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Educación especial cristiana para una integración digna y rica en cuidados

Terapia ocupacional, enfermería, fisioterapia, logopedia… La Iglesia trabaja arduamente para que los colegios para niños con discapacidad evolucionen de un carácter meramente asistencial a ser verdaderos centros educativos

Sergio tiene 13 años. En enero cumplirá 14. El día de su cumpleaños, el 28, probablemente celebren una fiesta. Pero hace 14 años, cuando nació, fue un día mucho más difícil. Los médicos provocaron el parto: no estaba creciendo bien. En la primera noche, sufrió su primer ataque epiléptico. Metieron a sus padres en una sala. Myriam, su madre, recuerda perfectamente las palabras del doctor: «Hay tres opciones: que no tenga nada, que tenga algo con nombre o que tenga algo sin nombre». Lo de Sergio no tenía nombre, pero sí una larga lista de complicaciones: epilepsia, problemas de columna, problemas de corazón. No habla y come por sonda gástrica. Tampoco camina. Y, mínimo una vez al año, tiene que pasar por quirófano. Aun así, Sergio empezó a ir a la guardería como cualquier otro niño. Pero a la semana y media de empezar, sufrió un ataque epiléptico y el personal se asustó mucho. Sergio necesitaba un centro especial, ya con dos añitos. Así conocieron sus padres el Colegio de Educación Especial Hospital San Rafael, de los Hermanos de San Juan de Dios. Tras once años allí, ahora la perspectiva es otra. Myriam reconoce que «al principio se te cae el mundo encima», y que «luego te vas acostumbrando». «Y ves que se vive, que al final se vive, pero es muy duro», añade. El centro tiene un papel imprescindible: «Llevar al niño al colegio y saber que lo dejas en un sitio donde va a estar cuidado, donde si le pasa cualquier cosa tiene a la enfermera, el hospital al lado… Los quieren mogollón, los cuidan muchísimo. No es lo mismo que dejarles en cualquier otro sitio. Y te permite a ti descansar. Descansas física y mentalmente».

El colegio está hecho casi a la medida de Sergio y de sus 39 compañeros. En su clase, la de color morado, son cinco niños con un profesor especialista y un técnico educativo. Están agrupados más o menos por niveles. Aunque el perfil de los alumnos es muy heterogéneo, todos tienen dificultades motoras y cognitivas. Sergio y sus compañeros, aparte de sus clases, tienen varias sesiones a la semana de logopedia y fisioterapia individualizadas. Dentro del aula, la propuesta educativa también es personalizada para cada niño, adaptada a sus circunstancias y, en la medida de lo posible, partiendo del currículo ordinario.

El objetivo, explica a ECCLESIA la directora del centro, Raquel Fernández, es «que sean lo más partícipes posible del mundo, facilitarles la inserción en la sociedad. Requiere mucha mediación del adulto, que un centro ordinario no les puede dar. Somos los primeros que queremos que nuestros chicos se integren».

Todos los aspectos de la vida

En esa integración se tienen en cuenta todos los aspectos de la vida. Desde la higiene bucal o el programa afectivo-sexual que trabaja la enfermería, pasando por las tareas del hogar o el huerto. Todo adaptado a ellos. Mientras en el aula verde cocinan arroz chino —en una cocina con los muebles que se adaptan a la altura de las sillas de ruedas—, los mayores están haciendo un taller de huerto —con macetas también adaptadas a su altura—, aprendiendo a plantar calabacines y rabanitos. Los jueves por la mañana tienen la posibilidad de ir a la piscina, para trabajar en el medio acuático —en el que se sienten mucho más libres— los mismos proyectos que en el aula. A las 13.35 horas, bajan todos al comedor. Primero comen los niños que se alimentan con sonda, acompañados del departamento de Enfermería. Terapia Ocupacional adapta todos los útiles para los demás, mientras Logopedia indica cómo texturizar los alimentos para garantizar la seguridad y la eficiencia. Todo el personal tiene a su disposición una sala de estimulación muy bien equipada, gran aliada, sobre todo, en el trabajo de la parte sensorial. Allí se puede estimular a los niños más afectados cognitivamente, con columnas acristaladas de burbujas y agua, vibración, colores… Y una singularidad del colegio: los alumnos reciben formación adaptada para recibir la Primera Comunión, un sacramento que celebran en el propio centro en horario lectivo.

Más allá de la preparación a la Comunión, el ideario cristiano de este centro es absolutamente transversal. Se palpa en la sensibilidad de los profesionales, en cómo cuidan y miran a cada alumno, reconociendo que son un inmenso tesoro, aunque la sociedad no siempre los valore tanto. También en las fiestas en las que el centro se engalana, la Navidad, y los patronos, san Juan de Dios y san Rafael. Una experiencia que el centro ha compartido en el Panel de Centros de Educación Especial de ideario cristiano, celebrado en el marco del Congreso La Iglesia en la educación. «El equipo vale oro —señala la directora—; no todo el mundo está preparado para esto, estamos al extremo de la campana de Gauss. Tenemos un abordaje muy respetuoso. Ante todo, trabajamos con personas con nuestra misma mirada».

Necesidad de recursos

Pero un abordaje tan personalizado requiere de muchos recursos. Muchos más de los que aporta la Comunidad de Madrid, que, acorde con la ley, financia aproximadamente la mitad de lo que cuesta el centro. Lo demás lo pone la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, como parte de su obra social. «Con los recursos públicos seríamos un centro asistencial, pero somos un centro educativo», recuerda Fernández.

Y aún quedan retos para el futuro, que, como todo en la educación, también depende de los recursos. ¿Qué pasa con estos chicos cuando cumplen 21 años? Raquel Fernández cuenta el caso de un chico con un nivel cognitivo potentísimo —«a nivel de cálculo mental, nos da mil vueltas a cualquiera y mantiene unas conversaciones sobre la vida y la muerte brutales»—, pero muy afectado a nivel motor, ya que solo maneja el iris del ojo. Ese chico está ahora en un centro de día, porque no han encontrado ningún centro adaptado en el que pueda estudiar y desarrollar su potencial. 

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