Una de las piezas de la antología El Señor nos lleva de la mano que resuena hoy es la homilía del 2 de abril de 2017. Sus palabras ofrecen una guía para adentrarse en el «sacramento de los cuarenta días»
La publicación del libro El Señor nos lleva de la mano por parte de la editorial Encuentro ha puesto al alcance del público un tesoro espiritual inédito: las homilías privadas de Benedicto XVI, que despliegan sobre los tiempos fuertes del calendario litúrgico toda la erudición y profundidad del papa teólogo, aderezadas de la sencillez e intimidad que dan los foros muy reducidos. Y es que estas reflexiones, alejadas de las multitudes y las cámaras, fueron pronunciadas ante una «pequeña familia espiritual» en la intimidad de su capilla.
Al coincidir con el V Domingo de Cuaresma (Año A) su homilía del 2 de abril de 2017 —«La vida eterna: sostenidos en la mano del Señor»— en la capilla privada del monasterio Mater Ecclesiae resuena hoy con la precisión de un genio teológico que se prepara para el encuentro definitivo con la Verdad, ofreciendo una guía magistral para adentrarse en lo que el Pontífice alemán definió como el «sacramento de los cuarenta días». Ante una pequeña comunidad de fieles, y despojado de los protocolos de los grandes auditorios, el entonces Papa emérito desgranó en su homilía la profundidad de este Evangelio con la sencillez del sabio que habla desde el corazón, «testimoniando hasta el final su pasión por el Evangelio».
Hace 9 años, Benedicto XVI comenzó su reflexión abordando la paradoja fundamental de la existencia humana: si bien el hombre es capaz de conocer a Dios, a menudo se encuentra en una «contradicción interna», siendo como un «ciego de nacimiento» que no logra ver la luz. Esta tensión se traslada al deseo de trascendencia: «El hombre es el ser que desea vivir eternamente, que no quiere morir, que se encuentra en contradicción con la muerte». Para el Santo Padre alemán, este anhelo no es una construcción moderna, sino que se manifiesta «desde que el hombre existe» a través de la idea de un acompañamiento en el «otro mundo».
No obstante lo anterior, el Papa emérito advierte sobre la imposibilidad estructural de una vida eterna dentro de los límites de este mundo. Una existencia biológica sin fin sería, en sus palabras, «catastrófica» y contraria a la definición misma de lo humano. Y citando una oración de san Ambrosio, recuerda que «la muerte es un beneficio, pues, de otro modo, esta vida eterna sería insoportable».
Así las cosas, la clave de la homilía reside en el diálogo entre Jesús y Marta frente a la tumba de su amigo Lázaro. Ante la esperanza de Marta en una resurrección lejana, en «el último día», Cristo responde con una afirmación que cambia el presente del creyente: «No, no. Yo soy la vida y quien cree en mí vive, y, aunque muera exteriormente, vivirá eternamente». Benedicto XVI subraya aquí que esta vida indestructible no es un evento futuro, sino una realidad que «comienza ya, ahora».
La genialidad de Ratzinger vincula este concepto con la experiencia humana del amor. «Cuando dos personas se aman, el amor es una promesa de eternidad, y si la otra persona muere, nos resulta insoportable». En este sentido, la inmortalidad no nace de un deseo egoísta, sino de la relación: «Lo más importante no soy yo, porque yo querría que el otro no me fuera arrebatado, porque para mí el otro es esencial para la vida».
Hacia el final de su intervención, el Papa emérito destila lo que consideraba los «puntos esenciales» para comprender la vida eterna. Y es que la inmortalidad, según el gran teólogo alemán, no es algo que poseamos por nosotros mismos, sino que depende de ser «sostenidos por la mano del Otro». «Aquello que es la inmortalidad de Dios, también nos sostiene; y su memoria no sostiene solo una idea, sino que sostiene la realidad de nuestra vida», explicó con sencillez. Esta relación personal con Dios es la que permite que el hombre no dependa únicamente de su «estructura biológica», sino de un «amor divino» que lo mantiene unido a la vida incluso más allá de la muerte física.
Benedicto XVI concluyó su homilía de 2017 con una invitación a la confianza total, pidiendo al Señor la capacidad de vivir en un amor que no sea solo para uno mismo, sino para todos aquellos a quienes Dios llama. Su oración final fue un recordatorio de la fragilidad humana y la necesidad de la gracia: «Pidamos ser cada vez más capaces de mantenernos cogidos de la mano del Señor y así no hundirnos en el mar, como san Pedro, que se habría hundido sin la mano del Señor».








