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La Cuaresma íntima de Benedicto XVI. Tercer domingo: «Nuestra sed del corazón busca la vida misma»

En su homilía privada del 23 de marzo de 2014, el Papa teólogo afirma que «solo por nosotros mismos no somos capaces de llegar a esa profundidad y extraer la vida» y que, por ello, «Dios nos ha dado constructores de pozos a lo largo de la historia»

La publicación del libro El Señor nos lleva de la mano por parte de la editorial Encuentro ha puesto al alcance del público un tesoro espiritual inédito: las homilías privadas de Benedicto XVI, que despliegan sobre los tiempos fuertes del calendario litúrgico toda la erudición y profundidad del papa teólogo, aderezadas de la sencillez e intimidad que dan los foros muy reducidos. Y es que estas reflexiones, alejadas de las multitudes y las cámaras, fueron pronunciadas ante una «pequeña familia espiritual» en la intimidad de su capilla. Al coincidir con el III Domingo de Cuaresma (Año A), sus palabras del 23 de marzo de 2014 en la capilla privada del monasterio Mater Ecclesiae sobre el icónico encuentro de Jesús con la mujer samaritana y el pozo del agua viva resuenan con especial fuerza hoy, ofreciendo una guía magistral para adentrarse en lo que el Pontífice alemán define como el «sacramento de los cuarenta días». Ante una pequeña comunidad de fieles, y despojado de los protocolos de los grandes auditorios, el entonces Papa emérito desgranó en su homilía la profundidad de este Evangelio con la sencillez del sabio que habla desde el corazón.

Aquel día, Benedicto XVI comienzó su meditación recordando que los elementos biológicos —«el agua, la luz, el pan»— se convierten en las manos de Jesús en sacramentos del encuentro con Dios. Sin embargo, advierte que el hombre no es solo biología y que la necesidad humana de agua va más allá de la supervivencia física, pues la criatura de Dios es también alma y espíritu. «Deseamos una vida todavía más radical, nuestra sed del corazón busca la vida misma», llega a afirmar.

Y es que el entonces Papa emérito es capaz de ver un signo de trascendencia incluso en las desviaciones de nuestra época contemporánea: «Hasta las perversiones de la sed que estamos viendo en nuestros días demuestran que esta sed de la vida misma, del infinito, del bien absoluto, está arraigada en el corazón humano». Pues, para Benedicto XVI, siguiendo a Cristo el agua que verdaderamente sacia es «el amor verdadero, la felicidad, la verdad, la luz».

En el diálogo entre Jesús y la samaritana, el Papa alemán identifica dos grandes cuestiones existenciales. En primer lugar encontramos la culpa y las «destrucciones en nuestra vida», pues, del mismo modo que el cuerpo sufre fracturas o ceguera, en la «vida del corazón» pueden aparecer enfermedades que nos impiden movernos u oír la voz de Dios. Ante esta incapacidad, surge el grito: «¿Quién nos ayudará, quién nos salvará, para que podamos acceder al agua que da la vida?».

El segundo tema fundamental es el problema de Dios mismo: «¿Existe Dios? Y si existe, ¿dónde lo encontramos?». En la conversación, Jesús conduce a la mujer a comprender que el agua verdadera solo puede venir del Dios verdadero, revelándose Él mismo como la auténtica fuente. Y en este momento, Benedicto XVI subraya aprovecha para subrayar el misterio trinitario: «El Padre nos da en el Hijo el Espíritu y, de este modo, nos da la vida, la fuente de la verdadera vida, del agua verdadera»

Un punto original de la homilía, así las cosas, emerge ante la imposibilidad de llegar a estas profundidades por cuenta propia: «Solo por nosotros mismos no somos capaces de llegar a esa profundidad y extraer la vida». Por ello, y ante constatar este impotencia humillante, el Papa señala que, a lo largo de la historia, Dios nos ha dado «constructores de pozos», personas que son medios para extraer este agua.

Siguiendo el símil, la Sagrada Escritura es el pozo principal, pero para acceder a ella contamos con la ayuda de los santos y doctores de la Iglesia. Benedicto XVI cita aquí con afecto a figuras como «san Agustín, santo Domingo, santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz», así como a «san Juan Bosco» y otros más cercanos que nos ayudan a ser, a nuestra vez, «verdaderos constructores de pozos» para los demás.

Finalmente, centra su disertación en la transformación de la samaritana y sus conciudadanos. Benedicto XVI destaca aquí el paso de una fe inicial a una experiencia personal directa, pues los samaritanos, tras estar con Jesús, dicen a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el salvador del mundo». Para el Papa teólogo, este es el núcleo de la vida cristiana: pasar de «una fe «de segunda mano»» —aquella que se tiene solo porque otros la cuentan— a «una fe “de primera mano”», nacida de un «encuentro personal, directo, inmediato con Cristo Jesús». Solo así, concluye, podemos comprender que Él es realmente nuestro salvador. Sus palabras resuenan en esta Cuaresma como una invitación a no conformarnos con una fe heredada, sino a acudir nosotros mismos al pozo de la Palabra para beber del «agua de la vida, la vida misma».

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