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Haití Violencia

¿Qué está pasando en Haití?

El padre Victor Auguste, salesiano, y la religiosa de Jesús María, Valle Chías, son dos ejemplos de cómo la Iglesia está acompañando al pueblo haitiano, en un momento marcado por la extrema violencia y la escasez de los productos más básicos

Con las guerras de Ucrania y de Gaza en curso, el foco mediático internacional apenas recala en Haití. Ese pequeño país de Centroamérica, que comparte isla con República Dominicana y que aparece en todas las estadísticas como uno de los más pobres del mundo. Desde principios de año, aunque a cuentagotas, sí que ha copado algún pequeño espacio informativo por el alarmante aumento de la violencia, que está teniendo terribles consecuencias. Sin ir más lejos, ECCLESIA habló en enero con el obispo de Anse-à-Veau-Miragoâne, Pierre-André Dumas, que ha sufrido recientemente un atentado. Entonces confesó que «aún queremos creer, en nombre de la fe, que el reino del terror, el caos y la anarquía no tendrán la última palabra. Nos atrevemos a tener esperanza por nuestros hermanos y hermanas. Rezamos y luchamos denodadamente por el nacimiento de un nuevo Haití. Queremos ver amanecer un nuevo día sobre Haití. La Iglesia, acompañando al pueblo, está haciendo todo lo que está en su mano para aliviar el sufrimiento de un pueblo crucificado en su historia».

El Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas ha alertado recientemente de que «Haití se encuentra al borde de una devastadora crisis, con 1,4 millones de personas a un paso de la hambruna». Más de 360.000 personas se han visto obligadas a desplazarse a República Dominicana, otras 35.000 han dejado sus casas y se esconden en escuelas o iglesias.

Haití ha sufrido terremotos, epidemias de cólera, es un país paupérrimo de base. Pero, ¿qué está pasando ahora? Con el presidente fuera del país, bandas armadas aprovecharon para hacerse con el control de las principales ciudades. Es la descripción perfecta de un Estado fallido: no tiene Gobierno desde enero, y la delincuencia organizada campa a sus anchas, sembrando el terror en una lucha mutua por imponer su poder. Saqueos, incendios, incluso canibalismo, se han convertido en habituales. Sobrevivir cada día en la capital, Puerto Príncipe, es un milagro.

En este contexto, cooperantes y misioneros se han visto obligados a dejar el país, la mayoría a regañadientes. Pero no todos lo han hecho. Es el caso de Victor Auguste, ecónomo provincial de los Salesianos en Haití, y Valle Chías, religiosa de Jesús María. En ECCLESIA han explicado por qué.

Victor nos atiende desde su despacho, en las oficinas de los Salesianos en Puerto Príncipe. Tiene la ventana rota por un proyectil, de algún tiroteo cruzado. Afortunadamente, ocurrió un sábado y él no estaba allí. Está relajado, porque desde hace unos días no se escuchan tiros, aunque nos advierte de que no sería raro que se escucharan durante la llamada. Valle vive en Jean Rabel, una zona rural a 250 kilómetros de la capital. Aunque allí la violencia no ha llegado, sí lo han hecho miles de refugiados procedentes de la ciudad, así como las peores consecuencias de los cierres de puertos y aeropuerto. Los que vienen de allí le cuentan qué «es encontrarse con cadáveres por la calle, tirarse al suelo en momentos de tiroteo y esperar a que pase, moverse por la ciudad —si no puedes volver a casa— para ver dónde dormir esa noche».

El salesiano es testigo de imágenes muy parecidas. De hecho, muchas cosas que ve no se atreve a contárselas a su familia. Cada domingo va a echar una mano a la parroquia más pobre de Puerto Príncipe. Sin ir más lejos, explica: «Uno de los últimos domingos vi a varias personas con armas en la mano, tenían las carreteras bloqueadas y yo tenía que pasar por allí para decir la Misa». Eso después del Domingo de Pascua, cuando, durante la celebración, los fieles no pudieron oír la bendición final por los tiros. «Para salir a la calle —nos narra semanas después— tuvimos que hacerlo en grupo. Gracias a Dios, pudimos abandonar la zona sin que pasara nada».

En Jean Rabel, la situación es diferente, pero también desesperada. Aun así, Valle Chías —que acaba de ser galardonada con el premio Carisma de la CONFER— continúa haciendo la misma vida desde hace cuatro años. «Hay gente que cree que los misioneros y cooperantes somos superhéroes y estamos todo el día salvando al mundo, pero la vida aquí es bastante cotidiana», ríe al otro lado de la línea, con el sonido de niños jugando de fondo. La vida en la congregación —actualmente son dos— es igualmente sencilla: se levantan, rezan y van a Misa, y, después, cada una a su trabajo. En el caso de Valle, que también es médico, consiste en salir con una clínica móvil y trabajar en su humilde laboratorio por las tardes, como dice ella, microscopio y a la antigua usanza. «Supone mucho reto y mucha imaginación, porque no hay medios. No se puede derivar a un paciente, tienes que resolver con lo que tienes, hacer el menor daño y buscar lo que más puede ayudar sin tener un diagnóstico claro o un tratamiento adecuado». Además, gestiona un proyecto de malnutrición infantil o cualquier otro que surja. En definitiva, responde a las necesidades que se le presentan.

Sin recursos

Chías recuerda que, en los cuatro años que lleva en Haití, el país «no ha estado tranquilo». Pero sí confiesa que la actual situación de violencia en las ciudades, aunque no les afecta directamente, determina la inseguridad en todo el país. Desde el 5 de marzo, fecha en que se estableció el estado de emergencia, por el puerto de la capital no ha entrado ninguna mercancía. «Sí que entra algo —añade— por Cabo Haitiano, pero aquí no llega, salvo que vayamos nosotros a buscarlo. Son 300 kilómetros, pero ocho horas en coche. Como tampoco hay gasolina, la cosa no está como para andar jugando a hacer aventuras».

Por otro lado, están llegando riadas de personas que huyen de Puerto Príncipe, lo que significa que «hay menos recursos y más personas, por tanto, hay un desequilibrio. Les piden soporte, pero ellas tampoco tienen recursos. No hay gasolina, no hay medicamentos, cada vez hay menos cosas que poder comprar. «Ya desde antes vivíamos con lo propio del lugar y siendo creativos, porque tenemos berenjenas, patatas, cebollas y fin de la historia». Se están viendo muchas casas temporales, construidas con cuatro latas, de las familias que han huido y han dejado todo lo que tenían en Puerto Príncipe. En cualquier caso, a la religiosa lo que más le preocupa es la falta de medicamentos. No ve lejos el momento en que «no haya tratamiento para responder a las necesidades de la población, como los diabéticos o hipertensos, que hay muchísimos. Antibióticos prácticamente ya no hay». Tiene además otro runrún de fondo: «Al final, sabes que estás en un país gestionado por terroristas. Siempre está detrás la cosa de hasta dónde se les ocurrirá llegar». 

Ante la pregunta de cuáles son las necesidades más acuciantes de la población, Valle Chías responde con otra pregunta: «¿Qué se necesita cuando se necesita todo?» Falta agua, faltan productos de primera necesidad… Señala Victor Auguste: «Si saliera ahora con un camión con productos para hacer distribución entre la población, sería un peligro grande para mi vida. Además, los productos no se pueden encontrar, porque los almacenes están cerrados desde que el puerto está parado». Por no hablar de que cada vez hay más menores sin escolarizar, y los que van a la escuela se encuentran con que los profesores no acuden porque no están cobrando su salario o porque ni siquiera tienen formación para enseñar. 

Valle se ha dado cuenta de una cosa más: «A veces me enfado porque la gente no tiene para comer, no tiene para ir al médico, para comprar medicamentos, o sea, no tiene cosas que yo considero imprescindibles y de primera necesidad, pero luego les ves que se han gastado el dinero en el uniforme que llevan a la Iglesia». Pero, entonces, se da cuenta de que «esta gente también necesita fiesta, necesita celebrar, necesita despejarse. Los días que ha habido fútbol, Champions o el Clásico, han pagado dinero para entrar al sitio donde lo ponen en el pueblo. Y pienso, ¿no tienes dinero para comer, pero sí para esto? Y a la vez me doy cuenta de que necesitan esos espacios. La vida no puede ser dificultad tras dificultad, también hace falta anchura y disfrute». Y no hay duda de que la población haitiana es una población que sufre, pero que a la vez «tiene una capacidad de resiliencia, de buen humor, una esperanza y una fe increíbles».

Amenazas

Los dos niegan rotundamente que los religiosos estén especialmente amenazados, aunque el prior de los salesianos reconoce que en su comunidad han entrado más de una vez bandidos a esconderse. También cuenta el caso de unas religiosas que hace tres semanas recibieron «por error» la visita de unos secuestradores que las habían confundido con otras monjas. No las secuestraron, pero sí se llevaron su dinero y su coche. La religiosa de Jesús María considera que si tienen más peligro que otros es porque son extranjeros. «Se nos ve como moneda de cambio más valiosa. Hubo un momento que circuló una tabla con el valor de los secuestros: una persona cualquiera de la calle, un operario, un empresario, un médico o un extranjero. Ahí tenemos más valor, porque detrás hay congregaciones que sí están dispuestas a dar más dinero por nosotros. Tenemos la suerte de que tenemos a gente detrás». En otro momento de la conversación, recuerda a hermanas que ya no están, como Isa —Isabel Solá, asesinada en 2016— a la hora de agradecer el premio de la CONFER, con el que «represento a mucha gente anónima». 

El ecónomo provincial de los salesianos se ríe ante la pregunta de si se plantea abandonar el país, pero contesta muy en serio. «Yo, personalmente, no quiero dejar el país, aunque tengo todas las posibilidades para hacerlo. Pero creo que frente a estas bandas tenemos que mostrar otra forma de ser personas. En todos los países hay problemas. Los que tenemos en estos momentos no implican que los haitianos sean así. Y tampoco quiero dejar a esos bandidos que están haciendo cosas malas, porque son personas manipuladas por otros intereses más grandes. Yo no me voy, ¿eh?», confiesa el misionero.

Victor Auguste y Valle Chías no son ingenuos, son perfectamente conscientes de dónde viven. Pero no tienen miedo. Como dice él, «vivimos dificultades muy grandes pero seguimos con nuestra misión aquí para ver cómo educar, cómo cambiar la mentalidad, cómo cambiar también los corazones. Creo que en estas dificultades nuestro trabajo tiene todavía sentido». 

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