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«Estos son mi madre y mis hermanos» (Mc 3,35)

Jesús establece una nueva categoría de valores, y esto no quiere decir que rechace los suyos. María va surgiendo aquí y allá a lo largo de la vida de Jesús, y su figura se convierte en primordial en su concepción, su maternidad y en el momento de la muerte. Ella es la Madre. Pero, en conjunto, para Jesús es aún más fundamental el papel de María como discípula, porque indudablemente ella es también quien cumple la voluntad de Dios, y tal vez una de las primeras en hacerlo. María es modelo de madre y modelo de discípula a la vez.

A pesar de todas las dificultades que pueda vivir en la actualidad, la familia sigue siendo un fundamento básico para la sociedad. Jesús nos lo deja bien claro cuando eleva a quien cumple la voluntad de Dios a la categoría de hermano, hermana, padre o madre. Él destaca el vínculo del amor como fundamento para la relación humana y para la relación con Dios.

«Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y, por consiguiente, la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano» ( Familiaris Consortio, 11).

El amor debe cuidarse. No podemos fiarnos de que, sin hacer nada, sobreviva a los embates de la vida diaria, tal vez al envite de nuestro egoísmo. Vemos en muchas ocasiones cómo la violencia acaba, de forma brutal y siempre sin sentido, con la vida de muchas mujeres, y también de muchos niños. Éste es uno de los grandes achaques de nuestra sociedad, y parece que no pueda detenerse. Por eso, como sociedad, debemos dedicar –como tantos otros abusos contra la libertad individual y colectiva– todos los esfuerzos por erradicar ese mal.

Es necesario que siempre veamos y reconozcamos en el otro la dignidad humana, que para los creyentes es la huella de la imagen de Dios mismo. «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándole a la existencia por amor, le ha llamado al mismo tiempo al amor» ( Familiarios Consortio , 11). Si dejamos de ver al otro como igual, con la misma dignidad, dejamos nosotros mismos de ser plenamente seres humanos, porque no nos comportamos como hijos de Dios. No amamos porque no somos capaces de amar.

Ser madre, padre, hermano y hermana pide responsabilidad y, para nosotros los creyentes, es el signo inequívoco de cumplir la voluntad de Dios, que es, sencillamente, amarnos tal y como Dios nos ama.

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