Cuando contemplo esta escena y esta parábola del amor entrañable del Padre, de la forma de actuar de los hijos, tanto de uno como de otro, me lleno de ternura, de cariño y de amor. No puedo menos de quedarme asombrada de ese amor tan grande que tienes y que lo haces a través de esta parábola. Tú eres ese Padre y yo soy ese hijo pródigo o ese otro hermano también envidioso. Así eres Tú,
Jesús: Tú eres un amor infinito, Tú tienes siempre un amor de Padre entrañable, tienes un amor paternal. Y cómo nos amas, cómo y con qué ternura, con qué paciencia, con qué aguante… Muchas veces mi vida es como la del hijo pródigo: quiero salir del hogar de tu corazón, quiero dejar todo, una vida mejor —según mis criterios—, y me voy de tu corazón. Y qué vida… Siento tristeza, soledad… No comprendo una vida sin ti. Y cuando estoy en lo profundo de mi miseria, en lo profundo de mis vacíos, dejo todo y camino a los brazos tuyos… y allí estás Tú, esperándome, saliendo a mi encuentro.







