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El desierto de la Cuaresma

Quien se haya adentrado alguna vez en el desierto de Judá, donde Jesús vivió cuarenta días con sus noches, habrá experimentado un conjunto de vivencias que conforman a nivel sensible el espíritu de la Cuaresma: silencio, soledad, temor de lo inesperado, necesidad de amparo. El desierto está poblado de misterio, de ángeles y demonios, según la mentalidad bíblica. Y, sobre todo, está lleno de la soberana presencia de Dios que se percibe en el cielo estrellado, en el sol del atardecer, en el silencio que favorece la oración.

La Cuaresma significa adentrarse en la búsqueda de Dios a través del desierto que debemos fabricar en nuestro interior, ya que no nos retiramos al físico. Dentro de nosotros puede construirse el desierto. Para ello, hay que acallar las voces que perturban (físicas y espirituales). Hacer silencio es escuchar más el latido del corazón que el griterío de la ciudad, de los bares, de las calles atiborradas de gente. No basta callar, hay que refugiarse bajo la noche estrellada del alma, poblada de infinitas estrellas que hablan de Dios: son las auténticas experiencias espirituales que nos traen la memoria del Dios que habita en el interior del hombre, como dice san Agustín. La penitencia de la Cuaresma no es solo la privación de cosas inútiles, sino la actualización de lo que Dios ha hecho y hace con nosotros. Tomar conciencia de que somos templos del Espíritu, escuchar su voz, dejarnos llevar de sus impulsos, inspiraciones y deseos. Dios desea encontrarse con el hombre; desea que el hombre lo halle habitando en él.

También nuestra alma, como morada interior, necesita el aire puro de la gracia y echar fuera los pensamientos y deseos del mal que nos acosan cuando nos dejamos llevar de la desidia, la curiosidad, el vagabundeo espiritual que denota dispersión del corazón y de sus afectos. ¡Qué sabio es este consejo de Jesús!: «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre anda vagando por lugares áridos en busca de reposo y no lo encuentra. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí. Y al volver la encuentra deshabitada, barrida y arreglada. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él y se mete a habitar allí; y el final de aquel hombre resulta peor que el comienzo» (Mt 12,43-45). Que cada cual saque sus consecuencias. La tentación que no se corta de raíz, es como la mala hierba que avasalla el terreno.

Cuando Jesús va al desierto para encontrarse con Dios tiene que vencer las tentaciones del Maligno. Nos enseña que el hombre religioso tiene que luchar contra el mal en cualquiera de sus manifestaciones. Nuestro interior puede estar habitado por ángeles o demonios. Cuando vence las tentaciones, Jesús es servido por ángeles, como signo de triunfo sobre el mal. Previamente, ha derrotado a Satanás con el único arma de la Palabra de Dios. Cuaresma es tiempo de escuchar a Dios en la Palabra que él nos ha dado por medio de profetas, evangelistas y apóstoles. Es el alimento adecuado en la lucha contra la mentira, el orgullo y la autocomplacencia. La Palabra de Dios purifica, conforta, enardece el amor y consolida la esperanza del triunfo. Es Palabra que dice la verdad y salva.

Si a la palabra de Dios añadimos la limosna, la austeridad de vida, el amor a los pobres y necesitados, la Cuaresma convierte el desierto en un vergel o paraíso, nos devuelve a la inocencia original y nos reviste de la integridad que el hombre espiritual ansía para celebrar la Pascua. Así el fuego pascual nos invadirá con su luz y podremos iluminar a cuantos caminan en tinieblas, porque la vocación del cristiano no es otra que participar de la luz de Cristo resucitado que ha venir a prender el mundo con su fuego.

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