Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

«Estad siempre listo para dar una respuesta a todo el que le pida la razón de la esperanza que tiene; pero hágalo serenamente y con respeto» (Jn 14,9)

La esperanza mueve nuestra fe, lo que Cristo nos da con su resurrección, venciendo a la muerte, es la esperanza de que con la muerte no termina nada y todo comienza de nuevo. Nuestro mundo vive de esperanzas vanas, huidizas, que hoy están y mañana no están; unas esperanzas de corto vuelo que al fin y al cabo no satisfacen ninguna de nuestras expectativas y sólo nos dejan vacío espiritual.

De nuestra esperanza, de nuestra fe, de nuestro amor, debemos poder dar respuesta, debemos ser testigos. «Vivir la fe significa hacernos cercanos, disponibles a todos los que necesiten una mano amiga, desde la sencillez de Cristo, lo que ha venido a dar la vida ya lavar los pies de nuestros cansancios cotidianos»; lo decimos los obispos para prepararnos como Iglesias que hacemos camino a Cataluña ante la visita de Pedro, del papa León XIV.

Esta visita debe significar una visión esperanzada y renovada de nuestra realidad eclesial y social. Son muchos los retos, son muchos los problemas y son muchos los dramas que vivimos hoy, aquí y ahora. Alzar la mirada hacia Cristo buscando el sentido de nuestra vida es buscar un mensaje de esperanza para nosotros, creyentes, un mensaje que debemos hacer contagioso a toda la sociedad.

Estamos viviendo el tiempo pascual, un tiempo de esperanza en el que nos preparamos para la solemnidad de Pentecostés, cuando la fuerza del Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, como lo hizo sobre nosotros en la recepción del sacramento de la confirmación, como lo hace también este año sobre tantos hermanos y hermanas nuestros que reciben este sano.

Pero Pedro nos dice algo más, nos habla de hacerlo todo, de ser testigos, sí, pero con respeto y serenamiento. Dos características que parece que nuestro mundo tiende a olvidarse. La serenidad y el respeto brillan más por su ausencia que por su presencia. Lo escribe san Pablo: «Algunos dicen: «Todo me está permitido». Pero sepan que no todo conviene. “Todo me está permitido”, pero yo no tengo que dejarme dominar por nada.» (1Co 6,12). La falta de respeto y de serenidad no convienen nunca. Necesitamos hacer un esfuerzo para no dejarnos llevar por las corrientes actuales de intolerancia y de enfado respecto a los demás, de crispación, tal y como se dice habitualmente.

También lo escribe san Pedro: «Queridos, ahora ya estás precavidos: vigile de no dejarse arrastrar por el engaño de unos hombres sin ley, y no pierdan su firmeza.» (2Pe 3,17). Dejémonos arrastrar sólo por esta esperanza que viene de Cristo. Él es y debe ser verdaderamente el centro de nuestra vida.

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now