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El Corpus continúa en la presencia en el mundo de los católicos

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El día del Corpus Christi nos ha permitido salir a la calle acompañando al Santísimo Sacramento, es decir, al mismo Cuerpo entregado de Jesús. Es una procesión singular, única en el año litúrgico, que expresa cómo la Eucaristía que celebramos ha de salir a la calle, no de manera extraordinaria en una custodia bellísima, sino a través de ese Cuerpo de Cristo que somos nosotros, los católicos y especialmente quienes viven la vocación laical, Iglesia en el mundo. Es el amor concreto de Jesús, es su Cuerpo entregado el que ha de acompañar nuestra vida ordinaria en los diversos asuntos que se nos plantean.

Me voy a permitir poner un ejemplo que me ha venido a la mente después de tener diversos encuentros, ya con motivo de la visita pastoral o de la Asamblea de Cáritas Diocesana, en los que ha aparecido con fuerza el problema de la vivienda en nuestras sociedades, también entre nosotros, en Valladolid. Familias que tienen graves dificultades para poder acceder a la vivienda o para poder pagar una hipoteca o una renta y que ese gasto les permita, en el resto de los aspectos, desarrollar dignamente la vida familiar.

Es verdad que respecto a este asunto de la vivienda hay diversas dimensiones económicas y políticas que tienen que ver con la regulación de todo lo que afecta a la vivienda, el suelo, la construcción, los impuestos, las llamadas viviendas de protección oficial, el facilitar el acceso a la vivienda a determinados grupos sociales, etc.

Pero la salida a la calle de los católicos, el vivir en medio del mundo esta condición de Cuerpo entregado que se configura para nosotros en la Eucaristía nos hace plantearnos también otra cuestión, qué podemos hacer, sobre todo aquellos que tengan más de una vivienda, aquellos que sacan al mercado de manera legítima una vivienda para obtener una rentabilidad de un dinero que han invertido, quizás de sus ahorros o de cualquier otra circunstancia de la vida.

Podemos plantearnos dos maneras de estar ahí. Una, siguiendo las reglas del mercado. Los precios están así en este determinado momento; incluso, la propia crisis de la vivienda me da una oportunidad de poder obtener unas rentas más altas. Este criterio responde a una especie de doble vida aceptada o lo que el Papa Francisco llama en ‘Dilexit nos’ una alienación social, citando a San Juan Pablo II. Una cosa son los asuntos de la Iglesia, lo que vivimos en el templo, en la liturgia, que tiene sus reglas del juego, también en nuestra propia vida interior, y otra cosa son los asuntos de la calle, la vida económica, las relaciones entre vecinos, las decisiones en la vida social y política de nuestra vivencia como ciudadanos y eso tiene sus propias reglas del juego; ambas reglas, las del interior de la Iglesia y las de la calle son completamente distintas y no hay que preocuparse demasiado por ello. Eso constituye una aceptación de una suerte de doble vida. No me refiero a una doble vida moral en los comportamientos personales, sino una doble vida a la hora de asumir los fines de nuestra vida y los medios que ponemos para alcanzarnos.

Volvamos al ejemplo de la vivienda. Si queremos situarnos con un criterio que brote del corazón mismo de la Eucaristía que nos invita a la comunión de vida y a la comunión de bienes y también a una comunión de acción en medio del mundo en relación con todos los asuntos de la vida social, ¿no deberíamos los católicos plantearnos cuál ha de ser nuestro criterio al poner en el mercado o no una vivienda que, quizás, tengamos cerrada? Si la ponemos en el mercado, ¿estaríamos dispuestos a aceptar, quizás, un nivel de renta menor que suponga sí una justa retribución a un dinero invertido, pero que no se someta a las reglas coyunturales de un mercado? Estas nos pueden dar una oportunidad de ganancia, pero suponen para otros una barrera casi imposible para poder llevar una vida digna, poder constituir incluso una familia que se abre a la vida y ser familia numerosa.

Hemos de caer en la cuenta de que somos católicos y la catolicidad supone poner en relación unas cosas y otras, las que afectan al templo, las que afectan a la calle, las que afectan a la vida interior y las que afectan a nuestras decisiones en la producción, en el consumo, decisiones que unas pueden ser relacionales, que otras son económicas, que otras son políticas.

Tengámoslo esto en cuenta para ir avanzando en esta unidad de vida y, así, proclamar en todos los aspectos de nuestra existencia que es la hora del amor. Y el amor también se manifiesta en estas decisiones que, además, tienen repercusiones para otros que pudieran organizar mejor su existencia. Sí, la Eucaristía está relacionada con todo aquello que ocurre a nuestro alrededor.

Comulgar la comunión nos sitúa también a nosotros, a todos, en un horizonte de comunión de vida, de comunión de bienes y de comunión de misión que logre, así, mostrar la cercanía de la Iglesia a los problemas que ocurren, que por supuesto tienen una dimensión económica y política que va más allá de nuestra acción concreta, personal, coherente con nuestra Fe, pues no podemos dejar de lado nuestra propia responsabilidad para actuar de forma directa, en este caso, en el arrendamiento de la vivienda y de forma indirecta también a través de nuestra acción política, a través de nuestra reflexión moral que hagamos llegar al resto de los ciudadanos.

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