Celebramos este domingo la fiesta de la dedicación de la basílica de San Juan del Laterano, la catedral de Roma y sede, por tanto, de su obispo. Una fiesta que es signo de unión con el Santo Padre y de comunión con el conjunto de la Iglesia universal.
«La comunión a la que el Señor nos llama es una armonía de voces y rostros, no anula la libertad de cada uno»: nos lo decía el papa León XIV durante la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san Pablo. Palabras como: signo visible y eficaz de salvación, comunión o sinodalidad, representan conceptos diversos referidos a una misma realidad eclesial en la que san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco han ido poniendo el acento desarrollando la eclesiología del Concilio Vaticano II. Ahora el papa León XIV pone el acento de manera especial en la idea de la unidad.
Todo ello constituye el rico legado del magisterio de la Iglesia que se ha ido forjando a lo largo de los siglos y que se convierte en un corpus doctrinal siempre inacabado y siempre en elaboración, y a la vez unido en todo momento histórico por un mismo hilo conductor: Cristo. Esta fidelidad a Cristo, al legado apostólico y al magisterio inspirado por el Espíritu Santo, arte y parte en la fundación y la vida de la Iglesia de Cristo que camina hacia el Padre, es lo que nos une a todos los fieles. Ciertamente vivimos esta pertenencia a la Iglesia, que es como un sacramento en palabras de la constitución Lumen Gentium, desde la diversidad, como lo vivieron Pedro y Paz, pero muy conscientes de formar una única realidad siempre viva y siempre en camino.
Esta diversidad se expresa también en la multiplicidad de ministerios y de servicios, algunos sacramentales, otros dirigidos a aspectos concretos del día a día de la Iglesia. Todos ellos son necesarios para vivir esta comunión y esa sinodalidad de la que nos han hablado Benedicto XVI y Francisco, y debemos vivirlos con una conciencia de eclesialidad y de responsabilidad. El principio de la subsidiariedad es un concepto clave en la Doctrina Social de la Iglesia, que nos invita a la autorresponsabilidad y a la colaboración en las tareas de la Iglesia en sus diferentes niveles: parroquial, diocesano y universal.
Sacerdotes, diacas, ministros de la palabra, catequistas, miembros de los consejos parroquiales, religiosos y religiosas, y todos aquellos que de una manera u otra formamos de manera activa la Iglesia, somos llamados a vivir nuestra fe desde la corresponsabilidad. Y aún más, no podemos olvidar a los que por una u otra razón se han alejado de la Iglesia o de la práctica de los sacramentos, ni tampoco a los que no conocen a Cristo, lo ignoran o incluso lo rechazan, y que constituyen el reto de la labor evangelizadora.
La Iglesia nació con vocación de universalidad, de catolicidad, y está en nuestras manos que así siga siendo; ayudaremos viviendo nuestra fe en comunidad y solidaridad. En palabras de san Juan Pablo II: «la Iglesia es el signo de la salvación realizada por Cristo y destinada a todos los hombres mediante la obra del Espíritu Santo.» (27 de noviembre de 1991).







