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Juan Esquerda Bifet: «En una sociedad icónica, se nos pide ser reflejo claro del amor de Jesús»

Experto en Teología espiritual, aborda en esta entrevista con ECCLESIA la espiritualidad, las dificultades y esperanzas de los sacerdotes

Juan Esquerda Bifet (Lérida, 1929) es uno de los grandes conocedores de la espiritualidad sacerdotal. No en vano ha sido y es un gran formador, acompañante, director de retiros… A su 94 años, sigue recorriendo el mundo aportando su experiencia y sabiduría. Hace unas semanas, estuvo en Madrid para hablar a vicarios y delegados de Clero en unas jornadas sobre la oración del sacerdote organizadas por la Conferencia Episcopal.

¿Por qué es importante la oración del sacerdote?
El sacerdote tiene como servicio o ministerio prolongar a Cristo buen pastor, también en su oración por toda la humanidad. Esto comporta vivir en sintonía con los sentimientos y amores de Cristo, como amigo que comparte su misma vida y encuentra siempre tiempo para estar con él. He tratado de presentar la figura de Cristo sacerdote, a partir de su realidad íntima, que es de amor oblativo y de intercesión sacerdotal. Es toda la vida de Cristo la que debe reflejarse en toda la vida del sacerdote ministro.

Los sacerdotes tienen muchas tareas. ¿Afecta a su oración?
Todo depende del enfoque con que uno vive su vocación y ministerio. Se tiene siempre tiempo para prolongar a Cristo como él quiere ser prolongado. Si la actividad ministerial es verdadera, entonces se tiene tiempo para prolongarla como quiere él. Todos tenemos tiempo para la persona amada o para lo que amamos.

¿Qué le pasa a un sacerdote que no reza suficientemente?
Al no vivir pendientes del encuentro con Cristo —meditando su Palabra o celebrando y adorando la Eucaristía—, la vida ministerial pierde su sentido. 

¿Qué elementos debe tener la espiritualidad del sacerdote?
La palabra espiritualidad puede tener muchos significados, pero nosotros los cristianos la tomamos como una realidad vivencial: «Si vivimos según el Espíritu, caminemos según el Espíritu» (Gal 5, 25). O como decía san Juan Pablo II sobre la fe: «Un conocimiento de Cristo vivido personalmente». Espiritualidad sacerdotal es, pues, vivir según el Espíritu de Cristo lo que uno es —su consagración— y lo que uno hace —su misión o ministerios—. Somos signos personales y sacramentales del Buen Pastor y estamos llamados a vivir reflejando su mismo amor, llamados a la caridad pastoral o estilo de vida evangélica como los primeros apóstoles. En esta vida apostólica se han inspirado los santos sacerdotes.

¿Qué modelos hay para el sacerdote de hoy?
­La lista sería larga. Los santos, en su esencia evangélica, son siempre actuales, porque nosotros los vivimos siempre en la comunión eclesial. En los últimos años, se ha acentuado el modelo paulino —en el año dedicado a san Pablo—, el santo cura de Ars —en el año sacerdotal—, san Carlos de Foucauld —en la encíclica Fratelli tutti, con san Francisco—, etc. En España, recordamos con frecuencia a nuestro patrono, san Juan de Ávila. Para el aspecto misionero ad gentes, recordamos a san Francisco Javier, etc.

Citaba a san Juan de Ávila. ¿Qué pueden aprender de él los sacerdotes?
Los tiempos de san Juan de Ávila fueron también de un cambio de época, tiempos recios, como decía santa Teresa. Más allá de las expresiones literarias de cada época y del contexto histórico y cultural, está el contenido evangélico de san Juan de Ávila. En nuestro caso sacerdotal, se trata de la imitación del estilo evangélico de los apóstoles. El santo maestro es un enamorado de Cristo, presente e inmolado en la Eucaristía. Nos invita a discernir y a vivir la presencia y acción del Espíritu Santo. Presenta a la Virgen María como madre y modelo de la Iglesia, también y especialmente para el sacerdote. Por esto, es maestro del camino de santidad, que es de humildad, confianza y entrega, para dedicarse sin reservas y sin fronteras a la misión encomendada. La reforma  de la Iglesia de todos los tiempos sigue estas mismas pautas.

¿Cuáles son las principales dificultades que afronta un cura? 
Las dificultades son siempre retos a modo de nuevas posibilidades para hacer lo mejor. Adoptar esta actitud es gracia, es don de Dios, que Cristo da a sus amigos. Las dificultades actuales de los sacerdotes, descritas en algunas redes sociales, no corresponden siempre a la realidad. Se puede constatar un cierto cansancio ante situaciones nuevas, en las que no se percibe la luz. Los fieles no participan como antes. Si se detecta un fallo en algunos sacerdotes, se generaliza y se origina una cierta sospecha que no ayuda a los sacerdotes a vivir gozosos en la esperanza. La vida de la Iglesia —también la de los sacerdotes— no tiene siempre buena prensa. En estas circunstancias —también de pocas familias cristianas con hijos—, es difícil el resurgir vocacional.

Pero también se puede constatar, en la mayoría de los sacerdotes, que están dispuestos a vivir en fe y esperanza, como el granito de trigo sembrado en el surco, en aparente fracaso. Si se tiene tiempo para estar con el Señor, la escala de valores con que se vive la vida es acertada. 

¿Se repiten los retos en todo el mundo?
La realidad es muy distinta, debido a las culturas y situaciones históricas. Pero los medios de comunicación social van creando una situación global, que a veces es de contagio, también dando origen a una sociedad en la que prevalece la mentalidad de ganancia, utilidad, eficacia… Grandes sectores de infancia y juventud están atrapados viralmente en las redes sociales, con una mentalidad que es opaca al Evangelio. Pero siempre queda, en el fondo, la conciencia que busca la verdad y el bien. Y, por la fe, sabemos que Cristo no abandona a nadie. En algunas naciones de Asia y África, todavía los seminarios tienen abundancia de vocaciones, también porque la familia es cristiana y con hijos. Me decía un rector de un seminario con 400 seminaristas mayores: «Debido al cambio que se constata en la mentalidad de las familias, puede ser que las vocaciones disminuyan».

¿Están los sacerdotes quemados? ¿Y solos?
No se puede generalizar. El trabajo ministerial es muy diverso: tanto en las zonas casi despobladas, como en las grandes urbes. No se puede constatar siempre el fruto. Algunos se sienten cansados o no saben cómo actuar. Pero también hay más fieles que colaboran. Se abren nuevos campos para la evangelización, que hay que descubrir, discernir y aprovechar. Invitaría a visitar a los sacerdotes enfermos y ancianos en las casas sacerdotales, para constatar su esperanza gozosa. Si se hace la visita con la mirada de Jesús, se detecta la verdadera historia de la Iglesia que no es noticia ni se escribe en los libros… Dentro de las dificultades, hay sacerdotes que viven gozosos en la esperanza.

¿Sufren problemas de salud mental?
Todas las personas tenemos el riesgo de perder o deteriorar la salud mental, que se concreta en el equilibrio entre la tendencia cerebral, afectiva y activa. Respecto a los sacerdotes, el riesgo actual, ante las nuevas dificultades, es el desánimo y, a veces, el cansancio agotador por exceso de trabajo que parece infructuoso. A nivel de la salud mental, el riesgo es, pues, el de la depresión o estrés. Cuando uno está más preocupado por su éxito, al constatar el fracaso y la soledad, puede originarse un proceso de desánimo que deriva frecuentemente en depresión. En esta perspectiva, si se vive la amistad con Cristo, no hay tanto riesgo de depresión.

¿Cómo se aborda esto?
La salud mental se mantiene mejor cuando uno se sabe amado —por Cristo— y capacitado —con su gracia— para amarle y hacerle amar. La amistad con los hermanos y la buena relación con el obispo, es una gran ayuda. Las dificultades son una ocasión de compartir la suerte de Cristo. La cruz lleva a la resurrección. Hay que cuidar la selección y formación, ya desde el seminario. La formación afectiva es muy necesaria. Pero se trata de una formación integral: humana —afectiva—, espiritual, intelectual, pastoral. Sin la amistad con Cristo, la formación afectiva se reduciría a recetas psicológicas y técnicas que podrían ayudar solo momentáneamente.

¿Debe la comunidad cristiana cuidar más a los pastores?
El sacerdote —sin olvidar su propia fraternidad en el presbiterio— es el guía nato de la vida espiritual de su comunidad, en un itinerario de oración y santidad. Pero necesita también la amistad y el consejo, que ordinariamente debería encontrarlo entres los sacerdotes diocesanos o religiosos. Sin esta ayuda fraterna y consejo espiritual, no es posible la perseverancia en la entrega generosa. La comunidad de fieles en la que sirve, puede y debe también acompañar al sacerdote. A veces es en los momentos o grupos de oración. Pueden ayudar de muchas maneras y no solo en el aspecto material. Hay que respetar la vida íntima del sacerdote, pero todos pueden orar y acompañar, aconsejar e, incluso, si hay confianza, corregir fraternalmente. La cuestión es crear este ambiente fraterno de comunión.

¿En qué tareas concretas se debe centrar el presbítero?
El ministerio sacerdotal es siempre bajo diversos aspectos: servicio de la Palabra, servicio sacramental —especialmente la Eucaristía y la reconciliación—, servicio de construir la comunidad en la caridad. Los laicos y la vida consagrada pueden y deben colaborar en la catequesis, diversos campos de la caridad, preparación y celebración de la liturgia y sacramentos, economía, etc.

¿Ha cambiado el modo de ser sacerdote hoy? ¿Cómo ve el futuro?
El Evangelio acontece en cada época. No cambia; su corazón es el mismo. La vida y ministerio sacerdotal es en la línea de la vida evangélica y evangelizadora de los apóstoles. En una sociedad icónica, que pide signos, se necesita ver cómo amaba y obraba Jesús. Nos piden ser reflejo claro del amor de Jesús. Y este amor lleva a buscar el modo de hablar, acercarse, escuchar, compadecer, acompañar… La conversión pastoral empieza en el corazón de quien es signo sacramental del Buen Pastor. 

El futuro se construye también rellenando los vacíos que nosotros hemos originado al no vivir mejor la vida evangélica, la vida que necesita ver el mundo de hoy. Una mentalidad actual, condicionada por las redes sociales y por los instrumentos telemáticos, es muy distinta de la de otras épocas, pero sigue siendo sensible a la autenticidad evangélica y a la gratuidad. Y el Señor está acompañando y llamando al corazón de cada persona sin excepción. Para Jesús no existen los descartes, todos somos recuperables.

El Papa ha pedido a los sacerdotes que sean agentes de misericordia y perdón por el Jubileo 2025. ¿Qué se necesita para ser un buen confesor?
La atención en el confesonario, a veces, es la de quien se encuentra con el hijo pródigo que ya está de camino hacia la casa de su padre… El problema es el hermano mayor, que tiene su punto de vista. Pero quien vive en sintonía con el amor del Buen Pastor, que califica de mi oveja y mi hijo a quien se acerca, se hace capaz de la acogida, para poder decir: «Dios te ama, tal como eres, Jesús ha venido para ti, para salvarte». La preparación para ser un buen confesor pasa por conocer bien la moral cristiana, pero, sobre todo, debe tener experiencia personal de la misericordia de Dios —en la propia miseria— y del camino de santidad, que es siempre camino de saberse amado por Dios para amarle y hacerle amar.

¿Qué destacaría del magisterio de Francisco sobre el clero?
El Papa subraya algunos puntos: la amistad y encuentro con Cristo, la ternura, atención a los pobres y enfermos, disponibilidad para ir a donde Cristo no es conocido ni amado —las diversas periferias—, la comunión y una actitud mariana auténtica. Nos decía a los sacerdotes en Santa María la Mayor [es canónico honorario de la basílica], durante el Jubileo de la Misericordia, que esta actitud mariana se concreta en dejarse mirar por ella, ser guiados de su mano, ser acogidos en su regazo. Así seremos pastores, no funcionarios. El encuentro con Cristo deriva hacia la comunión eclesial y hacia la misión.

¿Cuáles son las tareas pendientes en materia sacerdotal?
El Evangelio está siempre pendiente de una aplicación plena, en el sentido de que ya muchos lo han vivido con sinceridad y lo han anunciado a todos los pueblos, pero se actualiza constantemente. Los santos sacerdotes se han considerado siempre aprendices. Los proyectos trazados por el concilio y posconcilio (en Presbyterorum ordinis, Pastores dabo vobis, Ratio fundametalis, etc.) son maravillosos y ya se han ido aplicando, pero siempre queda mucho por hacer. Quien se siente amado por Cristo en la propia pobreza sabe que «el Amor no es amado» y que hay muchos —también cristianos— que no viven la fe como adhesión personal a Cristo y como «conocimiento de Cristo vivido personalmente» (san Juan Pablo II). Necesitan ver en nosotros el estilo evangélico de los apóstoles, que es de encuentro con Cristo, seguimiento, comunión y misión. Y estamos un poco retrasados y hay que apresurar el paso.

¿Qué mensaje de esperanza lanza a los sacerdotes?
El verdadero gozo pascual en los sacerdotes es signo de esperanza cristiana y fuente de vocaciones. No serán tantas como antes, porque no hay muchas familias cristianas con hijos, pero serán auténticas. Serán jóvenes enamorados de Cristo sin rebajas, porque a Él nada ni nadie le puede suplir en nuestro corazón. A los futuros sacerdotes les digo: no dejes nunca el ratito de Sagrario, para estar con Él, sin prisas en el corazón. Si tienes tiempo para estar con Él, encontrarás tiempo para todos y para todo. 

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