Queridos hermanos:
El día de Nochebuena, el Papa abrió la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro en el Vaticano dando comienzo así al Jubileo de la Encarnación 2025. Os invito encarecidamente a todos a la inauguración de este Año Santo en nuestra diócesis, y os pido que hagáis todo lo posible por participar en la celebración que tendrá lugar el día 29 de diciembre, Solemnidad de la Sagrada Familia, a las 12h en la Concatedral de Cáceres y a las 17.30h en la Catedral de Coria. Haremos una procesión previa para entrar juntos en el Templo jubilar, donde recibiremos la aspersión con el agua bendita para conmemorar y renovar nuestro bautismo, y seguidamente celebraremos la misa.
Un Año Santo no solo es un aniversario para recordar un acontecimiento importante del pasado –en este caso, los 2025 años del nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios y el Hijo de María, en Belén de Judá–. Eso lo hacemos cada Navidad. Un Año Santo nos da la oportunidad extraordinaria de participar en aquel acontecimiento como si estuviéramos presentes. Nunca podremos retrotraernos al año 0 de nuestra era cristiana para ser testigos aquellos acontecimientos únicos, pero el Año Santo nos permite hacernos contemporáneos, en el orden de la gracia, de María y José, de los Magos y los pastores, y de acoger la misma efusión de amor de Dios que ellos recibieron.
El Jubileo 2025 es un “oasis espiritual” en medio del desierto de la vida, un “momento fuerte” para alimentar la esperanza – así lo define el Papa-.
Cada 25 años, permite que una nueva generación se apropie de este don tan maravilloso del nacimiento del Salvador. Cuando pasen otros 25 años, en 2050, será otra la generación que lo vivirá en primera persona. Este es “nuestro” jubileo. Es nuestra oportunidad. No la dejemos pasar.
Los cristianos no podemos vivir como si Jesús no hubiera venido al mundo. Cuando decimos “antes” y “después” de Cristo, no es simplemente una delimitación temporal, como cuando decimos Edad Antigua, Edad Media o Edad Moderna. Con Jesús realmente hay un “antes” y un “después” en el tiempo. Con él la “esperanza” de la humanidad desde la creación del mundo dejó de ser “espera” y comenzó a ser “cumplimiento”. A partir de entonces no puede ser lo mismo. El pecado que cometemos los cristianos es más grave que el de Adán y Eva con ser el suyo el pecado original, porque ellos desobedecieron un mandamiento de Dios (“Del árbol de conocimiento del bien y del mal no comerás”), pero nosotros cuando pecamos rechazamos el Amor de Dios manifestado plenamente en Cristo Jesús.
Dar razón de la esperanza no consiste en argumentar con las ideas, sino en poner signos de su cumplimiento a nuestro alrededor. El plan de Dios es que desaparezca la injusticia y el mal de la faz de la tierra de manera definitiva, que se acaben las guerras, que se promueva la vida y se respete la dignidad de las personas, que los presos alcancen la libertad y se condonen las deudas, que los migrantes no sean forasteros y que nadie sea excluido por razón de edad, raza, condición social, sexo, religión. Muchas veces la escondida presencia del Reino de Dios en este mundo se manifiesta en el lamento de todos los que sufren esas injusticias y en los que luchan
por hacerlas desaparecer. Ahí encontramos los signos de esperanza, donde el
Reino sufre violencia y donde el espíritu de Dios suscita vida y libertad, allí donde el evangelio de Jesús se transfigura la historia humana de pecado y de muerte.
La esperanza cristiana no es solo la convicción de que al final todo se arreglará y saldrá bien. Si fuera solo eso, se trataría de un optimismo ingenuo. La esperanza cristiana es la certidumbre de que algo vale la pena en esta vida sin importar el resultado final. La salvación no está solo al final, también en el camino: ¡ahora el ciento por uno y después la vida eterna!
La indulgencia plenaria que podemos recibir en el Año Jubilar no solo perdona los pecados, sino que también condona las penas temporales que de ellos se derivan. Esas penas nos llevan a vivir como condena nuestra condición humana limitada y finita. La indulgencia pone nuestro reloj de las “deudas” a cero, como cuando Jesús vino al mundo y comenzó a contar el tiempo para la humanidad entera.
Es una concesión de la benevolencia de Dios, una muestra especial de su bondad: la benevolencia, como la misericordia, siempre es condescendencia de un superior para con un inferior. Y recibirla de Dios lleva consigo la exigencia de repercutirla en los demás, de dar gratis lo que recibimos gratis.
Os espero el día 29 de diciembre en la catedral o en la concatedral para iniciar juntos este tiempo especial de gracia y conversión.
Con mi bendición, os deseo a todos una feliz Navidad y próspero año
nuevo 2025.







