Queridos hermanos:
El último fin de semana de abril, proclamamos el evangelio de Jesús Buen Pastor, que da la vida por las ovejas. La misión de la Iglesia en el mundo en continuidad con Jesús se llama “pastoral” y a los sacerdotes se les dice “pastores”. Con este motivo, el Domingo del Buen Pastor celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y de las Vocaciones nativas, de todas las vocaciones que comparten la misión pastoral de la Iglesia.
Y es que todos tenemos vocación porque todos tenemos una misión que cumplir en esta vida. No estamos aquí por casualidad. Para acertar en la vida, para no perderla, es preciso que nos preguntemos y descubramos para quién somos y para qué estamos aquí. Nosotros no nos inventamos a nosotros mismos. ¡Nos descubrimos ya creados! Nos conocemos a medida que avanzamos en la vida.
Ciertamente la realidad nos ayuda a descubrirnos: las personas y las circunstancias que nos rodean, las posibilidades con que contamos, las potencialidades que nos caracterizan, la familia, los amigos y la sociedad, las necesidades que percibimos… Todo eso nos va desvelando cuál es nuestro puesto en el mundo, y nos va interpelando para que descubramos nuestra misión, lo que cada uno estamos llamados a aportar.
Pero, para que eso que descubrimos sea nuestra vocación y nuestra misión y no una autorrealización personal, para que sea voluntad de Dios y no solo nuestra, es necesario estar abiertos a la trascendencia, al infinito que nos habita. Y en esto es en lo que insiste el mensaje del Papa León XIV este año. No puede haber vocación sin que haya llamada, sin que Alguien nos llame. Sin contar con Dios, lo que llamamos vocación sería otra cosa: buscar una salida en la vida, una ocupación… pero no una misión, un encargo por parte de Quien nos creó.
Escuchar la voz de Dios que resuena en nuestro interior, en nuestro corazón, en nuestra conciencia, es medirnos con el infinito, que nos libera de nuestros individualismos, egoísmos, cálculos interesados, e introduce en el planteamiento vocacional palabras como servicio, entrega, renuncia, los otros, las necesidades…
Si no cultivamos la interioridad, la vida queda limitada a lo puramente exterior y a la apariencia, sin hondura, sin mundo espiritual. Cuando alguien hace lo que tiene que hacer y lo hace bien, decimos que es una persona “buena”; pero cuando nos asomamos a su interior y conocemos sus motivaciones, su sinceridad, su generosidad, decimos que es una “bella” persona, porque hemos descubierto su belleza interior. Cuando uno conoce de verdad a una persona no dice que es buena, sino que es bella, con esa hermosura interior que maravilla y se contagia.
En su mensaje para esta Jornada, el Papa León XIV hace notar que el Evangelio de San Juan de este domingo se refiere a Jesús como el Pastor “bello”, y no simplemente como el Pastor “bueno”. Algo que solo se descubre si contemplamos su interioridad y nos cautiva. “El rasgo que distingue a los santos –dice el Papa–, además de la bondad, es la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo”. Así, la vocación cristiana no solo es una llamada a compartir la misión de Cristo, sino a resplandecer con su misma belleza.
Por eso en la pastoral de la vocación es urgente volver al cuidado de la interioridad –donde se descubre la vida como don gratuito de Dios–, a la dimensión interior de la persona, que adquiere su belleza cuando se entrega por amor. Toda vocación nace de la experiencia del amor de Dios. Por eso es importante crear espacios de silencio interior, de diálogo íntimo con el Señor, en la adoración eucarística, en la meditación de la Palabra, en la participación en los sacramentos de la Iglesia, en la oración personal… Es ahí donde se escucha la voz de Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.
Con mi bendición.







