Ricardo Abengózar Muela es profesor de Humanidades Médicas (UFV). Director del Área de Bienestar Social, Familia y Juventud de la Diputación de Toledo
Al cumplirse 30 años de la Evangelium vitae, constatamos que los motivos que inspiraron a san Juan Pablo II en su redacción siguen vigentes: confirmar el valor de la vida humana y su carácter inviolable, así como hacer una fuerte llamada a todos a respetarla.
En estas tres décadas han aparecido, además, nuevos motivos. Asistimos a una creciente deconstrucción antropológica de la persona, ocultando su verdadera naturaleza como unidad sustancial de cuerpo y espíritu. Para unos, la persona es solamente materia, para otros, solamente espíritu —en el caso de que se reduzca a lo que siente o lo que desea—. Ha habido cambios importantes con respecto al valor del cuerpo. La ideología de género, como el transhumanismo, han irrumpido con fuerza. Coinciden en el «cuerpo como problema que hay que resolver». Parten de una falacia de petición de principio. Se admite que no hay realidad más allá de las palabras. Se recurre a neologismos, jugando con el género de los términos, creando sustantivos a partir de acrónimos («ive» de interrupción voluntaria del embarazo, «pam» de prestación de ayuda a morir…), o empleando eufemismos (reducción embrionaria, preembrión…), que de alguna manera ocultan y dulcifican la realidad. Deconstrucción, neoconstructivismo y adoctrinamiento para la normalización acrítica de muchas acciones que nos esclavizan, pero que se reivindican desde una supuesta libertad, aunque frustren nuestro anhelo de felicidad.
Se ha disociado la reproducción de la sexualidad, y esta, de la afectividad. Se utilizan medicamentos o dispositivos para evitar la implantación y favorecer la muerte del embrión. Se esteriliza a las personas con cirugías irreversibles. Se promueve el concepto de beneficencia procreativa (Savulescu) como una obligación moral de utilizar técnicas de manipulación genética para que los hijos disfruten de una vida mejor. Las técnicas de reproducción artificial se admiten como buenas sin ninguna reflexión ética. Se convierten en derecho la eugenesia, el aborto y la eutanasia. Se aspira a la clonación reproductiva y se ve como un gran avance la clonación para la medicina reparativa. Se aspira al «mejoramiento» humano para llegar al poshumanismo.
La dimensión espiritual de la persona también está amenazada. La Nueva Era se ha introducido de forma muy eficaz. Son admitidas como buenas sus distintas vertientes y muchas son cotidianas: orientalismo (yin yang, meditación transcendental, yoga, karma, mindfulness, etc.); esoterismo (viajes astrales, tarot…); paganismo (madre tierra, curanderismo…); medicina terapéutica (acupuntura, homeopatía, flores de Bach, reiki…); ocultismo (magia, espiritismo, satanismo, sanación intergeneracional…). ¿Dónde queda la relación personal con Dios a la que nuestro corazón aspira?
Pero me interpela la llamada de la Evangelium vitae. Creo que el camino no es tanto apelar a la razón con argumentos, sino apelar al corazón, a la experiencia de la belleza de la vida. Desde la experiencia y la reflexión estética es más fácil llegar a la razón. Llegar a la razón desde el corazón. Entusiasmemos a los demás con la belleza de la gran sinfonía de amor que es la vida, a la que todos estamos llamados a participar, por lo que no caben descartes. Disfrutemos de que hemos sido creados por y para Dios, a su imagen y semejanza, y que nuestro corazón no descansará sino en él. Contemplemos su reflejo en cada persona y miremos a cada uno como don. Todos somos hijos amadísimos. Mostrémoslo. Así sería imposible la violencia.
Mostremos la belleza de la sexualidad humana como Dios la pensó, y cómo «la mutua donación de las personas unidas en matrimonio que se realiza en el acto de unión corporal se introduce en la corriente de la acción creadora de Dios…» (Karol Wojtyla, 1958).
Mostremos la belleza de la entrega, del sufrimiento ofrecido y sublimado en corredención. Es escandaloso, pero tan bello… que atrae. Dios ya ha pagado y nos ha asegurado la victoria. Escuchemos su Palabra para tener un corazón ardiente, invitarle sin miedo a nuestra casa, compartiéndonos con los demás y partiendo en misión: mostremos la belleza del Evangelio de la Vida. Lo demás vendrá solo. Él sabe más. Ecce, Fiat, Magnificat.







