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El mejor escudo social

Estamos en plenas fiestas navideñas. Son momentos de encuentros familiares. Los que tienen la suerte de tener una familia viven estos días con sus seres más queridos disfrutando de su presencia y de su cariño. Los que están lejos de ellos viven con anhelo y deseo el reencuentro.

Los cristianos celebramos en este domingo la fiesta de la Sagrada Familia. Es una llamada de atención que nos despierta a la urgencia de cuidar en nuestra sociedad la riqueza y el valor de la familia. Es una oportunidad para presentar, en el escenario de nuestro mundo, la belleza y el tesoro de la realidad familiar. Tan es así que el propio Dios quiso vivir en una familia. Esto es lo que se nos presenta al contemplar nuestros misterios navideños: el modelo de una familia sencilla y acogedora.

Hace tiempo oí una expresión que he repetido en numerosas ocasiones porque me parece que tiene una honda sabiduría: “Una familia enferma engendra personas enfermas; una familia sana da a luz personas sanas”. Los hechos ciertamente lo demuestran en tantas ocasiones. Basta acercarse a los colegios y hablar con los educadores para comprender la importancia que tiene la familia en el crecimiento equilibrado e integral de una persona. Un buen clima familiar, sobre todo afectivo, condiciona enormemente el desarrollo de las personas.

Y es que la familia se convierte en el primer ámbito de socialización que nos proporciona seguridad y equilibrio a sus miembros. De esta manera, las personas se relacionan en el entorno familiar fundamentalmente por lo que son, y no tanto por las expectativas o intereses que tanto nos condicionan. Así, desde el punto de vista psicológico, ayudan en el crecimiento y acompañamiento de todos aquellos que conviven en la unidad familiar.

Pero no sólo eso: las familias están llamadas a ser auténticas escuelas de humanidad. La familia nos ayuda a abrirnos necesariamente a los otros y nos permite empatizar con las necesidades de los demás. Esto es así especialmente en las familias extensas y abiertas a su entorno más inmediato. En la familia sana, las relaciones personales se establecen desde el amor y permiten superar los egoísmos, el individualismo y las conductas antisociales. Los valores que la propia convivencia nos obliga a conjugar, como el sacrificio, la renuncia, el diálogo, el compartir y tantos otros, son valores fundamentales para la posterior convivencia en sociedad.

Además, la familia se convierte también en esa primera instancia a la que acudir en tantas dificultades como la vida nos depara. En los fracasos, en los desengaños, en la pérdida de la salud, en los problemas económicos, en las carencias de horizonte y de esperanza… la familia acude en nuestro auxilio para poder afrontarlas con más serenidad y seguridad. Los que carecen de esta red son los que tienen más posibilidades de caer víctimas de la exclusión. De esta manera, la familia es, como tantas crisis nos lo han revelado, el primer colchón social con el que nuestra sociedad puede contar.

Si esto es así en tantas ocasiones, sólo se me ocurre que tenemos que cuidar mucho la realidad familiar. Especialmente cuidemos el núcleo de la familia que es el matrimonio. Bien sabemos que la convivencia hoy es muy compleja. Por ello, si cabe, es más urgente fomentar todas las herramientas que ayuden a cuidar actitudes y superar los conflictos. Como dijimos los obispos españoles en un reciente documento: “Cada persona ha de asumir la responsabilidad de cuidar la propia familia, dedicándole tiempo y luchando por ella como expresión también de responsabilidad social. No basta sólo la queja por lo que ocurre alrededor, es preciso hablar también con los hechos para transformar y mejorar lo que está a nuestro alcance, sin perder de vista el horizonte global”.

Y junto al trabajo personal, es urgente una política familiar activa que proteja la realidad familiar como el mejor tesoro que nuestra sociedad tiene y que no puede perder. No es posible que nuestras instituciones se desentiendan de este activo que es tan importante y, a la vez, tan frágil. Cuidemos entre todos a nuestras familias. En esta tarea está comprometida nuestra Iglesia diocesana.
Vuestro hermano y amigo.

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