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Habemus Papam. León XIV

Queridos hermanos:

 ¡Habemus Papam! León XIV

Damos gracias a Dios que no abandona nunca a su rebaño, sino que lo conduce a través de las vicisitudes de los tiempos, bajo la guía de los que él mismo ha escogido como vicarios de su Hijo y ha constituido pastores.

Hemos vivido estos días una extraordinaria experiencia eclesial con la sucesión apostólica en la Sede de Pedro, en Roma: una manifestación singular de comunión dentro de la Iglesia. No ha habido luchas de poder, ni confrontaciones, sino esa unanimidad dentro de la diversidad que es fruto de la acción del Espíritu Santo. Los cardenales se han puesto de acuerdo mayoritariamente, y los católicos hemos recibido con gran emoción y afecto al nuevo Sucesor de Pedro y Dulce Vicario de Cristo en la tierra.

Como una familia, y unidos a todos los creyentes y no creyentes, hemos lamentado la muerte del gran Papa Francisco, que durante 12 años nos ha querido y se ha hecho querer. Con la misma intensidad, con gozo y llenos de esperanza, hemos dado la bienvenida al Papa León XIV.

Desde su primera aparición en el balcón de la Basílica de San Pedro hemos notado las diferencias y las convergencias con el Papa Francisco. Cada uno tiene su propia personalidad, pero a la vez los retos son los mismos: la paz en el mundo y la unidad de la familia humana, el anuncio del evangelio y la sinodalidad en la Iglesia.

Enseguida hemos buscado información para conocerlo mejor y para quererlo más. Nos ha impresionado su origen y sus raíces por el mestizaje de culturas europeas y americanas, su amplia y ecléctica formación en ciencias, en teología y en derecho, su alta responsabilidad curial en Roma y su entrega misionera en Perú, su experiencia de Iglesia universal como prior de los agustinos y su profunda espiritualidad…

Desde su primera homilía en la capilla Sixtina con los cardenales, ha asumido su misión de confirmarnos en la fe en el Hijo de Dios vivo, y de presidirnos en la caridad. Y, para ello, como el sabio Salomón, pide la gracia de “desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado, gastándose hasta el final para que a nadie falte la oportunidad de conocerlo y amarlo”, y lo asume como “compromiso irrenunciable” en el ejercicio de su suprema autoridad.

León XIV ha suscitado mucha esperanza en todos nosotros. Ahora necesita nuestra oración y nuestra comunión afectiva y efectiva. Estamos convencidos de que es el Papa que la Iglesia necesita en estos momentos y el que Dios, que dirige los destinos de los pueblos y de la barca de la Iglesia, quiere.

Muchas felicidades a todos por este don del Espíritu.

Con mi bendición,

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