Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell,
Este tercer domingo de Pascua deseo presentaros el decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, pidiéndoos que recéis, améis y acompañéis a vuestros sacerdotes. Es un texto que habla, en el fondo, del corazón pastoral de la Iglesia: de aquellos hermanos nuestros que, por el sacramento del Orden, han sido configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, para servir al pueblo de Dios. Y, al presentarlo, quisiera hacerlo con gratitud, con realismo y con esperanza.
Antes que nada, Presbyterorum Ordinis nos ayuda a mirar al sacerdote desde su verdad más profunda: es un bautizado llamado por Cristo para representarlo en medio de su pueblo, predicando la Palabra, celebrando los sacramentos y guiando con caridad la vida de la Iglesia. Así, su identidad nace de Cristo y se expresa en el servicio a la comunidad y al pueblo.
El Concilio subraya de manera especial la centralidad de la Eucaristía. Allí está la fuente de la vida sacerdotal. El sacerdote no se pertenece a sí mismo: aprende cada día, en el altar, a ofrecer su vida con Cristo para la salvación del mundo. Y de esta mesa nace también su manera de vivir: una caridad pastoral que se traduce en disponibilidad escucha, paciencia, misericordia, valentía para corregir y humildad para aprender.
Presbyterorum Ordinis habla también de la fraternidad sacerdotal. Ningún presbítero es una «isla». Están llamados a vivir en comunión con el obispo y entre ellos, sosteniéndose en la oración, compartiendo las cargas, evitando el aislamiento que desgasta y cultivando una amistad sana que anima la fidelidad. Cuando un sacerdote vive solo en su corazón, sin apoyos ni diálogo, la misión se vuelve pesada y la alegría se apaga. La comunión, en cambio, sostiene y protege.
Pero el Concilio no idealiza. Conoce las exigencias y las pruebas del ministerio: el cansancio, la soledad, las incomprensiones, la presión del ritmo pastoral, las heridas que a veces deja la vida. Por eso invita a cuidar la formación permanente, la vida espiritual, el descanso, la sencillez de vida y el equilibrio humano. Un sacerdote no es un «superhombre»: necesita ser sostenido también por la caridad concreta de su comunidad.
Permitidme, pues, que esta carta sea también una llamada a toda la diócesis.
En primer lugar, a dar gracias por nuestros presbíteros. Demos gracias por su entrega silenciosa, por ofrecer los sacramentos, especialmente la Eucaristía cotidiana, por tantas visitas a los enfermos, por tantas homilías preparadas, por tantas lágrimas compartidas y tantas alegrías celebradas.
En segundo lugar, a rezar por ellos. La oración por los sacerdotes no es un gesto piadoso sin consecuencias: es un acto de comunión real. Os pido que no falte en nuestras parroquias y familias una súplica fiel por la santidad, la alegría y la perseverancia de los presbíteros, y por las vocaciones, para que el Señor siga llamando y nosotros sepamos acoger.
En tercer lugar, a acompañarlos con cercanía. A veces, un sacerdote necesita más una palabra de ánimo que un juicio; una mano tendida más que una comparación; una colaboración sincera más que una exigencia aislada. La corresponsabilidad de los laicos no «quita» nada al sacerdote: le ayuda a ser más plenamente pastor y hace crecer a toda la comunidad.
Y a vosotros, queridos presbíteros, colaboradores del ministerio que se me ha confiado, os digo con afecto: no perdáis la alegría del Evangelio. Volved siempre a la fuente: a la oración, a la Palabra y a la Eucaristía. Dejad que el Señor os recuerde cada día por quién y para quién fuisteis ordenados. La gente no espera perfección, sino autenticidad; no espera héroes, sino pastores con olor a oveja y corazón de padre.
Que Presbyterorum Ordinis nos renueve a todos en el amor a la Iglesia para que, en comunión, caminemos como un solo cuerpo, sirviendo al Señor y a su pueblo.
Con la bendición y el afecto de vuestro obispo y servidor,







