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Esperar la Navidad

Nuestro calendario marca en este domingo el inicio de un nuevo año. El natural termina el treinta y uno de diciembre y empieza el nuevo el día uno de enero. Ese momento tan señalado se celebra por “todo lo alto”: comidas abundantes, bebidas sin cuento, mucho bullicio y aparente (o cierta) alegría acompañada por música estridente, disfraces y mil objetos de consumo.

El inicio de nuestro año cristiano es mucho más humilde. Exteriormente nadie nota que hemos cambiado de período. No hay cohetes ni ruidos, ni las cadenas de televisión lo anuncian. Pero los cristianos experimentamos un profundo cambio ambiental en nuestra vida de fe y nos disponemos a preparar el nacimiento del Señor. Para ello la Iglesia propone cuatro semanas para enfilar nuestra disposición a vivir la profunda alegría de participar de la salvación del Mesías, el Hijo de Dios. Sin estridencias ni excesivos jolgorios. Con humildad y aceptación de la pequeñez como señala el mismo acontecimiento de Navidad: pesebre, noche fría, soledad de los padres de Jesús ante el parto, admiración de unos pastores con sus animales domésticos y el suave canto de los ángeles que llama a las estrellas a sumarse al prodigio del Niño que nace y que transforma nuestra vidas.

Los cristianos participamos con la sorpresa y con la contemplación de los miles modos de representación del misterio. Pero también se nos exige un profundo cambio de vida que rasgue nuestros corazones egoístas y promueva una auténtica solidaridad con todos los que nos rodean a quienes les deseamos amor y paz. Nos recordamos unos a otros que no son palabras bonitas sino una exigencia ineludible para perpetuar la realidad anunciada por Jesucristo y para no perder nunca la esperanza de conseguirlo según las responsabilidades y las funciones que cada uno desempeña. Nadie puede olvidar la contemplación del mundo con sus carencias, sus desigualdades y sus injusticias y quedarse indiferente; debe ser activo en la búsqueda de soluciones para todos y para ello es necesario la preparación personal y comunitaria.

Para esa preparación nos brinda la Iglesia el tiempo de esperar, el Adviento. Dedicar más tiempo a la oración, mejor disposición para escuchar la Palabra de Dios valiéndonos de las personas que allí aparecen como modelos de este tiempo: los profetas, san Juan Bautista, san José, la Virgen María, y, por supuesto, una actitud sincera para ayudar y tener compasión hacia los que más sufren.  Son auténticos y típicos modelos para el Adviento. Buscad además otros muchos otros modelos entre nosotros que nos ayuden a promover y a vivir la esperanza. Renunciad a seguir a quienes fomentan el rencor huyendo de la práctica del encuentro, del diálogo y del amor. Desechad todas las llamadas al uso de la fuerza como un modo de imposición que genera más enfrentamiento y posteriores venganzas. Demasiadas guerras que se saldan con más sufrimientos y más muertes. Cuidad las palabras que hieren y separan. No caigáis nunca en el desánimo o la indiferencia ante los problemas. No digáis nunca que es imposible lo que anuncia Jesús con un candor manifiesto y, al mismo tiempo, con una atracción infinita; une la acogida, la alegría y la esperanza.

Prepararnos es concretar los signos del esperar contra toda esperanza. Ante las guerras que no parecen acabar, sobre todo la que se libra en la tierra de Jesús. Ante el fenómeno de la inmigración que no cesa de producir más muertes. Ante los abusos sexuales que se han dado en el interior de la Iglesia por miembros sin escrúpulos; reconocemos que es una lacra social, por eso pedimos más responsabilidad y soluciones universales para atender a las víctimas.

Y cuando veáis que algo es negativo preparad el Adviento con los ojos puestos en el Señor y mejorar la vida de nuestro prójimo.

Con mi bendición y afecto.

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