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Homilías para el 2 Domingo de Adviento, B, (7-12-2014)

Homilías para el 2 Domingo de Adviento, B, (7-12-2014)

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

(1/4) Benedicto XVI, Ángelus 4-12-2011 (de hr es fr en it pt)

(2/4) Benedicto XVI, Ángelus 7-12-2008 (de hr es fr en it pt)

(3/4) Benedicto XVI, Ángelus 4-12-2005 (de hr es fr en it pt)

(4/4) San Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de la Reina de los Apóstoles 9-12-1984 (it):

«1. Queridos hermanos y hermanas:

Escuchamos lo que nos dice este domingo el profeta Isaías, el gran testigo del primer Adviento, el profeta de Israel, del pueblo que Dios eligió para revelarse a sí mismo, su justicia y su misericordia. En esta revelación, que se remonta al comienzo mismo que el mundo y el hombre tienen en Dios creador, se descubre gradualmente la gracia de la Alianza. El Dios de la Alianza sale al encuentro del hombre, a pesar del pecado y la infidelidad, y en esta Alianza que hace con el pueblo elegido él prepara los caminos de la venida del Redentor del mundo.

  1. He aquí lo que proclama Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa, pues ha recibido de mano del Señor castigo doble por todos sus pecados” (Is 40, 1-2).

El Adviento significa, pues, “consolación”. El pecado hace nacer la tristeza. Y herencia del pecado son la tristeza y el abatimiento.

El profeta se dirige al “corazón de Jerusalén” anunciando la liberación del pecado. Dios es el que libera: libera del pecado, es el Redentor. En el que va a venir está pagado todo crimen. Él trae consigo la justificación. Es el Mesías, es decir, el Ungido con toda justicia.

Su venida significa, pues, consolación. Viene para levantar al hombre de esa tristeza en la que lo sumerge el pecado.

“Consolad, consolad a mi pueblo”.

  1. Ved ahora la continuación del mensaje profético: “Una voz clama: En el desierto abrid camino al Señor, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie” (Is 40, 3-4).

El Adviento significa la venida del Justo y, en consecuencia, la alegría de la justificación, que viene de Dios. Al mismo tiempo, el Adviento significa el “camino” (…).

Camino significa apertura. La palabra camino dice que se puede realizar una ruta, que es posible acercarse: una ruta que nos acerca a Dios y nos permite un encuentro entre hermanos.

La Iglesia de nuestro difícil tiempo grita que está abierto para nosotros el camino; pero dice también que si Dios no se acerca a nosotros, pereceremos.

  1. El profeta da testimonio de Dios, de este Dios que desea venir al hombre, de este Dios en quien todo lo creado, y sobre todo el hombre, encuentra su gloria.

He aquí las palabras de Isaías: “Se revelará la gloria del Señor, y toda criatura a una la verá. Pues la boca del Señor ha hablado… Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: Ahí está vuestro Dios” (Is 40, 5. 9).

Adviento significa “camino”, significa “apertura”. El profeta proclama esta “apertura”, para que pueda revelarse “la gloria del Señor”.

Un día Juan Bautista dirá en las riberas del Jordán: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).

“La gloria del Señor” se reveló en la venida del Mesías: en la noche de Belén y en las cercanías del Jordán, y en el Gólgota, y en la resurrección del sepulcro, y en el Cenáculo de Pentecostés.

Dios eligió el lugar y el tiempo. Eligió el pueblo y los hombres. Nosotros somos herederos de ese tiempo y de ese lugar. Herederos de ese pueblo y de esos hombres. Somos el nuevo pueblo de Dios.

¡El segundo Adviento es nuestro!

“Nosotros –confiados en la promesa del Señor– esperamos nuevos cielos y nueva tierra en los que habite la justicia” (2P 3, 13).

“Para el Señor un día es como mil años y mil años como un día”. Son palabras del Apóstol (2P 3, 8).

  1. Sin embargo –juntamente con el texto de la liturgia–, tornemos de nuevo al primer Adviento.

Dice Isaías: “Ahí está vuestro Dios. Ahí viene el Señor Dios con poder, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña, y su paga le precede. Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas” (Is 40, 9-11).

Escuchemos a Isaías. Escucha a Isaías, hombre contemporáneo. Escucha, mundo que te ilusionas de “haber quitado” toda fuerza a Dios tu Creador. De “habérsela quitado” y de haberte enseñoreado de ella.

Parece que el hombre moderno, y el mundo contemporáneo, se haya convertido en un soberano y en un “potentado” invencible, y sin embargo, al mismo tiempo, sabemos –lo sabemos muy bien– que es frágil como un corderillo, que tiene mucha necesidad del Pastor, que lo tome en sus manos y lo proteja del mal.

El Adviento es el tiempo de la búsqueda: el eterno Padre va en busca de sus ovejas. Busca a cada uno de los hombres. Busca a cada uno de nosotros (…).

“No se retarda el Señor en el cumplimiento de la promesa…, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2P 3, 9).

Estas palabras las escribió Pedro, el Apóstol de Jesucristo (…). En este Adviento todavía resuenan para invitarnos a todos a recorrer el camino del Señor, para anunciarnos la consolación y la paz del que viene. ¡Ven, Señor Jesús! Amén».

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