeres de fe creemos que ese dinamismo está ahí y que puede permitirnos encontrarnos con Dios, si lo buscamos seriamente. Siempre va a haber un grado de insatisfacción que la fe también puede ayudar a sobrellevar con felicidad y positividad.
Por lo tanto, la sobriedad y el ayuno, en el buen sentido, por un bien mayor y mejor, tienen que motivarnos a vivir de esa manera. Ahí es donde se puede hacer mucho, en el cambio del estilo de vida.








