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En paz descansas, Paz

Paz Velasco (1971-2023) ha sido durante los últimos treinta años trabajadora de la Biblioteca de Autores Cristianos, donde se caracterizó por su eficacia, discreción y buen hacer. Sus compañeros del Servicio de Publicaciones y Editoriales de la Conferencia Episcopal Española (BAC, EDICE, LIBROS LITÚRGICOS Y ECCLESIA) han querido compartir su dolor y su esperanza a través de las páginas de nuestra revista.

No quisiéramos pasar sin dejar por escrito, aunque sea torpemente, nuestro cariñoso recuerdo de Paz ahora que viaja a moradas más deseables que esta (Sal 84, 2). Escribir un obituario es, sin duda, de las cosas más duras e ingratas que hay, pues en nada beneficia ya al homenajeado y, en este caso, tanto menos a los que homenajean, puestos contra su voluntad en la difícil situación de dar unas palabras que no existen a un dolor que no se soporta. Porque ni se soporta ni se entiende que ese azul intenso con el que miraba Paz se haya apagado para siempre.

En este punto nos da por pensar que si de algo sirve la fe es, precisamente, para encarar la agonía que sufrió y contemplar su tránsito al Padre sin caer en la desesperación, pues no quisiéramos, por nada del mundo, que nuestro grito de hoy sea un grito de desgarro sino de súplica. De súplica por ella, que ya descansa de sus trabajos, pero también por los que nos quedamos —con permiso de Dami, su hijo— hoy un poquito más huérfanos. Y es que nunca una misa de exequias llevó tanto el nombre de una persona: que si «paz en la tierra», que si «la paz contigo» o que si «mi paz os doy». Solo Paz, Paz y más Paz por todas partes. Hoy toda la oración de la Iglesia nos lleva a ella, y toda la nuestra lleva su aroma. Ojalá suba como ese perfume suave que reza la liturgia pascual, llegue al Padre y le conceda, tras el Getsemaní de sus diagnósticos y el calvario de sus quimios, el descanso que sin duda merecía. Paz, hemos celebrado cada una de tus victorias como nuestras, te hemos visto y nos hemos rendido a tu elocuencia, a ese poderío con el que entrabas en todas partes. Te hemos escuchado deleitados cuando no sabías si comprar un perro o un ordenador nuevo. Nos hemos llenado de tu amor por la vida; que si no disfrutabas, «pa’ qué», nos decías, y en tus labios eso dejaba de ser frase hecha para convertirse en palabra hondísima, verdadera hoja de ruta de tu paso por el mundo. Paz, hemos seguido con angustia cada noticia tuya poniéndonos todos, del primero al último, a rezar con verdadera devoción. Te hemos acompañado con nuestro cariño y oración cuando tocaba «cócktail», que así lo llamabas, y bien supiste siempre que no ibas sola. Hoy te lloramos, y te lloraremos, en cualquier caso, por los pobres y solos que nos quedamos sin ti. Te hemos querido, Paz, pero ante todo, por encima de todo, sabemos que tú nos has querido más, con ese amor desinteresado, libre, precioso y tuyo, tan tuyo. Pues ya está, querida amiga, ya se ha cumplido tu atardecer; y si es verdad que el examen final es sobre el amor —como quiso aquel «frailecico menudo» del que tanto sabías— a nadie le cabe la duda de que tú, hoy, lo apruebas con nota.

Descansa, Paz, y sobre todo, descansa en paz.

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