Ha adaptado los Ejercicios espirituales para personas con discapacidad: en un fin de semana, en parejas y con apoyo de métodos como la lectura fácil y Godly Play
Pertenecer a las comunidades de Fe y Luz —un movimiento laico y ecuménico en torno a personas con discapacidad intelectual, donde se descubre la belleza que hay en todas las personas y se vive la fe juntos— ha permitido a Jorge Úbeda descubrir una realidad espiritual distinta a la que él estaba acostumbrado. Una experiencia en la que los vínculos pesan más que la inteligencia y los gestos, más que las palabras. Sabe de lo que habla, pues él y su mujer fueron, hasta hace poco, coordinadores de una de las dos provincias en las que se divide el movimiento en nuestro país. Un tiempo en el que pusieron en marcha, además, una iniciativa pionera: los Ejercicios espirituales para personas con discapacidad intelectual. Hoy, Jorge es el consiliario provincial de Fe y Luz, la figura que vela por la dimensión religiosa de los grupos y del vínculo con la Iglesia. Úbeda tiene dos hijas y un hijo, este último, Miguel, con síndrome de Down.
—¿Cómo es la fe de una persona con discapacidad?
—Es diferente. Está marcada por la propia discapacidad intelectual y plantea un desafío sobre la comprensión y la expresión de esta. El descubrimiento que yo he hecho tiene que ver con estos dos elementos. Porque he comprobado que la inteligencia no es necesariamente el factor clave para la comprensión de la fe en Jesús. Te lo dice un filósofo. Soy doctor y enseño Filosofía, y en el mundo en el que me muevo, la inteligencia tiene un papel relevante. Pero he comprobado que hay un nivel de comprensión que está más bien en los vínculos, en las relaciones, donde se encuentran formas de expresión que no son necesariamente palabras, sino también los gestos.
—¿Y su imagen de Dios?
—Para ellos, es una compañía permanente. Dios está siempre presente. Muchos ven a Jesús como un amigo, como un compañero, como alguien al que piden cosas. Dios es también una respuesta a las preguntas que tienen y no solo una experiencia personal, sino también comunitaria. Al hilo de esto, mi mujer y yo tenemos un pequeño escrito que titulamosDios tiene discapacidad. Y lo hicimos así, porque muchos de los rasgos de Dios que aparecen en la Biblia los vemos en las personas con discapacidad intelectual. Porque ellos olvidan y no guardan rencor. Si todos somos imagen de Dios, a lo mejor, las personas con discapacidad intelectual son un modo de imagen de Dios. Hay una amiga nuestra que siempre dice que ella no puede ser imperfecta, pues es obra de Dios.
—¿Qué nos enseñan a nivel espiritual?
—Sin romantizar la discapacidad, diría que estas personas tienen una experiencia muy profunda de lo importante que es la relación con el otro, que te acoja y te dé espacio. Hay una sabiduría muy profunda. Esto, a las personas que, como yo, damos mucha importancia a la razón, nos desarma.
—Después de este camino realizado con las personas con discapacidad intelectual, ¿en qué momento surge la idea de los Ejercicios espirituales adaptados?
—Tanto mi mujer como yo hemos crecido en torno a la espiritualidad ignaciana, y llevábamos tiempo dándole vueltas a la idea. Queríamos que las personas con discapacidad intelectual tuviesen la oportunidad de vivir esta experiencia, que tiene mucho que ver con sentirse amado y perdonado por Dios, pero también llamado. Había que abrir un espacio de participación real en el crecimiento espiritual de este colectivo. Y nos lanzamos.
—¿Cuáles fueron las primeras reacciones a la propuesta?
—Lo primero que nos dijeron, incluso desde las propias familias, era que cómo íbamos a mantener el silencio. Pero tengo que decir una cosa: las personas con discapacidad aguantan mucho tiempo en silencio. De hecho, están acostumbradas, cuando hay mucha conversación y se pierden, a mantenerse callados. Lo han aprendido y, por eso, teníamos mucha confianza en que no sería un problema. Y no lo es.
—¿Cómo se adaptan los Ejercicios espirituales?
—Lo primero que pensamos es en los apoyos. Y, por eso, decidimos que los Ejercicios se harían en parejas. Es decir, cada persona con discapacidad tendría el sostén de otra persona, que también hace el retiro. Así, es también una oportunidad para que los acompañantes puedan vivir lo que significa acompañar a otros y dejar espacio para que el Señor hable y se manifieste. En segundo lugar, planteamos un itinerario breve, de fin de semana, en el que se recogiera la experiencia radical de los Ejercicios: descubrir que Dios me quiere y me ama, así como la realidad del pecado y del perdón. Pero también la llamada de Dios, que quiere que le siga. Y cada meditación y contemplación la llevamos a cabo a través de distintos métodos, como textos de la Biblia en lectura fácil o Godly Play, que permite narrar historias de forma interactiva y visual.
—Tras varias tandas, ¿cuál ha sido el resultado?
—Esta experiencia ha ayudado a las personas con discapacidad intelectual, pues reconoce su dimensión espiritual que, en otros muchos ámbitos de su vida, no aparece explicitada. Estas personas, como el resto, tiene preguntas radicales sobre la vida, sobre si es o no amada, sobre si puede amar, sobre el perdón… Es cierto que algunas no las despliegan en el ámbito religioso, pero la gran mayoría sí lo hace. Estoy recordando a María, una chica con síndrome de Down a la que pregunté qué entendía por rezar. Me dijo que era hablar consigo misma, pero sabiendo que no estaba sola. Esto es de una profundidad increíble. Pero es que, además, estos Ejercicios han sido un elemento revitalizador para nuestras comunidades, en las que, en ocasiones, experimentamos la fragilidad por la falta de medios o de personas que apoyen y lideren. Otro aspecto positivo es que la relación entre acompañado y acompañante no es asimétrica, sino horizontal, marcada por la oración y el crecimiento en la fe. Esto nos enseña que muchas veces no hay que hacer grandes cosas, sino dar espacio para que se produzca la experiencia de estar con el otro, y en ese estar con el otro con discapacidad intelectual, cada uno vaya descubriendo que es un lugar de crecimiento para todos. Y esto implica, muchas veces, cambios de ritmo.
—Porque la persona con discapacidad intelectual es protagonista…
—Hacer los ejercicios espirituales con Esperanza, una mujer con síndrome de Down, que va en silla de ruedas y no habla, tiene una fuerza indescriptible. No puede hablar, pero te puede coger la mano o pedirte que te quedes un ratito más en la adoración. Aquí, el vínculo es el lugar de la experiencia espiritual. Esto es importante, porque, precisamente, la espiritualidad de Fe y Luz se sustenta, además de en la fiesta, en la acogida. La acogida es dar tiempo y esperar al otro, es encontrar el espacio en el que cada uno pueda sentirse bien. Y esto se vive de manera directa.
—¿Cómo puede impregnar esta experiencia de Fe y Luz el resto de la Iglesia para lograr comunidades más inclusivas?
—Una de las misiones de Fe y Luz es ayudar a que las personas se puedan integrar y enraizar en la vida eclesial, en parroquias concretas. Esto tiene retos concretos. Si queremos que las personas con discapacidad intelectual participen en las comunidades, tenemos que asumir que el ritmo va a cambiar. Y participar no quiere decir que lo hagan como lo hacemos el resto. Por ejemplo, que haya una persona con síndrome de Down en un consejo pastoral es importante, aunque no tengan un gran pensamiento estratégico. Si les das espacio y tiempo, y aprendes a preguntar, dirán alguna cosa sobre lo que les gusta o no. Pero es cierto que van a pasar la mayor parte del tiempo en silencio. La inclusión real y la participación plena de las personas con discapacidad en las parroquias pasa por asumir que la vida de estas va a ser modificada.
—¿Hay barreras a la espiritualidad dentro de la Iglesia?
—Estamos ahora en un buen momento, en el que, diría, el Espíritu está soplando a favor. De todas formas, va a haber dificultades, porque las personas con discapacidad intelectual siempre son un desafío, un reto. Porque nos rompen los esquemas, las ideas y las líneas temporales en las que nos situamos.
—¿Y a nivel social?
—En la definición de los planes de vida de las personas con discapacidad no suele aparece la dimensión espiritual de forma explícita. Ahí hay un camino que hacer. Parece como si explicitar esa dimensión rompiese no sé qué neutralidad. Estas personas, como cualquier otra, tienen preguntas radicales sobre el sentido de la vida y su lugar en el mundo.
—Y para terminar, quería preguntarle, en este camino junto a las personas con discapacidad, si hay alguna experiencia que le haya marcado o interpelado de forma especial…
—Muchas. Ahora recuerdo dos. En una Pascua de Fe y Luz, durante la adoración de la cruz, el Viernes Santo, una vez Jesús había muerto, un hombre de unos 50 años, con síndrome de Down, se levantó muy despacio y, poco a poco, se fue acercando a la cruz. Al llegar a ella, la abrazó. Todos nos quedamos callados, en tensión. Y dijo: «Jesús, no te preocupes. Estás en Fe y Luz». Nos reímos y el ambiente se relajó. Aquel abrazo y aquellas palabras mostraron una experiencia, cómo se sentía él en la comunidad. La otra historia es la de un chico catalán, Oriol, al que le gustan mucho los gigantes y cabezudos y el baile que hacen. Pues él, en cada Eucaristía, en el momento de la consagración, hace, en silencio, el baile de esos gigantes y cabezudos, para mostrar respeto y veneración. Encuentran los caminos para poder expresar su vida espiritual y, por eso, hay que estar abiertos a ellos y no asustarnos.








