El rechazo a la corrupción le costó ser torturado hasta la muerte hace 18 años. Su convicción se enraizaba en el Evangelio y la cercanía con Dios. Hoy es beato
Se puede ser servidor público y no sucumbir a la corrupción? A esta pregunta, que muchos ciudadanos llevan semanas haciéndose, ha salido al paso la Iglesia proponiendo a un nuevo beato, al que la honestidad en medio de un ambiente podrido le costó la vida. Pareciera que la Divina Providencia hubiera planificado la beatificación del 15 de junio del joven Floribert Bwana Chui justo en un momento en el que la corrupción política es como una densa pez que impregna cada mínimo rincón de la función pública. Por eso, es en este momento cuando testimonios como el de este mártir se vuelven aún más luminosos, si cabe.
Floribert fue un joven tan normal como extraordinario. Normal, porque tenía los mismos sueños que cualquier otro muchacho de 26 años con una novia, unos buenos amigos, un muy buen trabajo y toda la vida por delante. Y extraordinario, porque se movía en un contexto social en el que caer en corruptelas —algo más que reprobable— se veía como un medio más de medrar socialmente.
Los hechos que marcan la vida y la muerte de Floribert se desarrollaron en 2007 en Goma, República Democrática del Congo. El joven, perteneciente a la Comunidad de Sant’Egidio, trabajaba en la Office Congolais de Contrôle (OCC), el organismo público responsable del control de calidad de los productos alimentarios en la aduana. Era el responsable de supervisar el tráfico de mercancías entre Ruanda y Congo, una frontera enorme y porosa sin estabilidad ni seguridad. En su cargo, Floribert se propuso trabajar con integridad, a pesar de vivir en uno de los contextos más violentos y corruptos del mundo. El joven había confesado a sus amigos más íntimos que cada día recibía muchas presiones para hacer la vista gorda con mercancías que no cumplían con las condiciones sanitarias y que eran peligrosas para la población. «Muchas presiones, pero no quiero ceder. Si no destruyese todo aquello que es dañino para la salud de tanta gente, si aceptara corromperme, sería como traicionar todo en lo que creo, sería como si aceptara mi propia destrucción. Yo sigo con mi trabajo. Por ejemplo, ya he mandado destruir mucho arroz en mal estado porque sería perjudicial para la población», contaba a sus allegados.
A principios de julio de 2007, un empresario le ofreció 2.000 dólares por hacer pasar por la aduana alimentos en mal estado. Floribert se negó y el corruptor pasó a las amenazas. El joven comenzaba a vivir su propio Getsemaní, pues sabía que sus continuas negativas podrían conducirle, si no a la muerte, sí a una situación límite. En aquellos días, Floribert consultó con una amiga religiosa y médico qué podría suceder si esos alimentos llegaban a la población. Sor Jeanne-Cécile le respondió que la comida en mal estado puede producir graves daños en el organismo. La monja recuerda que Floribert respondió: «El dinero se acabará ponto. Pero, ¿qué será de las personas que tengan que consumir esta comida? Si acepto esto, ¿vivo en Cristo o no vivo en Cristo?, ¿vivo por Cristo o no? Como cristiano no puedo permitirme que se sacrifique la vida de alguien. Es mejor morir que aceptar ese dinero».
El sábado 7 de julio, el muchacho fue raptado a la salida de una tienda. Su cuerpo apareció en una cuneta dos días después. Su autopsia, que practicó sor Jeanne-Cécile, reveló torturas terribles. Le rompieron todos los dientes, el brazo izquierdo y tenía quemaduras en las nalgas y genitales.
«Hablábamos mucho. Quería que hubiera justicia para todos. Y esperaba que fuera posible cambiar las cosas. Soñaba con poder hacerlo. Me decía: “Papá, me gustaría vivir en una sociedad justa para todos, en la que no haya desigualdades ni injusticias”», recordaba su padre en el libro Il prezzo di due mani pulite, editado por Sant’Egidio.
Al servicio de los pobres
Floribert era conocido por su activismo, por su compromiso con los temas sociales y por una existencia arraigada en la oración y el servicio a los más pobres. Su muerte dolió especialmente a los niños de la calle, huérfanos del continuo trasiego de refugiados entre la región de Kivu, Ruanda y Uganda. Eran los llamados maibobo, niños de los que todo el mundo huía y a los que Floribert devolvió la dignidad y la esperanza. «Floribert tenía un buen salario y en cuanto tenía dinero en el bolsillo, se lo gastaba para comprarles comida», rememora su padre.
Cuando en 2023 el Papa Francisco visitó República Democrática del Congo, insistió especialmente a los jóvenes de que su futuro tiene que tener un ingrediente fundamental: la honestidad. En el Estadio de los Mártires, el Papa les pidió que no se dejaran «enredar en los lazos de la corrupción», porque el discípulo de Cristo tiene que ser honesto, y les propuso como modelo a Floribert, quien «como cristiano, rezó, pensó en los demás y eligió ser honesto, diciendo no a la suciedad de la corrupción».
La fase diocesana del proceso de beatificación se abrió en marzo de 2015 y se concluyó en diciembre de 2018. El 25 de noviembre de 2024, el papa Francisco autorizó al Dicasterio para las Causas de los Santos la promulgación del decreto de reconocimiento de martirio «por odio a la fe». El joven subió a los altares como beato en una ceremonia el 15 de junio en la basílica de San Pablo Extramuros, en presencia de su madre.
La señora Gertrude encabezó la delegación que se encontró con León XIV el 16 de junio. En la audiencia, el Papa definió a Floribert como «un hombre de paz» que demuestra cómo se puede ser «fermento de paz desarmada y desarmante». «Este joven, que no se resignó al mal, tuvo un sueño que alimentaba con las palabras del Evangelio y la cercanía al Señor», concluyó León XIV, deseando que, por intercesión del beato Floribert, la paz llegue a Kivu, al Congo y a toda África.








