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El proyecto europeo

El domingo 9 de junio se celebran elecciones al Parlamento Europeo. Los miembros de la Unión Europea elegimos 720 diputados, de ellos, 61 españoles. Aunque las elecciones europeas nunca despertaron demasiado entusiasmo en nuestro país, parece que, en esta ocasión, ha crecido el interés, tal vez porque se están presentando como un plebiscito a la política de supuesta mayoría progresista que dice representar el actual gobierno español, porque se somete a examen el tipo de oposición que se está llevando a cabo, o porque también los partidos pequeños observan cómo se valora su política de pactos.

Sin duda, el mayor interés favorecerá la participación, y esto es bueno, pero nos puede la sospecha de que, en el fondo, se alimenta de proyectos polarizadores. La política del muro se ha instalado de tal modo en nuestro país, que más que unas elecciones europeas, parece que nos encontráramos ante unas elecciones al Parlamento español. Problema añadido es que, los proyectos de este tipo, se ahorran el abordaje de los problemas reales que afectan a Europa, para centrarse meramente en la descalificación del contrario y en la siembra del miedo al futuro bajo su pilotaje.

Así las cosas, el pueblo corre el peligro de votar con las vísceras, en gran parte, porque a ello lo están conduciendo sus líderes políticos. Bastaría realizar una sencilla encuesta preguntando por el sacrificio al que está sometida Ucrania para impedir que regrese el zarismo ruso, por las medidas que habría que tomar frente al proteccionismo de China y de Estados Unidos, por la transformación energética ante la emergencia del cambio climático y, en fin, por las políticas de asilo e inmigración de la Unión. ¿Alguien ha oído hablar en serio de estos y de otros temas decisivos? Me temo que no.

En los primeros años del siglo XXI surgió la idea de elaborar una Constitución para Europa que permitiera avanzar en la unión política. Como parte de este proyecto fallido, se pretendió también incluir en el preámbulo una mención a las raíces cristianas de Europa. El laicismo militante lo impidió haciendo gala de una gran ignorancia e incluso mala fe, puesto que las raíces cristianas de Europa constituyen una evidencia incuestionable. De cualquier manera, el peligro no está en incluir o no una frase en el texto, sino en la deriva que está tomando el continente. Mientras que el ala liberal parece soñar con convertirlo en un modelo de eficiencia económica, los radicalismos de izquierdas pretenden hacer tabla rasa de su historia, de su filosofía, de su espiritualidad, de su religión…

Se mire como se mire, el cristianismo es el único elemento unificador de países con recorrido tan diverso dentro del continente europeo, más allá de la cultura grego-romana a la que permanecieron ajenas amplias zonas del mismo. Como recordaba el Papa Francisco hace unos años (28.X.2017), el cristianismo ha aportado a Europa la defensa de la persona y de la comunidad, frente a la tendencia contraria que lleva a creer que “no hay ciudadanos, hay votos. No hay emigrantes, hay cuotas. No hay trabajadores, hay indicadores económicos. No hay pobres, hay umbrales de pobreza. Lo concreto de la persona humana se ha reducido así a un principio abstracto, más cómodo y tranquilizador”. Los cristianos -decía también- han aportado a Europa el sentido comunitario. La comunidad es “el antídoto más grande contra los individualismos que caracterizan nuestro tiempo, contra esa tendencia generalizada hoy en Occidente a concebirse y a vivir en soledad”.

Europa, si no quiere morir como proyecto común, debe dejar atrás tanta burocracia y tomarse en serio la dimensión moral, cultural y religiosa de la persona y de la comunidad humana. Debe dejar al margen ideologías y proyectos ideológicos totalitarios contrarios a la defensa de la vida, de la familia, de la inclusión social. Dejemos atrás el ateísmo práctico, la frivolidad moral y la demagogia política.

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