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El Papa recuerda a los católicos de Mongolia que «para ser felices no hace falta ser ricos y grandes»

Emocionante Eucaristía en el Steppe Arena de Ulán Bator (Mongolia), donde se dio cita la pequeña comunidad católica del país y fieles de los países vecinos con sus obispos, casi todos minoritarios en sus países. A todos ellos, el Papa recordó que «para ser felices no hace falta ser grandes, ricos o poderosos».

«Esta es la verdad que Jesús nos invita a descubrir, que Jesús quiere revelar a todos, a esta tierra de Mongolia. Solo el amor apaga la sed de nuestro corazón, solo el amor cura nuestras heridas, solo el amor nos da la verdadera alegría. Y este es el camino que Jesús nos ha enseñado y ha abierto para nosotros», ha continuado.

Toda la homilía del Papa ha estado vinculada al salmo que se ha proclamado durante la celebración, que recalca la sed de Dios del hombre. Una sed ante la que responde la fe cristiana. «La toma en serio, no la descarta, no intenta aplacarla con paliativos o sustitutos. Porque en esta sed está nuestro gran misterio; esta sed nos abre al Dios vivo, al Dios amor que viene a nuestro encuentro para hacernos hijos suyos y hermanas y hermanos entre nosotros», ha indicado.

En este sentido, ha constatado que los cristianos se sienten, a veces, como tierra sedienta, pero también que Dios se hace cargo y ofrece agua que apaga la sed. «Esta agua nos la da Jesús. Como afirma san Agustín, “si nos reconocemos como sedientos, nos reconoceremos también como quienes beben”. Si tantas veces en nuestra vida experimentamos el desierto, la soledad, el cansancio, la esterilidad, no debemos olvidar esto», ha agregado.

Y ha insistido en que a pesar de ser una comunidad pequeña, «El Señor no nos hace faltar el agua de su Palabra, especialmente a través de los predicadores y los misioneros». También les ha advertido ante la tentación de querer saciar la sed con el éxito, el poder y las cosas materiales. «Es una mentalidad mundana, que no lleva a nada bueno, sino que nos deja más secos que antes», ha dicho.

Por eso los ha invitado a dar la vida, aun a costa de perderla, a abrazar la cruz: «Cuando haces de ella un don gratuito para los demás, entonces vuelve a ti abundantemente, derrama dentro de ti una alegría que no pasa, una paz en el corazón, una fuerza interior que te sostiene».

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