Javier Domingo es autor de Heliodoro Dols. Tradición. Modernidad. Autenticidad (Ediciones Asimétricas)
La arquitectura verdadera no busca imponerse al paisaje, sino dialogar con él. No persigue modas efímeras, sino verdades eternas. En la obra de Heliodoro Dols Morell (Valencia, 1933), formado en la Escuela de Arquitectura de Madrid, encontramos esta búsqueda incansable de autenticidad, una cualidad cada vez más escasa en tiempos donde el arquitecto a menudo cae en la tentación de crear esculturas habitables más que espacios para vivir.
Dols pertenece a la brillante CX promoción de la Escuela de Madrid, junto a figuras como Fernando Higueras y Curro Inza. Influido por maestros como Alejandro de la Sota y Francisco Javier Sáenz de Oíza, su obra encarna una tensión esencial entre realismo e idealismo. Realista porque nunca abandona las referencias locales: el paisaje, la topografía y la arquitectura popular son siempre puntos de partida. Idealista porque integra una actitud crítica y moderna que transforma esas referencias en un lenguaje propio.
En sus propias palabras, su objetivo era “que la arquitectura racionalista y universal fuera menos universal y estuviera más arraigada a la tierra; que un edificio fuera el resultado lógico del lugar donde se encuentra”. Este enfoque lo sitúa dentro del regionalismo crítico, donde tradición y modernidad dialogan sin caer en historicismos ni folclorismos.
Torreciudad: diálogo entre tradición y modernidad
El Santuario de Torreciudad (1963-1975), su obra más emblemática, constituye un referente en la arquitectura religiosa del siglo XX español. Situado en un paisaje agreste y monumental, Dols supo integrar el proyecto en el entorno natural sin competir con él. La construcción se organiza como un conjunto de edificios escalonados alrededor de la iglesia principal, siguiendo esquemas propios de las estructuras vernáculas.
La geometría subyace como herramienta generadora de forma en todo el proyecto. A partir del ladrillo —célula base— se modula desde lo más pequeño a lo más grande: cada 80 centímetros se disponen 3 ladrillos a soga, 6 a tizón o 12 a sardinel. La altura de las hiladas modula los peldaños y los forjados, logrando continuidad en todo el conjunto arquitectónico. Inspirado por Frank Lloyd Wright y el expresionismo alemán, Dols utiliza curvas basadas en la sucesión de Fibonacci para justificar las formas orgánicas del diseño. Esta geometría genera elementos únicos como las columnas fungiformes (las «setas») o las celosías mudéjares.
El resultado final es una mezcla de geometrías, texturas y sombras con un marcado carácter expresionista que evoca arquitecturas centroeuropeas. Torreciudad no solo es un espacio sacro; es también una investigación profunda sobre cómo integrar tradición e innovación.
La integración de las artes
Desde sus primeros proyectos, Dols buscó unir arquitectura y arte. En Torreciudad colaboró con artistas como Joan Maynéy Eduard Serra Subirá para crear un espacio sacro donde cada elemento —lámparas, fuentes o celosías— responde a una voluntad de diseño total. Este interés por integrar disciplinas artísticas ya se había manifestado en 1965 cuando obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura junto al escultor Antonio López por su fuente en Pedraza. En este proyecto logró fusionar tradición y modernidad con un diseño simbólico inspirado en las puntas defensivas del Castillo de Pedraza.
En Torreciudad encontramos una profunda investigación en el espacio sacro y una firme voluntad de integración de las artes. Dols huye tanto del historicismo dominante en la arquitectura sacra anterior como del rigor extremo del Movimiento Moderno. Para ello se refugia nuevamente en la arquitectura popular, logrando un equilibrio entre lo tradicional y lo contemporáneo.
Heliodoro Dols ha participado del experimentalismo moderno con una libertad que le permitió proyectar desde lo que entendía como respuestas coherentes a las necesidades planteadas. Su arquitectura se basa en la fuerza expresiva de los materiales y los elementos tectónicos —la cubierta, la columna y el muro— heredados del mundo antiguo pero reinterpretados con noble desprejuicio.
A sus 91 años, Dols deja una herencia reconocible: una arquitectura moderna pero amable, sincera y madura. Su obra trasciende estilos pasajeros porque está profundamente arraigada al lugar y al tiempo en que fue concebida.
En tiempos donde la arquitectura se reduce a menudo a imágenes impactantes para redes sociales, Dols nos recuerda que construir es crear espacios habitables con alma. Su legado nos enseña que construir no es imponer formas al paisaje sino dialogar con él para crear algo verdaderamente eterno.








