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Entregar la vida

Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell

Vivimos en una sociedad que a menudo nos invita a centrarnos únicamente en nosotros mismos: cuidar la propia imagen, buscar la satisfacción inmediata o proteger constantemente el propio bienestar. Sin embargo, el Evangelio nos propone un camino distinto. Cristo nos enseña que la vida encuentra su verdadero sentido cuando es entregada por amor.

Jesús hizo de toda su existencia una donación. La cruz no fue simplemente un sufrimiento impuesto, sino la expresión suprema de un amor ofrecido a toda la humanidad. En Cristo descubrimos que el amor es salir de uno mismo, entregarse, servir y poner la propia vida al servicio de los demás.

También el venerable Antoni Gaudí comprendió progresivamente esta verdad. Con el paso de los años descubrió que el talento recibido no le pertenecía solo a él. Sus capacidades, su creatividad y su trabajo adquirieron un nuevo sentido cuando entendió que la belleza podía acercar a las personas a Dios. Su obra dejó de ser únicamente una realización profesional para convertirse en una forma de servicio y de testimonio.

El arquitecto de Dios nos recuerda así una verdad fundamental de la vida cristiana: los dones que recibimos no son para encerrarnos en nosotros mismos, sino para ser compartidos. Toda vocación auténtica nace del amor y conduce al amor. Nadie alcanza la verdadera plenitud viviendo únicamente para sí mismo.

La cultura actual identifica la felicidad con la autonomía absoluta o con la búsqueda permanente de la propia comodidad. Pero la experiencia humana demuestra otra cosa: las personas más felices suelen ser aquellas que saben entregarse, acompañar, servir y amar generosamente.

La entrega cristiana no significa anular la propia personalidad ni despreciar la propia vida. Al contrario, significa descubrir que la existencia humana alcanza su máxima dignidad cuando se convierte en don para los demás. Así lo enseñó Jesús y así lo vivieron tantos santos y testigos de la fe.

En este centenario del venerable Antoni Gaudí, su figura nos invita de nuevo a preguntarnos qué hacemos con los dones que Dios nos ha concedido. Cada persona posee capacidades, cualidades y posibilidades concretas para construir el bien, servir a los demás y hacer presente algo de la belleza de Dios en el mundo.

Quizá la pregunta más importante no es qué queremos hacer con nuestra vida, sino por quién estamos dispuestos a entregarla. Solo el amor ofrecido permanece verdaderamente fecundo.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón generoso, capaz de salir de sí mismo y de vivir la alegría del servicio a Cristo en los hermanos. Y que el ejemplo de Antoni Gaudí nos ayude a comprender que la belleza más grande de la vida humana nace siempre del amor que se entrega.

Con los mejores deseos de un buen verano, recibid la bendición y el afecto de vuestro obispo y servidor,

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