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«Ellos no entendían qué quería decir, pero no se atrevían a hacerle preguntas» (Mc 9, 32)

¿Hay que preguntarse por la fe? Seguro que la fe es un don de Dios, un don que, como aquellos talentos que un señor confía a sus administradores, debemos hacer rendir: debe dar frutos. Podemos vivir la fe de muchas formas diferentes, pero todas deben tener un elemento común: la rotundidad que debe concretarse al poner todos nuestros esfuerzos para vivirla con total entrega al Señor.

Profundizar en la fe podemos hacerlo de muchas y diversas maneras. La oración y el contacto con la Palabra de Dios son caminos muy importantes. Adentrarnos en la teología, en sus diferentes ámbitos o en el conocimiento de la Escritura son actividades importantes que nos ayudan a conocer mejor la Palabra y, en definitiva, a conocer mejor a Cristo.

Ya en los primeros años de nuestra vida tenemos derecho a ser educados en la fe. La escuela o la parroquia –y fundamentalmente el ámbito de la familia– son lugares donde los niños y jóvenes de la mano de los padres, los abuelos, los catequistas o los docentes deben ir poco a poco profundizando en su fe . El Concilio Vaticano II pone de relieve el ámbito familiar como primer puesto de educación cristiana. Los padres han dado lo mejor que podían dar a sus hijos: la vida. Como creyentes, quieren seguir dándoles siempre lo mejor y, por tanto, ellos son los primeros y principales educadores en la fe. Este crecimiento en el marco de la familia es de tanta trascendencia que, cuando carece, difícilmente puede suplirse. Es, por tanto, obligación y derecho de los padres creyentes formar un ambiente familiar animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan. En la familia cristiana es necesario que los hijos aprendan desde sus primeros años a conocer la fe recibida en el bautismo. A través de ésta viven por primera vez la experiencia de una sana sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia se integran fácilmente en la sociedad civil y en el Pueblo de Dios. Es necesario, pues, que los padres atiendan cuidadosamente la importancia que tiene la familia verdaderamente cristiana para la vida y el progreso del Pueblo de Dios (Cf. Declaración Gravissimum educationis , 3).

Esta formación, recibida desde la infancia oa través de un proceso de catecumenado, puede ser profundizada, y es necesario que lo sea. Desde hace unos años, en las diferentes diócesis se han creado los institutos de ciencias religiosas. Son instituciones que tenemos cercanas y que nos permiten adentrarnos en nuestra fe. Dedicar tiempo a cultivar nuestra fe, vivida desde la infancia en el ámbito familiar, escolar, parroquial o mediante el catecumenado, nunca es tiempo perdido: es siempre un tiempo ganado para nosotros, para la Iglesia, para los hermanos y para Dios.

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