Cuando Jesús se apareció a María Magdalena le anunció que debía subir a su Padre, que es nuestro Padre, a su Dios, que es nuestro Dios. Cuarenta días después de la celebración de la Pascua, la Iglesia celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor. Lo recitamos en el Credo cada domingo diciendo: «Se subió al cielo y se sienta a la derecha del Padre», pero quizá no acabemos de captar el sentido de esta afirmación.
Cristo, el Hijo de Dios, se hizo verdaderamente hombre sin dejar por eso de ser Hijo de Dios. Compartió nuestra humanidad, todo lo que a nosotros, aquí y ahora, nos hace sufrir, y compartiéndolo nos mostró que no todo acaba en la muerte, que detrás de la muerte hay algo. Esto es lo que nos muestra su resurrección y su ascensión: que ese Cristo traicionado, castigado, juzgado, abandonado y crucificado no es el final, que la última palabra no la tiene la muerte, sino la vida en Cristo.
Recitamos cada domingo el núcleo de nuestra fe ya fuerza de repetirlo corremos el riesgo de hacerlo de forma rutinaria, sin acabar de prestar atención a lo que decimos y que corresponde a lo que realmente creemos. En estas semanas en las que en tantas parroquias reciben el sacramento de la confirmación jóvenes y no tan jóvenes, puede ser bueno tratar de prestar más atención a lo que durante el rito de la confirmación se renuncia y se afirma creer.
Cuando nuestros hermanos y hermanas reciben el sacramento de la confirmación, son invitados justo antes de recibir el crisma a renunciar a todo aquello donde se manifiesta el mal, a estar dispuestos a todo aquello que favorece hacer el bien, ya declarar su fe en: Dios Padre, Jesucristo, el Espíritu Santo y la Iglesia Católica, para terminar manifestando su confianza vida. Y una vez quienes deben recibir el sacramento han declarado todo esto, todos afirmamos que ésta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo, nuestro Señor.
En estas celebraciones del sacramento de la confirmación, hacemos pues profesión de nuestra fe: personalmente y como comunidad. Se convierte, pues, en una ocasión para profundizar en lo que decimos que profesamos: que creemos en Cristo hecho hombre, nacido de la Virgen María, muerto en la cruz y sepultado, resucitado y subido al cielo, sentado a la derecha del Padre.
Su ascensión al cielo, como la asunción de la Virgen, nos abren camino a nosotros. Como escribe San Bernardo de Claraval: «Hermanos, levantamos en el cielo el corazón con las manos, y caminando con fe y devoción acompañamos al Señor en su ascensión. Muy pronto y sin obstáculos seremos arrebatados en las nubes para estar con él» ( Sermo sextus De intellectu et affectu ).







