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El sacramento de la vida ordinaria (4)

Si aquellos con quienes convivimos diariamente en el hogar son el primer círculo de nuestra relación personal, el segundo es ese entorno formado por “los vecinos”. Los vecinos de la misma escalera, de la finca, de la calle, del trabajo, del grupo, del club (o quizá de los mismos amigos). Todo ese conjunto de personas no elegidas, pero que forman parte inevitablemente de la propia vida.

Sobre ellos, sobre su presencia, muy frecuentemente recae el calificativo de “insoportable”. En algunos, sometidos a complejos de inferioridad, esas personas no son más que “chismosos” que miran curioseando, para descubrir defectos y después murmurar. En otros, no son sino “gente” que no merecen más que nuestra indiferencia, la mejor opción para no tener líos. Es en este terreno donde funciona más aquello de “cada uno a lo suyo”. Los otros, quizá, son ante todo una posible o probable amenaza.

Sin embargo, están ahí y son también sacramento de presencia de Dios. Para el que mira con ojos del Espíritu y ve el mundo espiritual no existe “la masa”, porque para él tampoco existe el “anonimato”. Precisamente los ojos del Espíritu sacan a cada uno del anonimato, aunque nuestra mirada física y nuestra natural información no puedan hacerlo. Para el que mira con ojos del Espíritu nadie es solo un número: nadie es únicamente “el vecino del tercero”, ni el cliente número quince, ni el enfermo de la cama 105, “ni el recién llegado” o el de “la familia numerosa”… Como cuando Jesús, oprimido por la multitud, detectó, ente el asombro de los discípulos, el contacto con aquella mujer que buscaba con fe ser curada y preguntó: ¿quién me ha tocado? (cf. Mc 5,25-34). ¿Qué es la multitud al lado de una pobre mujer que sufre y tiene una gran fe?

Es la mirada tan especial que tiene el Espíritu de Dios. No acabamos de asumirla. Irónicamente hay una forma de hablar, que, aun sin intención, resulta una falsa evasiva: decimos “cada uno en su casa y Dios en la de todos”. Pero si Dios está en la casa del otro, en cierto modo, tú también lo estás y los demás, con Dios, están en la tuya.

Los vecinos, muy probablemente, son objetivamente eso, una masa indiferenciada de personas anónimas. Pero nosotros entre ellos no quisiéramos serlo, no les vemos así, aparecen a nuestros ojos como formando parte de una comunión de personas, reunidos formando un germen de fraternidad.

Todavía pude conocer algún superviviente de la antigua sociedad de la isla de Eivissa, es decir, de la Eivissa anterior a la penetración (invasión) de la modernidad en la isla, sobrevenida de la mano del turismo y del comercio. Aunque fuera de las tres ciudades se vivía en casas aisladas, los vecinos eran algo fundamental: ellos eran la garantía de la salud y la seguridad, la información y la comunicación. Eran como la prolongación del núcleo familiar. De ahí que algunos abuelos, sin rechazar lógicamente el progreso, no dejaban de añorar aquellos tiempos de “fraternidad natural”. Siempre, además, era posible esperar al domingo, cuando todos los vecinos se encontraban y charlaban de lo divino y de lo humano después de la misa en el porche de la parroquia.

Conocí a un sacerdote, consiliario de un movimiento de Apostolado Seglar, que repetía: “vivo en un piso normal, confieso que me cuesta mucho la reunión de la comunidad de vecinos, pero si no empiezo poniendo el buen espíritu en ese ámbito de mi vida, ¿en qué queda mi fe y mi compromiso de cristiano en el mundo?

Sé que pensar así es como soñar utopías. Pero si dejamos de soñar, quizá no caminaremos ni un palmo hacia el mundo de una ciudadanía del Espíritu.

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