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Guerra en Tierra Santa: «Solo de un bando, el de la paz»

Ante la situación en Israel y Gaza, el Vaticano ha intentado mantener vivos los hilos de la diplomacia y se ha acercado a las víctimas

Cerrar un año hablando de guerra, más que de paz, es totalmente descorazonador. «No nos resignemos a la guerra. No olvidemos que la guerra siempre, siempre, siempre es una derrota. Solo ganan los fabricantes de armas».  Son palabras del Papa durante el ángelus del pasado 20 de noviembre. Ese domingo, Francisco —además de lamentar que las guerras no sean nefastas para todos—, después de hablar de Gaza y de Ucrania, recordaba un conflicto olvidado, el de Myanmar. La lista de estos es interminable: Etiopía, Grandes Lagos, Sahel (Burkina Faso, Malí y Níger), Yemen, Afganistán, Siria, Somalia…

Y Sudán del Sur, que podría volver a ser un polvorín en cualquier momento, porque la paz es precaria, no obstante la voluntad del pueblo; y Libia y Haití, que son prácticamente países sin ley donde reina la inestabilidad; y la situación entre Armenia y Azerbaiyán, más que candente tras la agresión azerí contra Nagorno-Karabaj, tal y como explicábamos en el pasado número de ECCLESIA; y en Colombia, «la paz total» no termina de cuajar; y Taiwán podría convertirse en una segunda Ucrania si nada se lo impide a China. 

Si de Ucrania hablamos, encara su segundo invierno de guerra y acaba de pasar a titular «de cuarta» para el mundo info-empachado. Ni titular «de cuarta» ha sido Sudán. La tercera guerra civil sudanesa estalló el 15 de abril de este año y prácticamente nadie lo sabe. La ONU asegura que este conflicto «roza la pura maldad» por su crueldad en puntos como Darfur o Jartum. 

La segunda guerra de este 2023 es la de Israel y Gaza. El profesor Andrea Riccardi recordaba, también en el anterior número de ECCLESIA, que los conflictos eternizados, si se dejan abiertos, estallarán una y otra vez. Y estaba en lo cierto. Es difícil resumir todo lo que ha sucedido desde el 7 de octubre y cómo se ha encarado desde el Vaticano. En primer lugar, el papa Francisco sigue muy de cerca la situación. Lo hace telefoneando cada día a la parroquia de la Sagrada Familia de Gaza. Habla con el padre Iusuf, el vicario. El párroco, el argentino Gabriel Romanelli, no ha podido regresar. Se encontraba en Roma con motivo de la creación como cardenal de Pizzaballa cuando estalló la nueva guerra y le ha sido imposible entrar en Gaza para acompañar a su rebaño. En todas estas semanas, Francisco ha abogado por dos condiciones muy claras como pilares de una eventual paz: la liberación completa e inmediata de los rehenes israelíes y la ayuda humanitaria para la Franja. 

En los primeros compases tras la masacre perpetrada por Hamás, la Santa Sede reconocía el derecho de Israel a defenderse. El 8 de octubre, el Papa pronunciaba la palabra «terrorismo» para insistir en que la violencia no conduce a ninguna solución más que la muerte y el sufrimiento de muchos inocentes. «Sigo con dolor y preocupación lo que sucede en Israel y Palestina», decía el 11 de octubre el Pontífice, al que también preocupaba «el asedio» sobre Gaza. En aquellas horas, el cardenal Pietro Parolin calificaba como «terrible y despreciable» el ataque de Hamás contra Israel. Lo hacía en presencia del rabino jefe de la comunidad judía de Roma, Riccardo di Segni, en un encuentro en la Universidad Gregoriana sobre el pontificado de Pío XII. El cardenal Pizzaballa, por su parte, aseguraba: «Hay una dimensión de odio profundo de parte de Hamás hacia Israel y todo lo que es judío». El patriarca se llegó a ofrecer a Hamás a cambio de los rehenes israelíes. Por su parte, los patriarcas y jefes de las Iglesias de Jerusalén recordaban que ambos pueblos ya han sufrido bastante y pedían un cese inmediato de la violencia. Condenaban, además, que los civiles fueran objetivo, tanto del lado israelí como del palestino. Esto enfureció a la embajada israelí, que acusó de «ambigua inmoralidad lingüística» a los patriarcas. Se unía a la crítica el ministro de Exteriores israelí, Eli Cohen, que pedía a la Santa Sede que condenara «de forma inequívoca y clara los actos homicidas perpetrados por los terroristas de Hamás». Pero, ¿cómo podría el Papa, o la Iglesia en Jerusalén, no preocuparse por las potenciales víctimas palestinas máxime cuando entre ellas hay cristianos?

Con la Santa Sede se ha aplicado una dialéctica excluyente por la que, si se defiende a los inocentes en Gaza, se está automáticamente en contra de Israel. En mayo, en un encuentro con nuevos embajadores, Francisco les explicaba que la neutralidad diplomática de la Santa Sede no significa neutralidad ética, especialmente frente al sufrimiento humano. Y quizá esta clave de lectura ayude a comprender el proceder vaticano junto con una frase del 18 de octubre de Francisco durante la audiencia general: «Solo se puede estar de un bando, el bando de la paz». Para poner su granito de arena y cordura ha intentado mantener vivos los hilos de la diplomacia hasta echando mano de los más inesperados interlocutores como el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, o el presidente iraní, Ibrahim Raisi. También habló por teléfono con el presidente palestino, Mahmoud Abbas, y con el presidente de Estados Unidos, Joe Biden. Entre tanto, Francisco recibía a la Confederación de Rabinos Europeos y convocaba una vigilia de oración por la paz en Tierra Santa, a la vez que prodigaba sus llamamientos a que el conflicto no se extienda regionalmente.

También ha aplicado la diplomacia de la cercanía recibiendo a las familias de los israelíes secuestrados por los terroristas y a las familias palestinas. Evidentemente, ambos grupos por separado, simbolizando lo que explicaba el cardenal Pierbattista Pizzaballa tras la primera liberación de rehenes: «La guerra es una señal clara de que los dos pueblos, por ahora, no pueden convivir». En el próximo número de ECCLESIA, el secretario general de Caritas Internationalis, Alistair Dutton, nos contará cómo es «convivir» ahora en Belén o Jerusalén. 

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